Speaker 1Realmente el amor rara vez desaparece de manera súbita, lo que sucede es que muchas veces más bien se va desgastando lentamente, casi sin hacer ruido, pero el amor casi nunca muere por una sola herida gigante, más bien suele morir por cientos de pequeñas heridas que nunca fueron reparadas. Nos gusta sentir que nuestra pareja nos mira con orgullo, por supuesto, que reconoce nuestras capacidades, que celebra nuestros logros, que nos considera valiosos y que, entre tantas personas posibles, nos elige a nosotros. El problema aparece cuando dejamos de agradecer esa admiración y comenzamos a exigirla con fuerza, porque cuando la soberbia entra en una relación, una diferencia de opinión fácilmente se transforma en una amenaza personal. Y hay algo que olvidamos con mucha facilidad. Cuando en una discusión de pareja uno necesita ganar y el otro tiene que perder, casi siempre quien termina perdiendo es la relación, puedes demostrar que tenías razón y perder cercanía, puedes ganar la discusión y perder ternura, puedes dejar al otro sin argumentos y dejarlo también sin ganas de hablar contigo, puedes demostrarle brillantemente todas sus equivocaciones y conseguir que cada vez tenga menos deseos de mostrar tu amor. Que tanto nos podemos dejar ser y mostrarnos en nuestras luces, en nuestras sombras, o vivimos con miedo. Solo aquel que puede ser en el mundo sabe la profunda libertad que se experimenta. El problema aparece cuando dejamos de agradecer esa admiración y comenzamos a exigirla con fuerza, porque cuando en una discusión de pareja uno necesita ganar y el otro tiene que perder, casi siempre quien termina perdiendo es la relación, puedes demostrar que tenías razón y perder ternura, puedes dejar al otro sin argumentos y dejarlo también sin argumentos y conseguir que cada vez tenga menos deseos de mostrar tu amor. Así es que hoy vamos a hablar de la soberbia en el amor. Vamos a ver cómo nos va. La mayoría de parejas que he acompañado a lo largo de los años no dejaron nunca de amarse de un día para otro. Realmente el amor rara vez desaparece de manera súbita. Lo que sucede es que muchas veces más bien se va desgastando lentamente, casi sin hacer ruido, debajo de discusiones que nunca se resolvieron, de heridas que nadie quiso reconocer, de pequeñas luchas de poder en las que terminó siendo más importante tener la razón que cuidar la relación. El amor tiene enemigos silenciosos y muy poderosos, entre ellos pocos tan potentes como la prepotencia, la soberbia y el ego, porque al principio pueden parecer asuntos menores, una manera fuerte de hablar, una dificultad para pedir perdón, la costumbre de corregir al otro, una quizás necesidad excesiva de tener la última palabra siempre, tal vez la incapacidad para reconocer los propios errores, pequeñas y sutiles descalificaciones disfrazadas de humor, gestos de superioridad, silencios que castigan ley del frío o explicaciones interminables para demostrar por qué uno tiene la razón y el otro está equivocado. Nada parece suficientemente grave por separado. Pero el amor casi nunca muere por una sola herida gigante. Más bien suele morir por cientos de pequeñas heridas que nunca fueron reparadas. El problema aparece cuando dejamos de hablar. Cuando dejamos de agradecer esa admiración y comenzamos a exigirla con fuerza. Cuando ya no queremos simplemente ser amados, sino confirmados. Cuando necesitamos que nuestra pareja nos ande por ahí recordando constantemente que somos importantes, inteligentes, atractivos, exitosos, especiales e indispensables. Y entonces ocurre algo bien paradójico. La persona que antes era alguien a quien amar empieza a convertirse en el encargado. En el responsable de sostener toda nuestra autoestima. Y allí el amor comienza a ponerse pesado. Porque tu pareja ya no puede simplemente existir de forma espontánea. Ahora tiene que admirarte, tiene que reconocerte, tiene que estar pendiente, tiene que responder como tú estás esperando que lo haga. Tiene que entenderte. Tiene que valorar suficientemente todo lo que haces. Tiene que darte el lugar que crees merecer. Y especialmente tiene que tener mucho cuidado. Cuando están de desacuerdo contigo. Porque cuando la soberbia entra en una relación, una diferencia de opinión fácilmente se transforma en una amenaza personal. Es que ya no escuchas, pienso diferente. Ahora escuchas, no me respetas. Ya no escuchas, esto que hiciste me dolió. Ahora escuchas, estás diciendo que soy una mala persona. Ya no escuchas, creo que te equivocaste. Escuchas. ¿Crees que eres mejor que yo? Y cuando el ego interpreta una conversación como una amenaza, deja de escuchar. Y en realidad empieza a defenderse todo el tiempo. Miren, hay parejas que se aman profundamente. Pero discuten como si fueran enemigos. Cada conversación difícil parece un juicio. Alguien acusa, el otro se defiende. Uno presenta pruebas, el otro recuerda errores del pasado. Uno exagera, el otro contraataca. Y así, poquito a poquito, la conversación deja de buscar una solución y empiezas a buscar un ganador. Cuando en una discusión de pareja, uno necesita ganar y el otro tiene que perder, casi siempre quien termina perdiendo es la relación. Puedes demostrar que tenías razón y perder cercanamente. Puedes ganar la discusión y perder ternura. Puedes dejar al otro sin argumentos y dejarlo también sin ganas de hablar contigo. Puedes demostrarle brillantemente todas sus equivocaciones y conseguir que cada vez tenga menos deseos de mostrarte su mundo interior. Porque el amor necesita una cierta humildad para sobrevivir. Necesita que algunas veces podamos decir, Oye, tal vez no entendí. Oye, explícame cómo lo viviste. Puede que tengas razón. No era mi intención, pero entiendo que te dolió. Me equivoqué. Perdóname. En la soberbia necesitas estar arriba. En el amor necesitas estar al lado. Y esta es una de las diferencias fundamentales en este tema. La soberbia organiza las relaciones de manera vertical. Necesitas saber quién sabe más, quién aporta más, quién gana más, quién ha sacrificado más. ¿Quién es más en esta relación? ¿Quién tiene mejores argumentos? ¿Quién es más inteligente? ¿Quién ha cometido quizás menos errores? En cambio, el amor verdadero intenta construir horizontalidad. Y no porque ambos sean iguales en todo, sino porque ambos poseemos la misma dignidad. Tu pareja puede saber menos que tú sobre algunos temas y aún así tener algo que enseñarte. Puede ganar menos dinero. Y no valer menos por eso. Puede haber cometido errores y seguir mereciendo respeto. Incluso puede ser menos reconocida socialmente y ser infinitamente importante para tu vida. Puede incluso equivocarse en una discusión y seguir teniendo derecho a ser escuchada con dignidad. El problema aparece cuando los logros que conseguimos afuera empiezan a otorgarnos privilegios imaginarios adentro. Puedes dirigir una empresa y no dirigir a tu pareja. Puedes tener miles de personas escuchando tus opiniones y llegar a casa teniendo que escuchar a otros. Puedes ser admirado públicamente y aún así necesitar pedir perdón en privado en tu casa. Puedes tener títulos, dinero, reconocimiento, poder, fama, prestigio y seguir siendo simplemente un ser humano frente al ser humano que amas. Ningún éxito te convierte en VIP en el amor. La descalificación probablemente sea uno de los rostros más destructivos del ego en una pareja. No siempre va a aparecer en forma de insultos evidentes. A veces es más sutil. En esa mirada que te dice telepáticamente qué estupidez acabas de decir. En ese suspiro mientras el otro habla. En ese gesto de fastidio en la ironía. En la burla. En el celular que se mira mientras el otro intenta expresarte algo importante. El otra vez con lo mismo. El tú no entiendes. El yo sabía que ibas a reaccionar así. Él deja el drama, el cuando madures hablamos, el silencio utilizado como castigo, la corrección permanente, esa necesidad de demostrar que el otro es un exagerado o interpreta mal, o recuerda mal, o siente algo que no debería sentir. Y ahí empieza a suceder algo muy triste, y es que la persona que amamos comienza a sentirse pequeñita a nuestro lado. Empieza a medir sus palabras, a evitar ciertos temas, a preguntarse si vale la pena contarnos lo que siente, hasta que un día de pronto deja de hacerlo. Y cuando alguien deja de mostrar su vulnerabilidad, no es que no la sienta. En realidad a veces significa que dejó de sentirse seguro a tu lado. Y es que la soberbia nos hace crecer cosas muy locas. Si me admiras, me amas. Si estás pendiente de mí, soy importante. Si estás de acuerdo conmigo, me respetas. Si reconoces mis logros, entonces yo sí valgo. Si me necesitas, entonces no me abandonarás. Y eso suena como lógico, pero ¿saben algo? Ninguna pareja puede cargar indefinidamente con la responsabilidad de convencernos de nuestro propio valor. Ese trabajo nos pertenece. Las cuentas de cobro del ego. Es que la soberbia siempre termina pasando factura. Primero, desaparece la espontaneidad. Después disminuyen las conversaciones profundas. Luego aparece la distancia. El otro comienza a protegerse. Se vuelve tal vez más silencioso, más prevenido, más frío. Deja de preguntar. Deja de contar. Deja de confrontar. Y el soberbio puede incluso interpretar ese silencio como una victoria. Finalmente entendió. No volvió a discutir. Qué bueno que ya se acabó esto. Ya sabe cómo son las cosas. Qué sorpresita. Quizás no consiguió obediencia. Consiguió distancia. Y se vuelve eso muy peligroso. Porque en muchas relaciones, cuando la persona deja de reclamar, algo está muy mal. Porque mientras alguien reclama, muchas veces todavía está intentando salvar algo. Cuando deja de hacerlo, tal vez haya empezado ya a despedirse emocionalmente. Miren, hay tres formas en las que la soberbia destruye el amor. Cuando el ego ocupa demasiado espacio, hay tres movimientos allí destructivos. El primero es la imposición. Ya no quiero comprender cómo ves el mundo. Lo que quiero es que termines viéndolo como yo. El segundo es la cosificación. Dejas de ser una persona con necesidades, cansancios, deseos y límites propios para convertirte en alguien que debería satisfacer mis expectativas. Y el tercero, bien disfrazado, la idealización. Te amo mientras correspondes a la imagen que construí de ti. Pero cuando aparece tu humanidad, cuando fallas, cambias, envejeces, dudas, te cansas, o simplemente dejas de ser una persona con necesidades, te amo mientras correspondes a la imagen que construí de ti. Y antes de responder como esperaba, siento que me decepcionaste. El amor maduro hace exactamente todo lo contrario. Pasa de la idealización al encuentro. De la exigencia a la aceptación. De la utilización al cuidado. De la superioridad a la reciprocidad. Hay que aprender que la humildad es una forma extraordinaria de amar. Y la humildad en pareja no significa. No significa soportarlo todo. No significa renunciar a los límites, ni perder la dignidad o aceptar ciertos comportamientos dañinos. Humildad significa no necesitar estar por encima. Es poder ser fuerte sin aplastar. Inteligente sin humillar. Exitoso sin presumir. Seguro sin controlar. Es poder escuchar una crítica sin sentir que nuestra identidad está siendo destruida. Es poder descubrir que lastimamos a alguien sin construir inmediatamente un argumento para demostrar que no debería sentirse lastimado. Es tener suficiente seguridad interior para decir me equivoqué. Sin sentir que por ello valemos menos. Porque pedir perdón no te disminuye. Escuchar no te subvertina. Cambiar de opinión no debilita. Y reconocer la grandeza del otro no amenaza a la propia. Miren, solo un ego muy frágil necesita ganar permanentemente para sentirse seguro. Al final el amor es conciencia de límite también. Quizás llegue un momento en la vida en que podamos comprender que muchas de las discusiones que parecían tan importantes no lo eran. Que algunas cosas por las que peleamos ferozmente hoy ni siquiera podremos recordarlas dentro de algunos años menos. La vida pasa. El cuerpo cambia. Los hijos crecen. Los éxitos pierden brillo. Los cargos terminan. El dinero cambia de manos. La belleza se transforma. Los aplausos encuentran nuevos destinatarios. Y aquellas personas que hoy parecen indispensables para alimentar nuestro ego probablemente tampoco estarán allí para siempre. Somos pasajeros también en el amor. Así es que por qué no podemos creer en el amor? Pero no te preguntas cómo se siente tu pareja cuando está a tu lado. ¿Se siente libre? ¿Escuchada? ¿Admirada? ¿Respetada? ¿Puede equivocarse contigo? ¿Puede decirte que no? ¿Puede cuestionarte? ¿Puede mostrarte sus heridas sin temor a que posteriormente las utilices en su contra? ¿Puede ser profundamente ella misma sin tener que hacerse pequeña para que tú puedas sentirte grande? Porque algún día quizás descubras que tener la razón no era tan importante. Que ganar aquella discusión no cambió nada. Que demostrar nuestra superioridad y grandeza no nos hizo mejores. Y que mientras defendíamos con tanta fuerza nuestro ego, quizás estábamos perdiendo algo infinitamente más valioso. Tal vez por eso amamos a los demás. Tal vez por eso amar sea también aprender a bajarse del pedestal. Quitarse la corona. Abandonar la necesidad de ganar. Sentarse al lado del otro y reconocer soy humano y tú también. Vamos a intentar cuidarnos mientras podamos. Al final, cuando desaparezcan los títulos, los logros, el dinero, la belleza, la fuerza y todas aquellas cosas con las que alguna vez intentamos demostrar que éramos como seres. Especiales. Quedará una pregunta mucho más sencilla y tal vez mucho más importante. ¿Cómo trataste a quien decías que amabas? Y ahí quizás entonces comprendamos que en el amor, la verdadera grandeza nunca, nunca estuvo en conseguir que alguien nos admirara todo el tiempo. Sino en lograr que después de conocernos profundamente, de haber visto nuevamente, que hubo nuestras luces y nuestras sombras, nuestras fortalezas, nuestras miserias, pudiéramos seguir sintiendo que a nuestro lado podía ser uno respetado, cuidado y libre. El amor no necesita que seamos superiores. Necesita que seamos suficientemente humildes para encontrarnos y elegirnos día tras día. Bien. Una nueva reflexión de su podcast Ad Propositum. Recuerden compartirlo. Recuerden enviárselo así disimuladamente a su pareja. Por ahí a ver qué pasa. Y nos vemos en unos días nuevamente.