Un BRUJO confesó cómo llevó a un jugador mexicano al Mundial | Relatos de Brujería
41m 18s
El texto critica la idealización del éxito en el fútbol, donde se aplauden las historias de perseverancia sin preguntar qué sacrificios reales se hicieron. Un narrador, que se identifica como practicante de brujería tradicional, cuenta la historia de un joven talentoso que, al borde de la fama, busca ayuda para asegurar su lugar. Inicialmente, el narrador le ofrece disciplina y rituales simples, pero el jugador, consumido por la ambición y el miedo a perder su oportunidad, exige métodos más agresivos para eliminar a sus competidores. Al negarse, el narrador pierde al cliente, quien recurre a otros brujos dispuestos a todo. El jugador alcanza el estrellato, pero comienza a pagar un precio terrible: su salud se deteriora, su comportamiento cambia y su éxito se vuelve frágil, dependiente de fuerzas oscuras. La historia revela que en el fútbol, los atajos no son gratuitos; los pactos se cobran en forma de vidas vacías y dependencia. El narrador advierte que los ídolos que admiramos pueden estar atados a contratos invisibles, y que la verdadera pregunta no es quién merece el éxito, sino quién está pagando la factura detrás del telón.
Todos amamos la historia de las personas que vienen desde abajo. Las personas que tenían todo en contra. Quien se rompió las piernas entrenando, quien su do sangre para llegar al acima. Ahorita que el mundo entero parece detenerse por un balón. Las apuestas y el mundial, vemos a eso sídolos en la pantalla y pensamos el que persevera alcanza. Pero somos unos hipócritas. Porque nadie quiere ver lo que hay detrás del telón de la ambición. Nadie pregunta, ¿qué se tuvo que que quebrar? O a quien se le tuvo que resar para llegar a ir? Y a veces lo que se rompe no es un récord. Ni un músculo. Es el orden natural de las cosas. Hay gente que llega a lugares a los que simplemente no estaba destinada a llegar. Y cuando el destino te dice, no, pero tú te aferras a forzar la cerradura. La puerta se abre, sí. Pero les garantizo que no van a entrar solos. Soy danosorio, bienvenidos a baja frecuencia. Esta noche vamos a hablar de los atajos, de esos contratos que se firman en cuartos inventanas, donde el éxito, huele a tierra de pantheón, y donde el amor a la familia o al negocio, se pudre hasta convertirse en una jaula. Apagarlo luz, relajate, reclínate, y la próxima vez que envíde es la vida perfecta de alguien. Pregúntate primero, quién está cobrando esa factura. El jugador que subió con piel prestada. Hola, dan. Mi nombre es humilde y no lo quiero mencionar, no porque me de miedo la burla, ni porque me importe lo que digan los que se sientan en una mesa con micrófono a hablar de cosas que no entienden. No, no quiero decir mi nombre, porque todavía hay gente viva en esta historia. Gente con familia, con contratos, con representantes, con camisetas colgadas en vitrinas, gente que cuando escucha cierto apellido en la televisión, todavía se persina, aunque sea escondidas. Y con tanto al boroto por el mundial, con todos hablando de quién merece ir, quién no merece ir, quién ya está viejo, quién se vendió, quién se infló por la prensa y quién trae algo especial. Me acordé de uno de los jugadores que más lejos ha llegado en México, gracias a mí. Bueno, gracias a mí y a otros. Porque uno puede abrir una puerta dan, pero hay quienes no se conforman con entrar. Hay quienes quieren arrancarle las bisagres. Yo no soy brujo de esos que salen en videos con humo de colores y collares nuevos. No leo cartas para señoras aburridas, ni prometo amarres por WhatsApp con foto de perfil de Calavera. Yo aprendí de viejo, con gente que no presumía. Gente que hablaba poquito, gente que sabía cuando una bela estaba trabajando y cuando no más se estaba consumiendo. A mí llegó hace unos años un muchacho. No voy a decir de dónde, solo diré que venía de uno de esos lugares donde el fútbol no es sueño. Es una salida. Donde un niño aprende a pegarle a la pelota antes de aprender a hablar bien. Donde las canchas son de tierra, los postes son piedras y el talento se mide por cuántos golpes aguantas sin llorar. Cuando llegó conmigo ya no era un niño, habría tenido unos 20 tantos, flaco, rápido, no era alto, tampoco fuerte, pero tenía algo. Eso me lo preguntan mucho. ¿Usted vio que iba a hacer grande? No. Yo vi que estaba roto, que era diferente. Llegó de noche acompañado por un señor que decía ser su tío, aunque no tenía cara familiar. Traía gorra, chamarra negra, y un celular que no dejó de vibrar ni una sola vez. El muchacho no hablaba, miraba al piso, tenía las manos inquietas, como si estuviera esperando que le marcara en una falda. Yo le ofreci café y no quiso. El tío sí, tomó dos tazas. Desde ahí supe quién mandaba. "Mi sobrino necesita ayuda", me dijo. "Todos necesitan ayuda", le respondí. ¿Qué clase de ayuda quiere?" El hombre volte a verlo. El muchacho trago saliva. "No está pudiendo dormir", dijo el tío. Dejó estentrenar, se le va a la cabeza, y ahorita tiene oportunidad y ya lo están viendo. Ya lo están viendo. Esa frase en el fútbol, pesa mucho más que la pesa más pesada con la que entrenes. Porque cuando a un jugador lo están viendo, en realidad no lo está viendo nadie. Lo están midiendo, lo están fatiendo, lo están comparando con otros cinco. Lo están imaginando en una nómina. Lo están reduciendo a números que ni él entiende. Minutos jugados, duelos ganados, distancia recorrida, precisión de pase, recuperación traspérdida, perfil dominante, resistencia, disciplina táctica. Y si algo de eso falla, aunque sea tan tito, se acabó. El muchacho por fin habló. No quiero perder mi lugar. Tenía una voz bajita. Me contó que había pasado por fuerzas básicas, por préstamo. Por equipos donde los vestidores olían a humedad y pomada caliente. Había dormido en casas de familiares, en cuartos compartidos, en hoteles de carretera. Había jugado partidos donde no habían ni cámaras, pero sí señores en la tribuna apuntando nombres en una libreta. Y cuando por fin está vacerca, cuando por fin alguien del primer equipo lo saludó por su nombre, la vida se le empezó a caer encima. La novia embarazada, la mamá enferma, un hermano pidiendo le dinero, un representante prometiéndole cosas que no llegaban, un técnico que lo ponía 20 minutos y luego lo borraba dos fechas. Un compañero que jugaba en su mismo posición y que según él no era mejor, pero sí tenía más colmillo, más padrinos, más lavia. Ese huey me está tapando, dijo el muchacho, y fue la primera vez que levantó los ojos. Ahí estaba. No era miedo. Era hambre. Yo le pedí su fecha de nacimiento, su nombre completo, una prenda usada después de entrenar y tierra de la cancha donde quería quedarse. No de cualquier cancha. De esa donde él quería que lo vieran. Me preguntó para qué, para saber si tú quieres subir o si quieres que otros bajen, le dije, no contestó. Eso también fue respuesta. Durante las primeras semanas no hicimos nada pesado. Nada que la gente le gusta imaginar. No hubo sacrificios de animales, no hubo gritos, no hubo sangre en una cubeta. La brugiría verdadera rara vez empieza haciendo ruido. Empieza ordenando. Lo primero fue limpiarlo, no espiritualmente, no como dicen los anuncios, limpiarlo de su propio desmadre. Le prohibí contestar llamadas después de las diez. Le pedí que dejará de visitar a una mujer que lo tenía partido en dos. Le dije que no comiera carne antes de ciertos entrenamientos, no porque la carne fuera mala, sino porque él necesitaba creer que estabas sacrificando algo. Le puse baños con hierbas amargas, le dio una cinta roja para el tobillo izquierdo, pero no para que lo protegiera, sino para que recordara que cada uno de sus pasos ahora tenía dueño. El muchacho empezó a mejorar. Claro que mejoró. Dormir sirve, comer bien sirve, dejar de hablar con gente que te hunde sirve. Pero él no quería escuchar eso. Ningún jugador quiere escuchar que su milagro fue disciplina. Eso no vende, eso no consuela, eso no se cuenta en la sobremesa. Él quería creer que algo lo estaba empujando y quizás sí. Porque a la tercera semana el técnico lo metió de cambio. Minutos 72, cancha pesada marcador empatado. Él entró por derecha, aunque su perfil natural era otro. Eso lo incómodo. Se le notaba en la forma de acomodarse la manga. Pero el primer balón que tocó, hizo algo que no estaba en el pizarrón. Recibió despaldas, giró hacia adentro, aguantó el contacto y filtró un pase entre dos centrales. Gol, no suyo, pero en parte sí. Hay goles que no aparecen en tu cuenta y aún así te cambian la vida. Esa noche me mandó un mensaje. Si funcionó, yo no le respondí. A la semana siguiente volvió con una playera sudada dentro de una bolsa. Quiero hacer algo más fuerte me dijo. No, pero sí se puede. Se puede todo. Ese es el problema. Sé, nojo. Me dijo que no entendía que esta era su única oportunidad, que en México no basta conservo, que si no tienes apellido, si no tienes promotor, si no tienes prensa, si no hace salgo distinto, te pasan por encima. Tenía razón. Eso era lo triste. El football, dan, no es una cancha, es una coladera. Todos caen por ahí, los que no tienen dinero, los que tienen demasiado, los que creen en Dios, los que creen en el representante, los que creen que conmeter dos goles en un subvente, llaméres en casa, camioneta y selección. Y en medio de todo eso, llegan conmigo. No llegan los peores, llegan los desesperados, el muchacho empezó a darme nombres. Primero el del compañero que competía con él, luego el de otro que venía de fuera, luego el de un canterano más joven que acababan de subir a entrenar. No quiero hacerles daño, me decía, pero traía sus fechas de nacimiento anotadas. No más quiero que se les cierre el camino, pero traía fotos. No más quiero que no rindan, pero traía un calcetín que según él, había sacado del vestidor. Yo le dije que
no trabajaba así, no con jugadores vivos, no con muchachos que también tenían madre esperando una llamada. De hice un corte de suerte, nada más, un trabajo seco, de esos que no tumban a nadie, solo lo aislan a uno de la mala mirada. Le marqué reglas sencilles, no burlarse de los lesionados, no pisar el escudo, no prometer legoles a nadie, no besarme dallas frente a las cámaras, sino más bien besarlas en privado. Serrió de esa última, todos hacen eso, dijo, por eso a todos les cobran. Pasaron meses, el muchacho empezó a ser convocado más seguido, no siempre jugaba, pero ya viajaba, ya salía en las fotos de entrenamiento, ya había aficionados que pedían que lo metieran, ya en redes decían que tenía que tener más minutos, ya los comentaristas pronunciaban su nombre con esa seguridad prestada de quien acaba de leer una ficha, y mientras más cerca estaba, menos me escuchaba. Llegaba con el reloj nuevo, contenís nuevos, con esa forma de caminar de los que todavía no son nadie, pero ya dejaron de saludar como antes. Un día llegó oliendo alcohol, no borracho, peor, crudo, de ego, se sentó frente a mí, y puso un sobre en la mesa. Adentro había dinero, bastante. Quiero que el otro se rompa, dijo, no pregunte quién, ya sabía. El compañero de su posición iba a renovar, si renovaba, el muchacho se quedaba como banca, si no renovaba, se abría un hueco, y si se abría un hueco, él podría entrar. Así piensa la gente cuando empieza a confundir destino con contrato, le regresé el sobre, le dije no. "Usted me entiende, entiendo demasiado. "Ese güey me va a quitar todo, no te puede quitar lo que no es tuyo. Se levantó de golpe, tiró la silla. "A fuera la drumperro, me acuerdo porque esa noche no había perros en la calle. La colonia estaba callada, de esas veces en que hasta los cables de luz parecen escucharte. El muchacho se quedó parado frente a mí, y por primera vez le vi la sombra, no en el piso, en la cara. Una cosa chiquita, pegada detrás de los ojos, algo que no venía conmigo, algo que ya lo estaba siguiendo desde antes, que no venía con él. La cosa chiquita, pegada detrás de los ojos, algo que no traía antes, algo que ya lo estaba siguiendo. Entonces diga a mi quien si lo hace, me dijo, medio tristeza. No por él, por su madre. Porque hay madres que creen que su hijo llegó lejos por talento, por sacrificio, por levantarse temprano. Y sí, también, pero no saben con quien se sienta cuando le empieza a temblar el futuro. Yo le dije que se fuera. No volvió. No supe de él después. En este oficio uno siempre sabe. Supes que había ido con otros. No con gente como yo. Con gente que trabaja rápido y cobrar caro. Gente que no preguntas y de verdad lo quieres. Gente que no distingue entre abrir camino y empujará a alguien al barranco. Uno de ellos era de costa. Otro venía del norte. El tercero no tenía altar. Tenía una bodega. A ese le desían el utilero, porque había trabajado años cerca de equipos, cargando maletas, poniendo conos, invlando balones, escuchando lo que no debía. Con ellos pidió piel. Así me llevó la palabra. "Piel". No diré de que animal más de falta, los que saben saben. Los que no van a inventar algo peor y quizá eso sea más justo. La piel no era para él. Era para hacerle una segunda sombra, una cobertura, algo que vistiera su nombre cuando él no pudiera sostenerlo. En esos trabajos se usan cosas que imitan cualidades, velocidad, salto resistencia, olfato, hambre. No es magia de película. Es masucía, mas triste. Se hace con símbolos porque el cuerpo entiende símbolos antes que razones. A partir de ahí algo cambió. No de golpe. Eso hubiera sido fácil de notar. Cambió como cambian los que empiezan a ganar. Primero dejó de lesionarse. Luego empezó a aparecer justo cuando faltaba a alguien. Una sobrecarga del titular. Una molestia en el abductor de otro. Una expulsión tonta. Una gripa antes de viajar. Un trámite administrativo. Un permiso familiar. Siempre había algo. Nunca algo grande. Nunca algo que saliera en titulares. El pequeño hueco y él, siempre él, estaba parado junto al hueco con los zapatos amarrados y listo para jugar. El técnico lo empezó a usar mas. Decían que era disciplinado, que entendía bien los recorridos, que no se desesperaba sin balón, que se raba lineas de pase, que era útil en pressionalta, que podía jugar por los dos perfiles y que no pesaba en el vestidor. Es último medio rice. Nadie pesa en el vestidor hasta que pesa demasiado. Un debut como titular fue en una ciudad caliente. No dire cual. Una de esas plazas donde la gente grita como si estuviera cobrando venganza de algo viejo. La cancha estaba rápida por la humedad. El balón corría, demás. Los centrales rezbalaban. El aire olía a cerveza, pasto cortado y bloqueador solar barato. El lojugo bien. Eso es lo que nadie recuerda. No jugo bien. Perdió dos pelotas fáciles. Cuando un centro a la tribuna se escondió 10 minutos pegado a la raya. En televisión, dijeron que se veía nervioso. Y era cierto. Pero al minuto 80 tantos, el lateral rival quiso salir jugando. El balón pegó en un charco mínimo, una tontería, una mancha de agua que ni debía estar ahí. El pase quedó corto. El lo robó. Entró al área y definió cruzado. Gol. Su primer gol en primera división. La cámara lo siguió. El correo al correo, se incó, señaló al cielo y se ve sola múñeca. Todos pensaron que era por alguien muerto. Yo sabía que no. En la múñeca llevaba algo cubierto con cinte. No se veía, pero yo lo sentí. Esa noche me desperté las tres y 17, no por un ruido, sino por un olor. Pasto mojado. Dentro de mi cuarto. Abri los ojos y ahí estaba. Con toda la puerta, una marca de lodo en el piso, una sola, como de Tachón, pequeña, perfecte. No me asusté. A estas alturas uno ya no se asusta tan fácil. Me senté en la cama y dije, "Conmigo no". La marca se secó sola. Al día siguiente, vi el resumen del partido. Repetí el volv varias veces. En la repetición en cámara lenta, se veía algo raro. Esto antes de que el rival fallar el pase, el muchacho no estaba mirando el balón, estaba mirando el pasto. Dos metros adelante, como si alguien le hubiera avisado dónde iba a caer. Ese tipo de cosas son las que hacen campeón en un jugador o de plano lo condenan. Él siguió subiendo. Renovó contrato. Lo convocaron. Lo vendieron como historia de superación. El niño que luchó contra todo. Que nunca se rindió, el que cayó bocas, el que esperó su oportunidad, el que entendió que el futbol recompensa al paciente. Qué bonitas son das mentiras cuando vienen editadas con música emotiva, pero los trabajos de piel tienen un precio distinto. No cobran dinero. Cobran forma. Primero se le empezó a caer el pelo en una parte de la nuca. Luego tuvo una infección muy rara en el tobillo, justo donde antes usaba la cinta roja. Las vinieron los cambios de humor. Gritaba en entrenamientos, se peleaba con los auxiliares, no dormía antes de los partidos importantes. Mandaba mensajes de madrugada a gente que ya no le contestaba. Una vez, uno de los brujos que trabajó con él me busco. Vene a flaco, los labios partidos. Me pidió que habláramos en la calle, no dentro de mi casa. Se nos volteó o me dijo. El muchacho? Nego con la cabeza. Lo que le pusimos ya no quises saber más. No me lo dijo de todos modos. Me dijo que el muchacho había dejado de cumplir con las ofrendas. Que Diana no las llevaba. Que se quitó el resguardo porque le molestaba en los partidos. Que una mujer se lo encontró y le pregunto que era él para quedar bien lo tiró al baño de un hotel. Hay cosas que no se tiran. Hay cosas que no se despiden. A partir de ahí, los goles siguieron llegando, pero raros, rebotes, desvíos, errores del portero, valones que le caían a él sin explicación. La presa decía que tenía instinto. Los aficionados decían que estaba tocado por Dios. Yo escuchaba eso y apagaba a la televisión. Porque Dios no trabaja así. Luego empezó lo de los compañeros. Uno se rompió en el entrenamiento sin contacto. Otro, pidió salir del club por problemas personales. Otro tuvo una baja de juego inexplicable. Nada que pudiera probarse. Nada que un médico no pudiera nombrar. Nada que un periodista serio pudiera escribir sin que lo demandaran. Esa es la parte más peligrosa de estas cosas dan. Nunca parece en brujería. Parece en calendario. Parece empresión, parece en mala suerte. Parece en fútbol. Y quizá eso sean. Yo no vengo a convencer a nadie. El que quiera decir que todo fue casualidad que lo diga. La casualidad también es un Dios muy trabajador. La última vez que lo vivo en una concentración. Él no me vio a mí. Yo estaba lejos en el estacionamiento de un hotel, esperando a otra persona que nada tenía que ver con el fútbol. El equipo iba saliendo, trajes iguales, audífonos, mochilas, esa cara de sueño que tienen los jugadores cuando los llevan como santos de ciudad en ciudad. Él salió al fútbol.
final, más ancho, más famoso, pero más solo. Traía al lente soscuros aunque ya estaba anulado, se detuvo antes de subir el camión, miró hacia donde yo estaba, no me saludo, pero se tocó la muñeca, la misma muñeca, la que se había besado cuando metió su primer gol en primera división, y por un segundo, solo por un segundo, vi que debajo del puño de la camisa, la piel, la piel no se le movía igual, era como si algo respirara por él, como si el brazo no terminara donde te via. Después subió al camión, la puerta se cerró, y todo se fueron a jugar. Tiempo después me contaron que seguía consultando gente, ya no por subir, ya no para jugar, ahora para mantenerse vivo. Eso es lo que nadie entiende, llegar no es lo difícil, lo difícil es quedarte cuando sabes que no llegaste solo, porque cada partido se vuelve de Ud, cada lesiona gena, sospecha, cada gol, un cobro, cada mala racha, una amenaza. Y el fútbol mexicano donde todos tienen una cábala, una promesa, una medalla, una virgencita en la espinillera o una playera que no lavan desde una final. Nadie pregunta demasiado. Si un jugador entra con el pie derecho, es tumbre, si toca el pasto y se persina, es fe. Si ves a una cinta negra que nadie había visto bien, es homenaje, pero yo sé que no siempre es su homenaje. A veces es un contrato, por eso te escribo dan, no para que digas su nombre, no lo digas, ni aunque creas saber quién es, ni aunque tus seguidores empiecen a sacar conclusiones, listas, fechas, goles, equipos, lesiones, invocatorias, no lo digas, porque no importa quién fue, importa lo que representa, en este país hay niños que creen que para llegar a primera necesitan talento. Luego descubren que también necesitan un promotor, luego descubren que también necesitan suerte y algunos cuando sienten que la suerte no alcanza, buscan quien se las fabricue. Yo no ayude al principio, sí, le ordené la cabeza, desarrefugas, del limpiar camino, pero cuando me pidió tumbar a otros, me negui, esa noche perdí un cliente, pero quizás alve mi nombre. Aunque a veces, cuando hay partido importante y el estadio se queda callado, justo antes de un penal, todavía siento el olor la pasta mojado dentro de mi cuarto. Entonces apagó la televisión, porque hay jugadores que no corren solos, y hay goles que, aunque los grites todo un país, se escuchan como un animal respirando debajo de la cama. Esta historia nos recuerda que los pactos siempre se cobran. Vemos el trofeo, pero ignoramos las cadenas, y esto no solo pasa bajo los reflectores de un estadio internacional. A veces, le envidia y el deseo de aplastar al prójimo caminan entre nosotros todos los días. No se necesitan gradas llenas para ver la oscuridad humana, basta con ir a cortarse el pelo, confiar ciegamente en quien sostiene las dijeras y tiene acceso a lo que desechamos de nuestro cuerpo. La siguiente historia nos le envía a una mujer que limpia lo que otros en su sien. Escucha bien, porque en la guerra de los pequeños negocios, lo más fuerte no es lo que te hecha en la puerta, es lo que deja estirado en el piso. La mujer que compraba cabello enviada por anónima del estado de México. Oladán no voy a decir mi nombre porque todavía trabajo ahí, y no, no trabajo en algo raro. No tengo un local lleno de veladoras negras de una puerta con cortinas de chakira. Ni me visto como esperan que se vista alguien que sabe hacer estas cosas, de hecho, si me vieras, lo más probable es que pasarías de largo. Soy una señora común, de esas que traen bolsa grande porque hay cabetodo. Las llaves, el recibo de la luz, un labial viejo, una estampita doblada, unas tijeras chicas, pastillas para la presión, monedas, mentas, y a veces cosas que no deberían andar en la bolsa de nadie. Pero así es este oficio. Uno no siempre carga lo que quiere, a veces carga lo que le encargan. Describo porque hace unos meses escuché una historia de tu programa donde hablaban de progería de negocios, de gente que entierra frascos en las entradas, que deja limones con clavos, que pone tierra de pantheon en las esquinas, y me dio risa, no por burla, sino porque eso es lo que la gente cree que es lo fuerte. Un frasco, un limón, un puñado de tierra, no dan, lo fuerte no es lo que se dejen la puerta, lo fuerte es lo que entra caminando. Yo conocía a una mujer que comproba cabello, no extenciones, no pelucas, no para vender. Cabello usado, cabello recién cortado, cabello que todavía oliera a la persona. La conocía en un estética, una estética normal, de colonia, compare des color lila, espejo grande, luces blancas que te hacen ver más cansada de lo que estás, un sillón de espera con revistas viejas y una cafetera que siempre olía a quemado. Estaba en una avenida de mucho paso, pero adentro siempre se ha frío, frío de casa vacía. Yo llegué porque la dueña me busco, le voy a decir Laura. Era una mujer de unos 40 y tantos años, muy arreglada. Tenía a manos bonitas y una forma de hablar que parecía tranquila hasta que le ponías atención. Me citó un lunes cuando el estética estaba cerrada. Me pidió que entrará por la puerta de atrás. Eso ya me dijo bastante. La gente que no debe nada te recibe por donde entran los clientes. La gente que trae algo encima siempre quiere que les pases por la cocina. Me ofreció café, le dije que no. En los trabajos uno aprende cuando aceptara agua y cuando no tocar ni el vaso. Se sentó frente a mí y puso sobre la mesa tres sobres amarillos, cada uno con un nombre escrito. Tengo problemas con unas personas, dijo. Me quieren quitar todo. Me contó que había empezado desde abajo, cortando cabello en el patio de su mamá. Hasta rentar este local, pero de pronto empezaron los problemas. Una empleada se fue y abrió otro local a tres calles, después otra y luego comenzaron las reseñas malas. Laura juraba que todo era mentira. Yo no le creí, pero tampoco le descarte. En los negocios de mujeres dan hay una guerra que los hombres no entenderían. Es una guerra de sonrisas, capturas de pantalla. Amiga yo solo te habizo y en esa guerra la brujería entra como el polvo por debajo de la puerta. Poco, pero todos los días. Laura señaló los obres, necesito que le cierre el camino. Le pedí que me dijera que había dentro, no quiso decirme. Le dije que entonces no podía ayudarle. Se molestó y abrió el primer sobre. Cabello de su mejor empleada, lo dejó en el cepillo. Abrió el segundo, uñas postizas con acrílico rosa, de otra. Abrió el tercero, una servieta con la vial rojo oscuro de una clienta. Me quedé mirando las tres cosas. Cabello, uñas, saliva. No necesitaba más. La gente cree que para hacer daño necesitas cosas difíciles. No. Casi siempre lo más íntimo se tiraba la basura sin pensarlo. Le pregunté, bueno, que quiere exactamente. Laura se ha comodo en la silla. Que vuelva a pedirme perdón. Quería ver las encadas. Le dije que eso no podía hacerlo. Que podía limpiar el negocio, proteger las entradas, pero no iba a trabajar sobre los cuerpos agenos. ¿Aceptó? O al menos fingió aceptar. Hicimos una limpia de local. Lenta. En una estética hay mucho ruido escondido. Decíos que se dice enfrente al espejo pensando que nadie los escucha. Pero los espejos escuchan. En el cajón de las toallas encontraré el primer trabajo. Una bolsita negra con granos de sal, alfileres doblados y una foto pequeña de laura cortada por la mitad. En el marco del espejo principal, metido entre la madera y la pared, había cabello. Mucho cabello. Demasiado para estar ahí. Que me lo que se podía quemar y le dejé indicaciones sencillas. Durante un mes, la estética mejor, hasta que una noche me llamo. Ya sé quién fue, dijo. Fue mi hermana. No me gustó su risa. Le pedí que no hiciera nada. Me colvo. Al día siguiente fui al local sin avisar. Me llevó a la bodega de productos. Olía peroóxido y a humedad. Mirar alrededor y detrás de unas cajas, vi un frasco de vidrio. Adentro había un líquido obscuro y algo pegado al fondo. ¿Qué me tiró allí? La obra sonrío. Cabello de ella. Ella empezó. Eso dicen todos. Ella empezó. La brugería más peligrosa no nace de lo dió. Nace cuando alguien logra convencerse de que su crueldad es en defensa propia. Su hermana enfermo. Tu botolores, insopneo, perdió dinero. La obra estaba feliz de ver la deuda cobrada. Me fui sin despedirme. Semanas después empezaron las noticias malas sobre su estética. Personas con alergias, infecciones en las uñas. La obra me llamó desesperada. Fue en la noche. Adentro, Olía acabé yo quemado. Me contó que desde hace a día se escuchaba tijeras en la madrugada, que las clientas llamaban pidiendo quitar todo lo muerto. Quité la sábana del espejo grande. Estaba manchado por dentro como si alguien pasara de dos grasosos del otro lado y en la parte baja, metido en una abertura, estaba el frasco. Lo saqué. Estaba tibio. ¿Qué más le puso? Le pregunte. Se tapó la boca y susurró mi esencia. Sangre. Eso cambió todo. Cuando metes algo tuyo te amarras al puente. Le dije que tenía que cerrar el negocio. No limpiar, cerrar. Pero laura me miró y dijo "y mi hermana?" Si cierra esto, ella se compone. No, no quiero que se componga. Me dio coraje.
Le dije, "Entonces hagan a usted", y me di la vuelta. Y entonces todas las tijeras de local sonaron al mismo tiempo. Chasquidos secos metálicos, Laura gritó. En el espejo se marcó una cara desde dentro. La tela sobre el cristal le embujada por una boca abierta. Laura cayó de rodillas pidiendo perdón. Te sea muchos nombres. Mujeres a las que le había guardado restos. Nunca fue una víctima. Fue una coleccionista. Hice lo necesario para cortar el trabajo y que no jalar a otras. Las luces se fueron. Todo quedó obscuro. Entonces alguien tocó la cortina metálica de afuera. Tres golpes. Y una voz de mujer dijo desde afuera, "Vengo por mi cabello". Laura se paralizó de terror absoluto. El miedo sincero a veces salva. Después de eso, se rola estética. Hoy su hermano está bien. Laura ahora vende productos por internet desde su casa. En todas sus fotos sale con el cabello recogido. Ni un mechón suelto. Pero un día me mandaron una captura de un envivo que hizo. Ella hablaba normal a la cámara, pero detrás de ella, en la pared blanca, su sombra tenía el cabello suelto. Largo hasta la cintura, moviéndose despacio. Aunque ella estaba quieta. Por eso les digo. Pregúntense en quien confíen sus cabellos o quien guarda sus uñas, porque no todos los que hacen daño. Viven en una casa oscura y lúbbre. Algunos tienen música de moda, agenda llena, y un espejo grande donde te dicen "Relájate, mi amor. Te voy a dejar irreconocible. Relájate. Te voy a dejar irreconocible". El coleccionismo del odio. La envidia disfrazada de servicio. Eses calor friante pensar que entregamos pedazos literales de nosotros mismos a perfectos desconocidos. Pero, saben que es igual de peligroso que le envidia, en la fan de retener. La incapacidad de dejar ir, porque el duelo es un proceso natural, duelo, quema, nos rompe, pero tiene que fluir. Cuando el amor por los que se fueron se convierte en una obsesión por no dejarlos cruzar, la casa deja de ser un refugio y se convierte en un ancla. Esta última historia nos lleva a las montañas de Antioquía, Colombia. Catalina nos cuenta cómo el dolor de una pérdida familiar envueltan de voción y resos, terminó fracturando la realidad. Porque si uno llama demasiado a los muertos, alguien o algo, eventualmente, te va a contestar. "Mi hermana empezó resando por la casa, enviada por Catalina desde Medellín, Colombia". Hola, Dan. Mi nombre es Catalina. Soy de jardín Antioquía. Crecié en una casa vieja de esas que todavía tienen el piso frío en la mañana y puertas que suenan aunque uno la cierre de espacio. Eramos tres hermanas, Marcela, La Mayor y Lajuiciosa. Yo, La Denmedio y la que se quería ir. Y Juliana, la menor y la consentida. Crecimos normales, compeles normales de hermanas. Nada de lo que voy a contar empezó raro. Y eso es lo que más me asusta ahora. Porque cuando algo se mete a una casa, no entra tumbando la puerta. Entra con una excusa buena, con una intención bonita, con una oración. Todo empezó después de que mi papá murió. Fue rápido, un dolor en el pecho en la madrugada y se nos fue. Marcela tomó el control de todo. Tan útil que la odía un poquito por poder resolver las cosas cuando yo no podían ir respirar. Pues de la entierra la casa cambió. Empezó a quedarse callada demasiado tiempo. Yo volví a mi trabajo en Medellín, pero iba casi cada 15 días. Marcela se quedó con mi mamá. Y ahí fue cuando empezó con lo de proteger la casa. Al principio era algo muy católico, puso imágenes de santos. Decía, esta casa quedó muy abierta. Pensé que hablaba del duelo. Una noche la encontré echando agua vendita en las esquinas. La tristeza también llama cosas me dijo. Eso me dio pesar. Entendí que intentaba hacer algo práctico con el dolor. Pero luego vinieron los platos con sal debajo de las camas. Los vasos de agua tras las puertas. Me lo recomendó una señora que sabe, decía. La casa empezó a oler distinto, a ruda, a humo de palo santo. La siguiente vez que fui, encontré listones rojos amarrados en las patas de las camas y en la cocina, detrás de la virgen, un papelito con nuestros nombres escritos al apis. El nombre de mi papá también estaba ahí. ¿Por qué es el nombre de papá? Le reclame. Papá está muerto. Mi mamá soltó un quijido. Marcela me miró con rabia con ojos de no haber dormido. Vos te fuiste. No me vengas a decir cómo cuidar esta casa. Me callé. Y cuando uno se calle frente a algo que sabe que está mal, es como si participara. Los problemas empezaron con Juliana. Se enfermo de fiebre y pesadillas. Soñaba que mi papá estaba parado en su puerta, solo mirándola. Esa noche, como las tres de la mañana escuchamos a alguien moliendo café, en el viejo molino manual que era de papá. Ento. Esado. Salimos a la cocina. No había nadie. Pero el molino, que mamá había escondido porque no soportaba verlo, estaba sobre la mesa con café recién molido. Mi mamá empezó a llorar. Fue su papá. Marcelan automó eso como advertencia. Notó como confirmación. Al otro día, nos entue en la sala a las ocho de la noche. Apagó las luces, prendió vea las blancas y una amarilla. Puso una foto de papá, agua, arepas y café. Marcelan empezó a rezar cosas raras, que si los lazos de sangre, que si nadie se fuera de donde pertenecía, la llama de la bela amarilla se estiró. Y entonces, sonó el comedor. Tres golpes pesados en la madera. Marcelas onrió y susurró. Papi. Sentí un frío horrible por cómo lo dijo, cómo se hubiera ganado. Semanas después, Juliana me mandó un audio. Al principio sólo se oía la noche, luego, clarito, un atos. Una tos que se escuchaba exactamente como a mi papá. Esa forma en la que se aclaraba la garganta. Y después, una voz de hombre diciendo muy bajito. "Mija." Se me aflojaron las piernas, porque si no era él, alguien sabía imitarlo perfectamente. Volvía casi ese fin de semana. En la puerta habían pintado una cruz con cascarilla blanca. Juliana se había ido a quedar, a donde vivía una amiga porque, dijo Marcela, le faltó al respeto a mi papá. Marcela, papá está muerto, le dije. "No mientras esta casa lo recuerde," respondió. Ayer entendí que era una posesión familiar. Alguien decidido que amar a los muertos significa no dejar vivir a los vivos. En la noche, Juliana volvió llorando. Me mostro su brazo con marcas moradas de dedos. Me dijo que alguien la agarró durmiendo, que olía a café, y que Marcela estaba en la puerta diciendo que si se iba, papá se pondría triste. Afueras sonaron pasos descalzos. Marcela nos llamó a rezar. Le dije que ahora no. Mi mamalas está esperando, dijo Marcela, y remató. Y él también. Abri la puerta furiosa. Fui a la sala y empecé a pagar las velas. Juliana agarró la foto de papá, forsejó con Marcela, y el vidrio del cuadro se rompió. En ese momento, el molino empezó a moverse solo. Las velas se apagaron de golpe, exceptó la amarilla, que se puso azul. En el cuarto de mamá se abrieron las puertas de los Closets solas. Marcel la cayó de rodillas. Papi, Diles. Y entonces se escuchó la voz. Venía de la cortina. No era fuerte. No se vayan. Sonaba igual a él, pero había una cosa pegada a la voz como una estática de radio vieja metida por detrás. La casa, junda. Juliana agarró una taza y la tiró al piso, se quebró, y el sonido rompió el trance. El molino y la voz se detuvieron. Eso no entró porque Marcela supiera brujería. Entró porque nosotros estábamos rotas porque la casa estaba llena de culpa y Marcela quería controlar el dolor. Algo desconocido encontró esa grieta y usó la voz de mi papá. Al día siguiente, lleve al padre del pueblo. Tramos cosas enterradas en el patio. Papeles con nuestros nombres, una camisa de mi papá envuelta en el rojo, una foto doblada de forma que mamá, Juliana y yo quedábamos dentro, y papá y Marcela afuera. No era protección, era encierro. Marcela quería que nadie saliera de la casa. Limpiamos que mamamos y resamos. El ambiente en la casa mejoró poco a poco. Marcela no se volvió loca, pero algo se le apagó. La última vez que fui a jardín dormía en la casa. Todo estaba normal. En la noche, pase por la sala, endurece la foto de mi papá y le su surré, descance pa. Desde la cortina, muy suave, escuché la tos, una sola vez. Me quede quieta, helada. La voz de Marcela me llamó desde su cuarto. "Cata, vos también lo hice?" Me tardé en responder, porque entendí que hay casas donde los muertos no vuelven. Los vuelven a llamar. Y si uno llama mucho a una cosa, aunque sea con amor, un día algo contestará por ella. No, le dije.
Yo no hay nada, mentí, por mi hermana y por mí, porque a veces la única manera de cerrar una puerta es dejar de preguntarle quién está del otro lado. El dolor, la ambición desmedida, la envidia por el que emprende. Emociones tan nuestras, tan humanas, pero que sirven como el abono perfecto para asembrar pesadillas. El jugador que aceptó a un huespe de en sus piernas por la gloria del mundial, la chica del estética que guardaba pedazos de vida por no soportar que otras brillaran. Y Marcela, que prefirió encadenar a su familia a una memoria antes que enfrentar el silencio de una casa vacía. Soy Danosorio. Gracias por estar aquí escuchando del otro lado. Y los recuerdo que si tienen una historia de esas que no puedes contarle a cualquiera sin que te miden raro. Mándala. A "Historia es punto baja frecuencia a roba Jim e Il.com". Aquí somos el busón de los que caminan de noche. Esto fue baja frecuencia y recuerden. Hay cosas que se barren y se tiran y hay muertos que merecen descansar. No jueguen hacer los guardianes del tiempo. No sea que terminan atrapados con él. Hasta luego. Y buenas noches.
Podcast Summary
Key Points:
La narrativa expone la hipocresía social al admirar historias de superación sin cuestionar los costos ocultos detrás del éxito.
Un jugador de fútbol, desesperado por triunfar, recurre a rituales de brujería para avanzar en su carrera, pero termina atrapado en un pacto que lo consume.
El narrador, un "brujo" que inicialmente ayuda al jugador con disciplina y limpieza espiritual, se niega a dañar a otros, lo que lleva al jugador a buscar practicantes más oscuros.
El jugador logra fama y goles, pero sufre consecuencias físicas y mentales (pérdida de cabello, infecciones, cambios de humor) que revelan el precio de su "piel prestada".
La historia concluye con una advertencia
Summary:
El texto critica la idealización del éxito en el fútbol, donde se aplauden las historias de perseverancia sin preguntar qué sacrificios reales se hicieron. Un narrador, que se identifica como practicante de brujería tradicional, cuenta la historia de un joven talentoso que, al borde de la fama, busca ayuda para asegurar su lugar. Inicialmente, el narrador le ofrece disciplina y rituales simples, pero el jugador, consumido por la ambición y el miedo a perder su oportunidad, exige métodos más agresivos para eliminar a sus competidores.
Al negarse, el narrador pierde al cliente, quien recurre a otros brujos dispuestos a todo. El jugador alcanza el estrellato, pero comienza a pagar un precio terrible: su salud se deteriora, su comportamiento cambia y su éxito se vuelve frágil, dependiente de fuerzas oscuras. La historia revela que en el fútbol, los atajos no son gratuitos; los pactos se cobran en forma de vidas vacías y dependencia.
El narrador advierte que los ídolos que admiramos pueden estar atados a contratos invisibles, y que la verdadera pregunta no es quién merece el éxito, sino quién está pagando la factura detrás del telón.
FAQs
El narrador advierte que el éxito a menudo tiene un precio oculto, como pactos o sacrificios, y que no todo es talento y perseverancia; a veces se recurre a medios oscuros.
Es un futbolista joven que está cerca de debutar en primera división, pero sufre de insomnio, presión y miedo a perder su oportunidad, por lo que busca ayuda espiritual.
Le ayuda a ordenar su vida: prohibir llamadas nocturnas, dejar de ver a una mujer, hacer sacrificios como no comer carne, y usar baños de hierbas y una cinta roja para enfocar su mente.
El muchacho pide que el narrador dañe a un compañero que compite por su puesto, pero el narrador se niega porque no trabaja contra jugadores vivos.
Es un trabajo de brujería que imita cualidades futbolísticas, pero tiene un precio: el jugador sufre caída de pelo, infecciones, cambios de humor y una dependencia que lo persigue.
Comienza a jugar mejor, es convocado y renueva contrato, pero sus goles son extraños y sus compañeros sufren lesiones inexplicables; su éxito se vuelve sospechoso.
Chat with AI
Loading...
Pro features
Go deeper with this episode
Unlock creator-grade tools that turn any transcript into show notes and subtitle files.