El episodio narra el inicio de la Eneida desde la voz de Venus, quien describe su dolor al ver a su hijo Eneas sufrir tras la guerra de Troya. La tormenta que azota la flota troyana, enviada por Juno, casi destruye los barcos, pero Eneas sobrevive. Venus rememora cómo, durante el saqueo de Troya, evitó que Eneas matara a Helena, mostrándole que los dioses, incluidos Neptuno, Minerva y Juno, estaban detrás de la caída de la ciudad. Luego, Eneas huye con su padre Anquises y su hijo Ascáneo, pero pierde a su esposa Creúsa, cuyo fantasma le anuncia su destino en Italia. Venus intercede ante Júpiter, quien confirma que Eneas gobernará tres años, pero sus descendientes fundarán Roma. La disputa entre Venus y Juno, originada por el juicio de Paris, explica el odio de Juno hacia los troyanos. Finalmente, los refugiados navegan hacia Creta buscando un nuevo hogar, siguiendo un oráculo de Apolo, mientras Venus observa impotente las pruebas que su hijo debe enfrentar.
[Música] Bienvenidos a mitología, un podcast original de Parkast. En cada episodio presentamos historias dramáticas de la mitología antigua y exploramos sus orígenes. Soy su presentadora y narradora, Yadira Aedo. Puedes encontrar todos los episodios de mitología y todos los demás podcast originales de Parkast de forma gratuita en Spotify. Durante los próximos cuatro episodios, volveremos a contar el antiguo clásico, la eneída. Escrita en el siglo I, antes de Cristo, por el poeta romano Virgilio. La eneída continúa la historia iniciada por humero en la iliada y la odisea. Fue escrita mientras Roma se recuperaba de la devastación de la guerra civil y el pueblo tenía la esperanza de que el recién nombrado emperador, Augusto, pudiera dar paso a una era de paz. Para hablar de las cualidades que necesitaría un liderazí, Virgilio miró al pasado antiguo, una época anterior a la decadencia de la civilización griega y al asenso de Roma. Su historia ofrece una perspectiva alternativa de los acontecimientos de la guerra de Troya y sigue al Guerrero en EAS, después de que su ciudad fuera destruida por los ejércitos griegos. Fue obligado a bagar durante muchos años antes de llegar, finalmente, a las lejanas costas de Italia, donde su descendencia estaba destinada a fundar el imperio romano. Contaré la historia desde la perspectiva de la madre de EAS. Venus, la diosa romana de la belleza y el amor, que los griegos llamaban "afrodita". Su conflicto con Juno, la reina de los dioses, sirve de telón de fondo del relato y representa la lucha más amplia entre abrazar nuestro destino con honor o evitarlo y deshonrarlo. Acompáñame, mientras nos remontamos a una época en la que el gobierno de Grecia estaba en su apogeo, pero un nuevo poder estaba destinado a surgir. Cuando las musas les usuraron esta historia a Virgilio, hablaron de armas y de un hombre, guerras y guerreros, ciudades arribadas y levantadas. Pero para mí era la historia de mi hijo. Lo llevé al monte y daco andonacio. Lo amamanté, lo envolví, lo vide cerca cada día durante cinco años. Y luego, desde lejos, después de entregarlo a su padre mortal. Lo que vi fue sufrimiento y pruebas interminables. Los corazones de los dioses no son impenetrables y el mío se rompía por él cada día. Cuando luchó en los campos de Troya, me deleite con sus victorias. Cuando dejó atrás su hogar en llamas, yo reé. Y cuando la mayor tormenta que había visto su barco se abatió sobre su flota, temí como no sabía que podía hacerlo una diosa. La tormenta se abatió sobre la flota de eneas con la fuerza de 100 ejercitos. Los marineros Trojanos gritaban por encima del estruendo. Sus voces se perdían en el viento, mientras una gran nube lo sumía en la noche más oscura. La borágine golpeó a los barcos durante horas. Los hombres se adentraron en el mar, los barcos en las rocas. Eneas se aferró a la borda con los miembros flácidos por el cansancio, donde quiera que mirara veía la muerte. El mar cubierto de cada abres y de los escudos y tesoros de Troya. Los relámpagos rasgaban el cielo y vi la propia furia de júpita reflejada en los ojos de mi hijo. Eneas levantó el puño y gritó a la tormenta. "Así?" gritó con voz estrangulada. "Porque no nos dejaste morir en Troya con nuestros amigos. ¿Porque nos ha dejado sufrir tanto tiempo para acabar aquí?" El arrebato de eneas fue cortado por un poderoso sonido de desgarro. La vela se había partido. Eneas fue arrojado a la cubierta cuando la tormenta arrancó la popa, poniendo el barco de cara a la tormenta. Miró hacia arriba y vio una montaña de agua que se elevaba. El mástil gimio y la hola se estrelló y dejó entrar al mar. Pensé en las palabras de mi hijo muchas veces después de aquello. Me equivoqué al protegerlo? Solo deseaba su felicidad, pero cada día que vivía le traía más problemas. ¿Debería haberle dejado tener la muerte que deseaba? Pero no me correspondía a mí decidirlo. Las parcas dijeron que debía vivir y ni siquiera los dioses pueden cambiar lo que han visto. Así que desempeñé mi papel. Madre cariñosa o guardiana del destino divino. No importaba. Mi objetivo era el mismo. Proteger a eneas y todo iría bien. ¿Qué tonta fue? La primera vez que interviene fue en el saqueo de Troya. Había visto a mi hijo levantarse de un sueño agitado y nublado por extraños presajos. Incluso cuando los sueños se desvanecían, olía el lumo y oí el choque del acero. Enease acercó de un salto a la ventana y contempló el horror que se desarrollaba. Troya arde. Griegos armados asfixiando las calles, cortando a hombres y mujeres con desenfreno. Y en el centro de todo, el gran cadallo de madera. Brillando al luz del fuego anaranjado como un demonio regodeándose. Eneas cogió sus armas y salió corriendo hacia la noche. Buscando a sus compañeros, vio en cambio a un sacerdote de apolo que arrastraba a su joven nieto tras él. Eneas le gritó. ¿Por dónde se llega a la fortaleza? ¿Dónde está la última resistencia de Troya? La última resistencia? Himió el sacerdote. Este es el último día de Troya. Eneas se lanzó a la lucha, atraído por los unidos del combate. Pronto se encontró con un grupo de compañeros soldados Troya. Estaban asustados, confundidos, pero eneas los animó. Corazones valientes, hombres, aunque eso no nos salvará. Troya está más allá de toda esperanza y nosotros también. Así que en frentémonos a nuestro destino de frente. Como lobos rabiosos, corrieron a través de la niebla y el humo ondulante. Atravesando las tropas griegas, cortando y acerrando, impulsando por la certeza de que era el fin. Muerte en las calles, muerte en las morallas. Uno a uno llegó para los compañeros eneas. Uno a uno cayeron ante las espadas y lanzas griegas, abrumados por un número mayor, hasta que solo quedaron tres. Aún así, eneas y yo adelante, hasta llegar al palacio. Entró, buscando a los que podían salvarse. Encontró al viejo rey de Troya, empalado en un altar del patio. Su cabeza había sido separada de su cuerpo acorazado. Aunque apenas podía levantar una lanza, se había vestido para la guerra por última vez. Mientras eneas, contemplaba el espantoso escenario, pensó en su propio padre. Habían llegado ya los griegos a su casa. Habían quemado hasta los cimientos con su hijo y su esposa dentro. Fue con estos oscuros pensamientos corriendo por su mente cuando la vio, arrodillada en la puerta del templo de Vesta. Un rostro demasiado hermoso para olvidarlo. El rostro que lanzó mil barcos e inició la guerra entre Troya y a los griegos. El lena de Troya. Eneas la observó deslizarse por la pared, aferrándose a las sombras. ¿De quién se escondía se preguntó? De su marido Menelao? El rey espartano había cruzado el Ejeo con todos los ejércitos de Grecia para recuperar a su novia después de que esta se fugara con el Príncipe Trollano. Los soldados griegos habían hecho la guerra lejos de casa durante 10 años por la infidelidad de ella. Los Trollanos, su nobles ciudad estaba en ruinas por su culpa. Todos ellos tenían motivos para odiarla, comprendió eneas. Y él también, la fría furia creció en su interior mientras observaba a elena arrastrarse por la oscuridad. Ella no había traído a su hogar más que muerte y desastre. ¿Por qué se le debía permitir vivir mientras priamos ya si ha muerto en su altar mientras los llios corrían rojos con la sangre trollana? Eneas avanzó a grandes encadas con la mente puesta en ello. Ella aún no le había visto, levantó su espada y entonces le cogí la muñeca. Mi hijo me miró fijamente con los ojos muy abiertos de asomro. Sin duda, se esforzaba por comprender lo que estaba viendo. No me había parecido desde que era un niño, pero me conocía igualmente. Venus, Jadeo, madre. Le toque la mejilla, queriendo alejar la nube de furia. ¿Qué estás haciendo, hijo mío? ¿Vas a ser este tu legado? ¿Avá tirar una mujer desarmada? La rabia de eneas encendió. ¿Qué me importa el legado? Espetó. Es suficiente recompensa a librar al mundo de su traición para castigarla por todo esto. Señaló a su alrededor las tores sumeantes. El altar en San Grentado sacodí la cabeza. ¡Ijo mío! ¿Sabes qué es mejor no colgar esto a una sola mujer? La indiscreción de Helena no fue más que un pequeño momento. Un eslabón de una cadena interminable que se remonta a la menescer de los tiempos. Esta tragedia no es más que un montón en una historia que solo las parcas comprenden. Mirad tu alrededor, los dios se han vuelto contra Troya. Ninguna palabra podría calmar el corazón enfurecido de mi hijo. Así que sople un fresco rosío sobre su rostro, concediéndole la visión negada a los hombres mortales. Sus ojos se abrieron de para empala al contemplar la verdad que había detrás de todo eso. Allí se alzaban obtuno, dios del mar, sacudiendo la tierra con su tridente y haciendo caer las grandes tores de Troya. Allí estaba a Minerva, resplandeciente en las noves.
agitando su escudo con la cabeza de Medusa, sembrando el terror en los corazones de los Trojanos, incluso Júpiter, Rey de los Dioses, estaba allí, animando a los Olímpicos y llenando de valor los corazones griegos. Se oyó una risa aguda y estridente, enéas se giró para verla. Juno, la reina de los Dioses, la vengativa esposa de Júpiter, se alzaba sobre las puertas de la ciudad, manteniendo las abiertas para sus guerreros. Los griegos la llamaban era. Su forma estaba nublada por el humo, pero sus ojos ardían de furia. No le importaba que las parcas hubieran visto el fin de Trojan, estaba aquí por su propio rencor. Rode a mi hijo con mis brazos, les su Sur realoído. Corre, hijo mío, los Dioses han abandonado a Trojan, pero no te han abandonado. Si no te importa el legado, piensa en tu familia, lo se protegido todo lo que he podido, pero los griegos los encontrarán pronto. Ascáneo, jadeó, y salió como un rayo, con el enadetrolla olvidada en la oscuridad. Enéas corrió, con los pulmones gritando y los miembros volando. Me mantuve cerca, pero fuera de la vista, apartó a los griegos de su camino, abrió sendas a través de las llamas, hasta que por fin llegó a su casa. Su esposa creusa, grito de alivio cuando rompió por la puerta. Su hijo Ascáneo estaba sentado en el suelo. Con los ojos muy abiertos por el miedo. Creusa llevaba una pesada bolsa al hombro, llena de grano y objetos preciosos. ¿Dónde está mi padre? Jadeó enéas en cuanto a sus pulmones se lo permitieron. Creusa gimió. No se puede razonar con él. No tenemos más remedio que dejarle aquí. Enéas se precipitó a la habitación contigo. El canoso Anquísez estaba junto a la ventana, observando cómo ardía Trojan. Enéas tomó la mano de su padre y le rogó que viniera rápidamente. Pero el anciano no se dio. Si los dioses deseaban tanto su vida, estaba dispuesto a darsela. "Pero tú y creusas son jóvenes", dijo el viejo Anquísez. "Cogé a tu hijo y corre. Yo solo los detrásaría. Enéas cayó de rodillas. "Nécio", grito. ¿Creías que iba a dejar a mi propio padre? Si te empeñas en añadir tu muerte la pira funeraria, que sepas que también añades la nuestra. No te dejaré. Ví como la casa caí en la desesperación. Ascáneo llorando en el suelo. Creusa, suplicando enéas que huyera con ellos. Enéas suplicando a su padre. Sin embargo, Anquísez no se día. Y enéas tampoco. Entonces maldige al viejo loco. Había educado demasiado bien a nuestro hijo. Mientras esto ocurría, vía a los soldados griegos correr de casa en casa, matando a todos los que estaban dentro. Pronto llegaría a la puerta de enéas. Desesperada me dirigía a mi propio padre. Júpiter, rey de los dioses, se sernía sobre la ciudad, observando con tranquilas satisfacción. No me molesté en ocultar mis lágrimas al acercarme. Caía a sus pies y le conté todo lo que había sucedido. Que enéas no se iría. Que mi hijo pronto sería asesinado. Y que todo lo que se había predicho no se cumpliría. Sin embargo, Júpiter no se inmuto. ¿Y qué pasa con Roma? Grité, sobrepasando a sabiendas mis límites. ¿Qué crimen ha cometido enéas para que te olvides de las parcas? Digiste que debía fundar la gran ciudad. ¿Hacanviado a uno de opinión? Mientras gritaba las últimas palabras, vía Júpiter cambiar de opinión. No he olvidado nada, dijo después de un momento. Ni siquiera yo puedo cambiar lo predicho por las parcas. Enéas llegara a Italia, construirá la ciudad del asio y gobernará durante tres años. Me quedé con la boca abierta. Tres años, dije a Tonita. Digiste que mi hijo iba a engendrar un imperio. Que de él surgirían los nobles romanos para conquistar toda la tierra y los mares de la tierra. Lo prometiste, padre, continuó Júpiter. Enéas gobernará durante tres años. Pero su hijo a Scáneo gobernará durante 30. Y sus hijos durante 300 más, hasta que sus descendientes establezcan la ciudad de Roma. A ese pueblo le concederé todo. Mi corazón resplandeció ante sus palabras. Pues nunca había oído el pergamino del destino desplegado con tanta claridad. Me reí, mareada y dije. Entonces, padre, hay que hacer algo. Dale a Anquisez una señal, un presaño para que huya, para que enéas pueda escapar. Júpiter se volvió hacia mí, con los ojos brillantes. ¿Qué se pase esto, hija? Gruño. El destino de enéas está fijado, y ni tú ni yo podemos cambiarlo. Pero el camino cambia. El honor de enéas es el futuro honor de Roma, que le quede algo después del viaje depende de él, y en cuestión de cuánto sufra, eso queda entre tú y mi esposa. Dicho esto, el rey de los dioses señaló con un dedo al cielo. Intrüenos acudió los cielos, y una estrella fugaz descendió a toda velocidad. Atravesó el cielo y se estrelló en el bosque de la base del monteída, dejando una estela de asufre y humo a su paso. Desde su casa, los viejos ojos de anquices se llenaron de asombró ante el espectáculo, se volvió hacia enéas. Esa luz es para ti, hijo mío. Los dioses han hablado, me rindo, huyamos. Uyieron en la noche. Enéase apresuró avanzar como pudo, con su padre sobre los hombros, y la pequeña mano de su hijo agarrada a la suya. Creúsa iba detrás, arrastrando la pesada bolsa de provisiones. Aquella noche, enéase había lanzado a la batalla sin pensar en el peligro, pero ahora, con tres vidas en sus manos, saltaba ante cualquier sombra. Giraron por callejones estrechos, evitando el calor abrazador que se abría paso por la ciudad. El humo salía de todas las casas, los escombros y los muertos cubrían las calles. No oyeron el choque del acero, solo gritos y alaridos y el crepitarde el fuego, y luego el sonido de los soldados marchando. Anquices quimió al oído de su hijo, corre muchacho, puedo ver el brillo de sus escudos. Enéase corrió arrastrando a su hijo a su lado, su padre gruñía de dolor con el impacto de cada paso. Llegaron a las puertas traceras, el paso no estaba vigilado. Pasaron directamente al otro lado, y siguieron corriendo superando colinas y cruzando campos. Hasta que por fin, vio una multitud de troya a los reunidos bajo un ciprés. En vueltos en mantos y cargando cestas de provisiones en pequeñas embarcaciones fluviales. Los últimos supervivientes de troya. Enéase gimio de alivio cuando Anquices bajó de sus hombros. Miro a su hijo con orgullo. El muchacho no se había quejado ni una sola vez, mientras enéase tiraba de él por la ciudad. Luego miro a su alrededor y su corazón se llenó de temor. Creusa había desaparecido. Es demasiado tarde, grito Anquices. Pero enéase ya estaba corriendo de vuelta a troya. Volvió sobre cada paso, giro por cada callejón por el que había en llegado. La ciudad era un laberinto humeante, pero nadie la conocía mejor. Empezaba a desesperarse cuando labió, de pie a la sombra de un arco. El corazón de enéase dio un salto y corrió hacia su esposa, riendo de alegría la rodeó con sus brazos. Y la atravesaron. Enéase un paso atrás, Creusa estaba ante él, brillante, translúcida. Ella bajó la vista abergonzada y él siguió sumirada hasta la calle de piedra. Su cuerpo sólido y sin vida ya se ha currucado contra la pared. No repetiré las maldiciones que mi hijo lanzó entonces a los dioses. Ni siquiera yo me salvé, no le culpo. La vista especial que le había concedido para ver a los dioses, aún no había desaparecido. Y le reveló su sombra, debió de ser un shock. Tampoco repetiré todas las palabras privadas que compartieron. Creusa y sólo que pudo para elevar su angustia. Habría días y días de duelo, le dijo. Le advirtió de lo que les esperaba. Bastas llanuras de mar y un trabajo interminable. Lucha, sí, pero también alegría. Un reino en una tierra alejana al que llamar suyo. Una nueva esposa. Creo que no la escuchó. Estaba tan desesperado por llevarse la con él, pero las parcas habían decretado que ella nunca abandonaría estas costas. Ella se despidió de él y le dijo que abrazar a Ascáneo. Y entonces se desvaneció como un sueño en el viento. La noche había terminado. Enea se dio la vuelta y he hecho a correr. A continuación, enea, si los troyanos, supervivientes buscan un nuevo gar. Ahora volvamos a la historia. Troya había caído. Enea se dejó atrás la casca romeante de la ciudad y navegó hacia el norte con 20 barcos y unos 2000 refugiados. Eran todo lo que quedaba de su pueblo. Y les seguirían a donde él les llevara. Exiliados se desplazaron a la deriva por el Ejeo. En busca de un nuevo hogar. Y yo, Venus, observaba. No mentía cuando le dije a enea que no culpara a Elena del saqueo de Troya. O cuando le dije que era obra de los dioses. Lo que no le dije es que la culpa era mía. Mía y de Juno. Una disputa familiar si es que alguna vez hubo una. Todo empezó con la manzana de oro. Uno de los molestos juegos tontos de la diosa discordia. Escribió a la más bella en su cara y la rojo entre nosotros. Tres de nosotros la reclamamos. Uno, Minerva y yo. Pedimos a Júpiter que eligiera entre nosotros, su esposa y sus dos hijas. Evidentemente, yo era la clara elegida. Pero el padre no podía decirlos sin provocar la ira de las otras dos. Pasó la tarea al Príncipe Trollano. Paris. Dejemos que él sea el que provoque la ira de una diosa. Sabía que le. las otras no jugarían limpio. Así que ¿por qué iba a hacerlo yo? Todos apelamos a Paris, le ofrecimos llegalos que solo nosotras podíamos dar, pero yo sé lo que quieren los hombres mejor que nadie. Le hice una promesa, la manzana para la mujer más bella de la tierra, Helena, esposa de Meneléo, Reina de Esparta. Sabiendo muy bien los celos que podía hacer mi madrastra, Juno, y mi propio hijo, un trollano, después de eso, ella lo sodiaba a todos. Conspiró para borrar su ciudad de la faz de la tierra. Creí que eso sería el fin, quizá lo hubiera sido, sino fuera por su amada cartago. Juno amaba esa ciudad, quise incluso más de lo que odiaba a Troya, y amaba a su Reina, la que gobernaba sin un hombre a su lado. Creo que mi madrastra se veía a sí misma en esa mujer, y cuando se enteró de lo que las parcas habían hecho, que de la inaje de Nea se levantaría Roma, y un día aplastaría a cartago bajo su talón. Bueno, desde ese momento, ningún sufrimiento de mi hijo la satisfaría, reclutando a otros dioses para su causa, Juno dispuso vientos y tormentas para arrastrar a mi hijo lejos de su rumbo, como si necesitaran más problemas. Los exiliados fueron rechazados en todos los puertos, todos habían oído hablar de la caída de Troya, y ninguno se arriesgaría a acoger a los enemigos de Grecia. Así que siguieron navegando, asotados por las tormentas de Juno, en Eas se desesperó. Su hijo crecía ante sus ojos en la cubierta de un barco, su anciano padre se debilitaba con las escasas provisiones, su pueblo necesitaba muros para defenderse, y el propio Neas anhelaba un lugar donde reposar su cabeza. Pero ¿dónde construir su nuevo hogar? El viejo Anquí se estuvo una idea. Los dioses los habían guiado desde Troya, así que deseó que los dioses los guiaran ahora, adelos a consultar el oráculo de apolo. En una pequeña cámara espesa de humo e incienso, la joven sacerdotiza se retorcía y temblaba, hasta que de sus labios salió la voz de apolo. La tierra que te dio a luz te recibirá de nuevo, vea la tierra de tus antepasados. En Eas y Anquíces compartieron una mirada de asombro, Creta, gritaron, Ponte rumbo a Creta. Le di a polo un infierno por eso, tiene que ser tan específico con los mortales. Creta fue un desastre. Después de un año en esa isla, la tierra se volvió a Estéril, negándose a dar cosechas. Entonces llegó una plaga que asoló a los refugiados Trojanos. Solo entonces se dieron cuenta de que podían haber recibido mal el mensaje de apolo. Creta no dijo el viejo Anquíces. Había recordado una historia de su juventud, un relato confuso que había descartado como fábula. Decía que los Trojanos venían de una tierra al otro lado del mar, el lugar que los griego llamaban Esperia y que otros conocían como Italia. Italia. Por fin mi hijo conocía su hogar predestinado, llegara él sería otra cosa. Volvieron al mar, devuelta a las tormentas de la ira de Juno. Las nubes parecían seguirles días negros, noches y estreñas, sin visión de la tierra navegaron por aguas interminables, hasta que Eneas se preguntó una vez más, se había llevado a su pueblo a la perdición. Pero por fin, vislumbraron en el horizonte una lejana cosecha de tierra. Eneas le gritó a los hombres que arriaran las velas y recogieran los remos. Al acercarse a la isla pudieron ver que era pequeña, pero verde y fértil. Un rebaño de ganado pasaba en los campos y decenas de cabras descansaban en las rocas. Ascáneo corrió por la cubierta para unirse con Eneas en la barandilla. Esto es Italia, preguntó ganándose una carcajada de su padre. Esto no es todavía nuestro nuevo hogar, dijo Eneas, pero es justo lo que necesitamos, nos abastecemos, separamos las naves, descansaremos unos días. Eneas vio como se le caía la cara a su hijo y sintió una punzada de culpabilidad. A estas alturas, el muchacho había pasado casi la mitad de su vida vagando por el mar. Solo tenía el más débil recuerdo del hogar que habían dejado atrás, incluso creusa, se desvanecía de su mente. Eneas solo tuvo que agacharse un poco para poner su rostro a la altura del de su hijo. Sabes, esas cabras no se van a coger solas, dijo. Y vio que los ojos de Ascáneo se iluminaban de emoción. Yo diría que ya es hora de que aprendas a casar, aquella noche, los refugiados extendieron mantas sobre la arena y encendieron ogueras para hacer el ganado que habían sacrificado. Eneas se rió cuando algunos de los hombres hicieron a Ascáneo sobre sus hombros y lo llevaron por el campamento, celebrando la victoria del muchacho. Ese muchacho es algo especial, dijo el viejo Anquices, sentado junto a Eneas, los dioses le favorecen, igual que a ti. La sonrisa de Eneas se desvaneció. No parece un favor después de todo lo que hemos pasado, dijo. Anquices negó con la cabeza. El hecho de que estemos vivos después de todo lo que hemos pasado, lo dice todo. Eneas asintió con respeto. El oráculo de apólo había prometido un nuevo hogar en Italia, quizá ahora que sabían a donde iban, las cosas serían diferentes. De repente, la noche se llenó de sonidos de alas batidas y de los más horrible chillidos. Eneas levantó la vista para ver más de una docena de formas oscuras que descendían del cielo nocturno. La forma más cercana se avalanzó sobre el campamento, chillando y riendo con una voz que no era ni animal ni humana. Eneas se lanzó a proteger a Anquices con su cuerpo. Cuando miró hacia atrás por encima del hombro, vio que la cosa se sernía sobre ellos, iluminada por el resplandor de la luz del fuego. Arpias. Ningún monstruo bajo el sol fue tan cruel. Ningún enfermedades cupidas desde el infierno fue tan pil. Creaturas con forma de grandes aves de rapiña y cabeza de mujer humana. Se alimentan y se alimentan y nunca se ascian. Sus chillidos revientan los tímpanos de los hombres. Una secreción idiota resuma por todos los orificios, ensuciando todo lo que toca. Y el olor. Solo el olor hizo que Neas volviera a caer de rodillas. La cabeza le daba abueltas y se tambaleaba hacia adelante tratando de entender el estruendo que se desarrollaba. El pandemonio se apoderó del campamento cuando los refugiados se apresuraron a escapar de sus atacantes alados. Algunos corrieron hacia los barcos, mientras que otros intentaron luchar contra las arpías con lo que pudieron encontrar. Las risonas criaturas callaron sobre la comida, ativorándose y escupiendo Billy sobre el resto. Unas garras curvadas arremetieron contra ellas, rastrillando espaldas y extremidades. Las estridentes carcajadas resonaron en la playa, abivando un viejo fuego en el corazón de Neas. Habían pasado cinco años desde la caída de Troya, cinco años desde que Neas había empuñado una espada, pero el guerrero nunca se fue. "Armas", llamó. Los marineros dispersos se pusieron en pie y formaron filas, recordando su antiguo valor. Las planchas se convirtieron en escudos. Las copas se convirtieron en garotes. Neas agarró un tronco ardiendo de la hoguera y cargo contra sus enemigos. La luz volaba con cada uno de sus golpes, como si empuñara la espada de Júpiter en lugar de una rama. Las arpías se vieron sorprendidas por la furia Trollana. Se lanzaron al cielo, lanzando maldiciones, indignadas y lamiendose las heridas, regresaron cogeando a su cueva en la montaña. Todas menos una, su madre se la enó, encaramada en una cantilado bajo sobre los refugiados. Miró a Neas con ojos llenos de veneno y ladró una maldición de lo más repugnante. "Malditos humanos", gruño. "Desgraciados y glotones, matar nuestro ganado a intentar expulsarnos de nuestro hogar, pues bien, sé que es lo que buscan, lo he oído de Apollo y el de Júpiter y les diré un secreto. No encontrarán pronto la tierra que sueñan, no hasta que hayan sufrido mucho, no hasta que hayan pasado hambre. Antes de que descanse estarán tan hambrientos que roerán tus propias mesas, se comerán tus propios platos, entonces y sólo entonces sabrás que estás en casa". Una vez dicho esto, la reina arpía desplegó sus alas y se adentró en la noche, dejando tras decir sólo su asqueroso edor. Neas la vio encogerse en la oscuridad hasta que desapareció. Entonces se volvió hacia su pueblo. Ninguno se movió. Pudo ver en sus rostros que las palabras de Celaino habían llenado sus corazones de miedo, al igual que los suyos. Conocía realmente la arpía la voluntad de los dioses? ¿Cuánto tiempo se verían obligados a vagar? ¿Acaso ascaño sería viejo y canoso antes de conseguir un hogar? Enéas no tenía ánimos para dirigirse a su pueblo ni para afrontar sus temores. Encontró a su hijo en medio de la multitud, con aspecto de estar agotado, pero por lo demás, y leso. Luego encontró a Anquise si ayudó al anciano a ponerse en pie. Parece que los dioses nos favorecen ahora, preguntó enéas a su padre con amargura. Anquise se puso pálido, pero no respondió. Volviendose hacia el mar, se alejó hasta llegar a la orilla del agua, cayó de rodillas, extendió los brazos hacia el cielo y en voz alta comenzó a rezar. Enéas tomó la mano de su hijo y se dirigió de nuevo a la nave. Tras la pausa, enéas se encuentra con la reina de Cartagó. Tras la caída de Troya, enéas y sus compañeros vagaron durante más de siete años, les siguieron extraños presajos, buenos y malos. Del oráculo de apolo supieron que estaban destinados a establecerse en la lejana tierra de Italia. Por la arpía se la enó, supieron que aún estaban lejos de su nuevo hogar.
no se enteraron de esto, enéase sintió muy afectado, pero su padre le instó a no perder la esperanza. Si los dioses habían elegido un hogar para ellos, allí irían. Mi hijo era un hombre piadoso. Es cierto que tuvo sus momentos de duda. Errar es mortal, pero enéas, hacía ofrendas periodicas a Júpiter. Le resaba a sus dioses de lugar, buscaba el favor de Apollo y Minerva. Sus mayores esfuerzos se dirigieron a Paciguara Juno, pues había oído que la había despreciado de algún modo y estaba desesperado por enmendarlo. Le habría dicho que era una perdida de tiempo, pero nunca dejó de alabarla. Anquíces le educó bien. Era un consuelo saber que mi hijo tenía ese hombre a su lado. Si hubiera podido quedarse más tiempo, Anquíces pasó una noche mientras dobla en la punta de Sicilia. Enéase enterró a su padre en el cabo de De Pranum, una perdida muy dolorosa. Fue entonces cuando Juno le envió, la tormenta para acabar con todas las tormentas. Derrotó a sus barcos, dividió la flota, los llevó al borde de la bismo y los desvió de su rumbo. Cuando las nubes se separaron por fin, sólo quedaban siete naves, enéase quedó empapado en la cubierta y contempló maravillado la orilla que tenía adelante. Y más allá de la orilla, blancos campanarios, unas agujas interminables, las grandes murallas de Cártago. Cártago, la ciudad amada de Juno. ¿Qué extraños giros del destino atrajeron a los viajeros a su puerta? Por las calles se empedradas caminaron, resistiendo el bujicioso resplandor. El corazón de enéase agitó con envidia. Oh, como había anhelado una ciudad así. Antes sus ojos se levantaban nuevos pilares. Los constructores se afanaban en completar un poderoso templo. Un enorme y blanco rostro de piedrales miraba, con los lábios dibujados en una fría sonrisa, Juno. Baja la mirada a hijo, le susurró enéase a Ascaño. El niño se resistía a ver la enorme estatua de la diosa. Es la reina de los dioses lo que estás mirando y las reinas merecen respeto. Al entrar en el templo encontraron una gran multitud de personas reunidas. Enéase avanzó sigilosamente manteniendo se al margen de la multitud. Al acercarse al frente o yo a una voz familiar. "Vuestra gracia", dijo. "Tú que eres amada por Juno, tembiedad de los pobres naufragos trollanos. Hemos ido derrotados por la tormenta, arrancados de nuestra flota. Netemos que nuestros compañeros están todos muertos en el fondo del mar. Enéase lanzó a través de la multitud, hasta que irrumpió y vio al orador. Era ilioneo. El capitán de una de las naves de enéas que se había perdido en la tormenta. Y detrás de él estaban los demás capitanes y muchos de sus tripulantes. Por el destino divino habían sido arrastrados a la misma orilla. Enéa, jadeo el capitán cuando vio a su comandante de pie ante ellos. ¿Eres tú realmente? Los hombres se abrazaron, reendo como niños. Los demás capitanes se avanzaron sobre ellos, agenos a todo lo que les observaba, hasta que una voz clara resonó por encima del estreno. Más huespedes no invitados, empiezo a sentirme como una extraña en mi propia fiesta. Enéase se volvió hacia el estrado situado al final de la sala. Allí, en un gran trono, estaba sentada a la mujer de aspecto más feroz. Una maraña de pelo oscuro que ahí encascada hasta sus hombros, envuelta en una túnica púrpura. Anillos de bronze colgaban de su esbelto cuello y brazos y pintura dorada brillaba en sus severos labios. Enéase extendió los brazos y se inclinó. "Soy enéase el trollano", dijo. "Todo lo que te ha dicho hylione o es cierto. Somos exiliados, llevados en los vientos del destino y colocados a tu puerta. Durante años no se hemos enfrentado a una ardua prueba tras otra. Peste, hambre, arpías, ciclopes, esila y carivdis. Hemos pasado una noche a la sombra de un volcán activo mientras arrojaba fuego al mar y días dentro de una huyante venda balnegro. Pero el conjunto de nuestras aventuras es demasiado sombrío y me atrevo de circa demasiado largo para molestar a alguien tan ocupado como tú. La mujer dirigió a Enéase una mirada penetrante y sus labios se curvaron en una sonrisa. "Bienvenido, Enéase el trollano", dijo. "Soy dido, reina de cártago y me gustaría escuchar esa historia. Aquella noche la reina dido, los recibió a todos en un banquete en su palacio. Colocó a Enéase en el asiento de alado y escuchó absurta el relato del trollano. Dido era la audiencia perfecta, reía de placer, jadeaba de horror. Se puso sombría cuando le contó cómo había enterrado a su padre en deprana. Y ahí se acabó todo, dijo Enéase. Después de eso nos atrapó la tormenta y nos llevó a tus costas". Dido permaneció en silencio durante un largo momento, observando a Enéase con los ojos encendidos. Por fin habló. Se lo que es vivir en el exilio, vagar en busca de un nuevo hogar. Cuando mi malvado cuñado, pig malión, asesinó a mi marido, me vio obligada a coger a mi gente y huir. Pasaron muchos años hasta que encontramos este lugar y construimos los muros que nos protejen. Ahora te ofrezco estos muros. Díjete tus barcos hacia mi puerto. Descanse ni reponganse. Los trollanos no serán diferentes de mi propio pueblo. Que Cartagos sea su hogar. Con una triste historia, Enéase ganó las impatías de la reina de Cartagos y mucho más. Su relato había despertado algo inesperado en dido. Un deseo que ella no creía que volvería a sentir. La reina cumplió todas sus promesas. Los barcos trollanos fueron acogidos en el puerto de la ciudad. A los refugiados se les dio cama y comida. Cada noche, dido les daba la bienvenida a otro festín y le pedía enéas otra historia. Sentaba a escáneo en su regazo y lo mimaba. Era demasiado grande para ello, pero así años que no conocía a los ciudadanos de una mujer y no se quejaba. De día, hacía desfilar a enéas por la ciudad, mostrándole todo lo que había conseguido, las murallas y los muros, levantados en pocos años. Las torres que crecían cada día más amenazando con desafiar al olímpo. Me alegra haber a enéas en aquellos días. Era más feliz de lo que le había visto desde que dejó trolla. Incluso la pena que llevaba por anquises parecía más ligera en aquella ciudad. Que doprendado de sus maravillas y de su gobernante, ella, que era su igual en todos los sentidos, que había desafiado el exilio y había salido fortalecida del otro lado, que le había recibido con los brazos abiertos. Cuando ella estaba a su lado, él brillaba. Comenzó como una sombra de un sentimiento, apenas un pensamiento, imperceptible para el propio enéas. Solo yo podía verlo. Uno pensaría que un hijo de la diosa del amor conocería a su propio corazón, pero se sentiría decepcionado. Sin ser observado, sus sentimientos por ella crecían sin cesar. Una única brasa enterrada en lo más profundo de un vasto hogar. Pero dido, dido ardía. Cada noche resaba, dámelo, quítalo de mis pensamientos, no puedo soportarlo. Cuando estaban separados, vagaba por los pasillos de su palacio, desvelada. Cártago su antiguo obsesión quedó desatendida. Se dejó de construir las elevadas gruas permanecian inutilizadas, tambaleándose con el viento y el poderoso templo de Juno quedó inacabado. Casando juntos una brillante mañana, enéa asidido, fueron sorprendidos por una repentina tormenta. Le hizo correr, saltando por encima de las rocas y a través de las sanjas, hasta que finalmente se refugiaron en una pequeña cueva. Allí, acurrucados en los brazos del otro, olvidaron sus obligaciones y problemas y se convirtieron en uno. El cielo santellante y los truenos gimientes fueron testigos de su unión. Podrían haber permanecido así para siempre, pero el destino tenía otros planes. Poco después, enéas caminaba solo por las afueras de la ciudad cuando se encontró con un extraño. Una figura alta y esvelta con un gorro y una capa de viajero. Albera mi hijo se sentó en una roca, se quitó las andalias y empezó a frotarse los pies cansados. Curioso, enéas le preguntó quién era. Había traído algún mensaje para cártago? No es para cártago, respondió el desconocido. Mi mensaje es para ti, enéas de troya. El viajero se puso en pie y se estiró hasta alcanzar su máxima altura. Por un momento, enéas oyó el timbre de otro mundo de su voz. Vió las alas a sus pies. Era mercurio, era el do de lo limpo, mensajero de los dioses. ¿Qué haces aquí enéas? Gruño, Mercurio, tus naves están reparadas, tus fuerzas repuestas, pero aquí te quedas jugando a ser el marido de dido, ha olvidado las palabras de apolo que tu propio reino te espera en Italia? ¿Qué necesidad tengo ahora de mi propio reino? Pregunto enéas. Carta conozada todo lo que buscaba, un indulto para no vagar, muros para proteger a mi pueblo, incluso una madre para mi hijo. ¿No me deshonraría abandonando la después de tanta bondad? Mercurio frunció el seño, deshonra enéas, te deshonras a ti mismo con el retraso, marchar audazmente hacia tu destino, entregarte el camino que las parcas han elegido para ti, ese es el mayor honor. ¿Crees que Ascaño necesita una madre? Esa niño será pronto un hombre y las parcas le han prometido un trono en Italia. ¿Se lo negarías? En un instante el dióse fue, dejando enéas solo, se quedó inmóvil con la mente en blanco. O, Anquíces, ¿cómo necesitaba mi hijo tu consejo? Entonces, bagó durante la noche con una oscura tormenta en su mente. Cuando llegó el amanecer, solo le quedaba un pensamiento. ¿Qué le diría a dido? Lo que le digas, dí lo raro,
rápido, la abría aconsejado. Pero los hombres nunca aprenden. Días después la encontró en su patio, con la vista puesta en un creciente montón de madera y tela. Una fila de sirviente extraía más objetos para añadirlos al montón. Mirando, Enéas vio muchas de sus propias pertenencias, sus tropas, su armadura, el sofá que había regalado adido, incluso su espada. ¿Creías que podías engañarme, Enéas? Preguntó ella con voz de hielo. ¿Qué podías desaparecer sin decir nada después de conseguir lo que querías? Mis guardias han visto tus barcos, cargados de provisiones y tu gente se está preparando para partir. Lo niegas? No lo hizo. Mi reina nunca se me ocurriría engañarte, explicó. Solo deseaba encontrar el momento adecuado para explicarme. Si pudiera elegir mi propio destino, ahora mismo estaría de vuelta en troya. Pero los dioses han elegido otro camino para mí, otro lugar. ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar lo que los destinos han hecho? La reina se apartó entonces. "B, Enéas de Troya", dijo. "Vuelve al mar que te trajo aquí. Si los dioses tienen algún sentido de la justicia, harán o fragar tu barco contra las jocas y dejarán que te congeles en algún lejano bajío rocoso. A partir de hoy, nuestros pueblos serán enemigos. Enéas suspiro y dijo, "Me has brindado tantas bondades, mi reina. Te recordaré con cariño mientras viva y con eso se marchó, llevándose a sus compañeros con él y dido, "Ardió, traiganme aceite e incienso. Susurro, temblando". Sus sirvientes entraron en acción y pronto el montón de pertenencias de enéas quedó envuelto en llamas. Dido estaba en su balcón, observando cómo los barcos troyanos cruzaban la baía, dirigiéndose a aguas abiertas. "No se apartará de mi vista este extraño", dijo, "Tenblando de ira". "Que ve el lumo y sepa lo que ha hecho?" Con esta última oración, Dido se dio la vuelta y se rojó a la pira ardiente. Mientras el lumo se agitaba a su alrededor, agarró la espada blanca de enéas y se la clavó en el pecho. "Me pregunto cómo se sintió entonces, Juno, viendo retorcerse a su amada dido. Sin duda, he hecho humo de rabia, agravado por el hecho de saber que esto era obra suya, suya y mía". Cuando enéas desembarcó por primera vez en Cartago, Juno había acudido a mí con palabras de paz, pidiendo que dejar a delado nuestra disputa. Dido y enéas hacen una pareja tan hermosa, dijo, "Porque no dejar que se casen, deja que sus pueblos se una ni gobernaremos juntos sus corazones". Por supuesto, me di cuenta de su estrategema. Cría bloquear el destino de mi hijo, mantenerlo en Cartago, lejos de Italia, para que Roma nunca se levantara para amenazar a su ciudad favorita, como si pudiera detener lo que el destino había forjado. "Acepté sus condiciones, si Júpiter lo permite, seguiré a tu ejemplo". Mentí. Enéas no se quedaría, no podía quedarse en Cartago para siempre. Así que deja que se enamoren, pensé. Yo pondría de mi parte, enviaría acupido para que el romance coajara, has quedido leabra a su corazón y su hogar a enéas, que le deje descansar, que vuelva a conocer la felicidad, aunque fuera por un momento. Y cuando llegara el momento, déjale partir. Mientras se alejaba de aquella ciudad, dio cómo el humo negro se enroscaba en el cielo. Gracias a los destinos, no sabía que era lo que realmente lo alimentaba, se habría culpado a sí mismo, pero se habría equivocado. Las cadenas del destino se remontan más allá de lo que incluso los dioses pueden ver, pero la sangre de la reina estaba en mis manos, más que en las de los demás. Porque yo era la diosa del amor, y había visto el corazón de vido. Había percibido su fuego palpitante, el interminable pozo de pasión no muy distinto del mío. Sabía a dónde podía llevar todo eso, pero cuando se rojo a las llamas, no me arrepentí ni un momento. Lo único que importaba era que mi hijo estuviera a salvo. Gracias de nuevo por escuchar mitología, en el próximo episodio continuaremos la historia de los refugiados trojanos mientras la búsqueda de neas por un nuevo gar le lleva al inframundo. Puedes encontrar más episodios de mitología y todos los demás podcast originales de Parkast de forma gratuita en Spotify. Esto fue un podcast original de Spotify y Parkast. El episodio fue escrito por Andrew Keller con asistencia de Greg Castro. [Música]
Podcast Summary
Key Points:
El podcast "Mitología" presenta la historia de la Eneida de Virgilio, narrada desde la perspectiva de Venus, madre de Eneas.
Tras la caída de Troya, Eneas sobrevive a una tormenta enviada por Juno y lucha por escapar con su padre Anquises, su hijo Ascáneo y su esposa Creúsa.
Creúsa muere durante la huida, pero le profetiza a Eneas un reino en Italia y una nueva esposa.
Venus interviene para guiar a Eneas, revelándole que los dioses luchan contra Troya, y obtiene de Júpiter la confirmación del destino de Roma.
La disputa entre Venus y Juno, originada por el juicio de Paris y la manzana de oro, impulsa la persecución de Eneas, quien busca un nuevo hogar para los refugiados troyanos.
Summary:
El episodio narra el inicio de la Eneida desde la voz de Venus, quien describe su dolor al ver a su hijo Eneas sufrir tras la guerra de Troya. La tormenta que azota la flota troyana, enviada por Juno, casi destruye los barcos, pero Eneas sobrevive. Venus rememora cómo, durante el saqueo de Troya, evitó que Eneas matara a Helena, mostrándole que los dioses, incluidos Neptuno, Minerva y Juno, estaban detrás de la caída de la ciudad.
Luego, Eneas huye con su padre Anquises y su hijo Ascáneo, pero pierde a su esposa Creúsa, cuyo fantasma le anuncia su destino en Italia. Venus intercede ante Júpiter, quien confirma que Eneas gobernará tres años, pero sus descendientes fundarán Roma. La disputa entre Venus y Juno, originada por el juicio de Paris, explica el odio de Juno hacia los troyanos.
Finalmente, los refugiados navegan hacia Creta buscando un nuevo hogar, siguiendo un oráculo de Apolo, mientras Venus observa impotente las pruebas que su hijo debe enfrentar.
FAQs
La Eneída es un poema épico escrito por el poeta romano Virgilio en el siglo I a.C., que continúa la historia de la Ilíada y la Odisea de Homero.
La historia es narrada por Venus, la diosa romana de la belleza y el amor, quien es la madre de Eneas.
Juno odia a Eneas porque su descendencia está destinada a fundar Roma, que eventualmente destruirá a Cartago, la ciudad amada por Juno.
Creúsa desaparece durante la huida de Troya y muere; su fantasma se aparece a Eneas para consolarlo y predecir su futuro.
Eneas llegará a Italia, fundará la ciudad de Lavinio y gobernará tres años, mientras que su hijo Ascáneo gobernará treinta y sus descendientes establecerán Roma.
Eneas culpa a Helena por haber causado la guerra al fugarse con Paris, pero Venus le muestra que los dioses, como Juno, son los verdaderos responsables.
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