Speaker 1Si no tienes nada que esconder, entonces no deberías tener nada privado. No, la intimidad saludable no consiste en que dos personas pierdan completamente sus fronteras. Hay gente que ama con los radares encendidos de verdad, porque la persona desconfiada suele vivir atenta, alerta. Un cambio en el tono de la voz, uff, una respuesta más corta, uff, una demora inesperada, ahhh, un mensaje que quedó en visto, una salida diferente, una llamada que no contestó, una nueva amistad, una contraseña modificada, un teléfono puesto boca abajo, una disminución del deseo sexual, una persona nueva en el trabajo, una frase que no coincide exactamente con algo que me dijo hace varios meses. Miren, nada de eso significa nada, nada de eso significa algo, pero para una mente desconfiada puede significarlo todo, porque cuando tenemos miedo de ser traicionados, nuestra cabeza no busca solamente comprender la realidad, busca las amenazas. ¿Qué tanto nos podemos dejar ser y mostrarnos en nuestras luces, en nuestras sombras, o vivimos con miedo? Sólo aquel que puede ser en el mundo sabe la profunda libertad que se experimenta. Hola, bienvenidos y bienvenidas a su podcast A Propósito. Hoy con una nueva receta. Una nueva reflexión como cada semana. Hoy vamos a hablar de la desconfianza, en el amor, por supuesto, los celos también. Una trampa en la que caemos y quedamos capturados, endeudados, tratando de demostrar que somos confiables. Vamos a ver cómo nos va esta reflexión. Miren, hay personas que aman profundamente, pero aman asustadas. Es decir, quieren entregarse, pero algo dentro de ellas permanece así, vigilante. Desean construir intimidad, pero mantienen una parte de sí mismas preparada para defenderse. Quieren crecer, pero necesitan comprobar. Quieren descansar en el otro, pero sus radares permanecen encendidos, buscando señales que les indiquen que hay algo malo que podría quizás estar sucediendo. La desconfianza es uno de los grandes enemigos del amor, la verdad. Y no porque confiar ciegamente sea una virtud. No porque debamos ignorar, a veces, señales evidentes de una traición. Ni porque los celos jamás tengan cierto fundamento. O porque todas las personas sean dignas de nuestra confianza. No, no, no. Claro que hay personas que mienten. Por supuesto que hay personas que engañan. El tema no es ese. El problema aparece cuando ya no necesitamos evidencias para sentirnos amenazados todo el tiempo. Cuando nuestra historia comienza a hablar mucho más fuerte. Más fuerte que nuestra relación. Cuando el miedo de que suceda algo se siente casi igual que si ya hubiera sucedido. Cuando dejamos de relacionarnos con la persona que tenemos enfrente. Y comenzamos a relacionarnos con aquello que tememos que esa persona quizás, tal vez, algún día, pueda hacernos. Hay gente que ama con los radares encendidos, de verdad. Porque la persona desconfiada suele vivir atenta, alerta. Un cambio en el tono de la voz. Una respuesta más corta. Una demora inesperada. Un mensaje que quedó en visto. Una salida diferente. Una llamada que no contestó. Una nueva amistad. Una contraseña modificada. Un teléfono puesto boca abajo. Una disminución del deseo sexual. Una sermana con un poquito menos de cercanía. Una persona nueva en el trabajo. Una frase que no coincide exactamente con algo que me dijo hace varios meses. Miren, nada de eso significa nada. Nada de eso significa algo. Pero para una mente desconfiada puede significarlo todo. Porque cuando tenemos miedo de ser traicionados, nuestra cabeza no busca solamente comprender la realidad. Busca las amenazas. Y cuando alguien busca amenazas durante suficiente tiempo, pues obviamente tarde o temprano encontrará algo que pueda interpretar como una. Y allí comienza la investigación, la auditoría forense. Unas preguntas casuales. Unas comprobaciones. Las conversaciones que en realidad son interrogatorios. Las revisiones. Las comparaciones. La necesidad de encontrar una coherencia absoluta. ¿A qué hora fue que dijiste que llegaste? ¿Y quién estaba ahí? ¿Y por qué no contestaste? ¿Y por qué cambiaste la contraseña? ¿Quién te escribió? ¿Por qué dijiste eso de esa persona? Antes me habías dicho otra cosa. Imagínense. Y quizás lo más complejo es que la persona desconfiada puede sentir que simplemente está siendo inteligente. Que se está cuidando. Que su intuición casi nunca falla porque es medio bruja o brúja. Que sería ingenuo no estar alerta. Pero existe una enorme diferencia entre tener los ojos abiertos. Y vivir con el corazón a la defensiva. Y es que el problema no siempre es la falta de amor. Generalmente es el exceso de miedo. Debajo de muchas formas de desconfianza hay algo muy humano. El miedo a volver a sufrir. Tal vez alguien te traicionó alguna vez. Tal vez creciste viendo infidelidades. Tal vez aprendiste que las personas importantes podían abandonarte inesperadamente. Tal vez alguien que decía amarte te mintió durante mucho tiempo. Tal vez entregaste confianza alguna vez y terminaron utilizándola en tu contra. Y entonces terminas construyendo una promesa. Nunca más me van a tomar por sorpresa. Porque nunca más me van a volver a ver la cara de tonto o de tonta. Y así te sientes como fuerte. Pero puede terminar convirtiéndose en una condena. Y nadie puede descansar en el amor mientras está vigilando. Vigilando todo el tiempo. Uno de los problemas más dolorosos de la desconfianza es que ya no necesito tener razones para desconfiar. Ahora eres tú quien necesita demostrarme constantemente que puedo confiar. Tienes que explicarme. Justificar, mostrar, aclarar, tranquilizar, contestar, dar pruebas, evitar ciertas personas. Algunas veces hasta renunciar a espacios legítimos de privacidad para que disminuyas mi ansiedad. Tal vez al principio lo hagas por amor. Quiero que estés tranquilo, tranquila. No tengo nada que esconder. Te muestro para que veas que no pasa nada. Pero hay un tema allí terrible. Aquello que comenzó como un gesto de amor ahora puede convertirse lentamente en toda una obligación. Y cada prueba de inocencia puede tranquilizar durante unas horas. Pero también puede alimentar una necesidad nueva de comprobación que brinde alivio. Hasta que un día la relación comienza a parecerse más a un interrogatorio que a una pareja. Y nadie quiere sentirse sospechoso permanentemente en la vida de la persona que ama. Miren, la desconfianza puede fabricar aquello que más tememos. Y esta es quizás una de las paradojas más dolorosas y más grandes. Tengo tanto miedo de que te alejes que comienzo a vigilarte. Tengo tanto miedo de que me ocultes cosas que empiezo a olvidar. Tengo tanto miedo de que me ocultes cosas que empiezo a interrogarte. Tengo tanto miedo de que necesites a alguien más que intento controlar todas tus relaciones. Tengo tanto miedo de perderte que reduzco tu libertad. Y así poco a poco te vas cansando. Vas a empezar a proteger algunos espacios. A evitar contarme ciertas cosas porque sabes que terminarás metido en problemas. Empiezas a medir tus palabras. Dejas de compartir detalles que antes compartías espantados. Y no porque estés engañando, sino porque estás agotado de defenderte. Entonces de pronto un día noto que ya no me cuentas tanto y pienso, ¿Ves? Yo sabía que escondías algo. La profecía comienza a cumplirse. Quedaste atrapado. Y ese es uno de los dramas más profundos de la desconfianza. Intentando evitar que el otro se aleje, podemos convertirnos precisamente en alguien, de quien necesita alejarse la persona para respirar. La intimidad necesita privacidad. Amar no significa fusionarse. Una pareja no deja de estar compuesta por dos personas porque haya decidido construir una vida compartida. Cada uno continúa teniendo un mundo interior. Pensamientos, conversaciones, amistades, recuerdos, momentos de silencio, espacios propios. Amar profundamente no significa tener acceso, irrestricto, a cada rincón de la existencia del otro. No podemos andar pensando cosas como, si no tienes nada que esconder, entonces no deberías tener nada privado. No. La intimidad saludable no consiste en que dos personas pierdan completamente sus fronteras. La confianza no es tener acceso a todo. Es no necesitar tener acceso a todo para poder estar tranquilo. Los celos no siempre hablan del otro. Hablan también de nuestra historia, de nuestras inseguridades, aquello que tememos perder, de la comparación con otros, del miedo a no ser suficientes, del terror de descubrir que alguien podría parecerle más atractivo, interesante, exitoso o deseable a nuestra pareja. Y entonces aparece ahí una pregunta dolorosa y es, ¿y si encuentra alguien mejor que yo? Y este es un error tremendo, porque el amor no consiste en ser objetivamente la mejor persona disponible en el mercado. Es que siempre habrá alguien más atractivo, por supuesto, más joven, más divertido, más exitoso, más inteligente, más interesante en algún aspecto. Pretender eliminar todas las amenazas posibles sería una tarea infinita e imposible. El amor maduro descansa en otra cosa, en saber que pudiendo existir otras posibilidades, dos personas continúan eligiéndose. No porque no haya nadie más, sino porque hay unos otros que vale la pena cuidar. Es que la desconfianza no solamente produce sufrimiento en quien la experimenta. Eso hay que tenerlo en cuenta. También lo produce en quien la recibe. Porque uno vivir intentando demostrar que es confiable termina siendo agotador. La persona puede comenzar a sentir que cualquier cosa que haga será interpretada negativamente. Que tiene que cuidar cómo habla, a quién saluda, a quién sigue, cuánto demora, dónde deja el teléfono, qué comenta, cómo mira, incluso cómo recuerda. Y lentamente puede aparecer algo muy doloroso. No importa cuánto te ame, nunca será suficiente para que confíes en mí. Una pareja saludable puede preguntar algo difícil y recibir una respuesta sin convertir inmediatamente la conversación en una guerra. Puede decir, esto me hizo sentir inseguro, necesito entenderlo, necesito entender qué pasó. Hay algo que no me cuadra. Esto que sucedió deterioró un poco mi confianza y quisiera repararla. Porque cuando ha existido una traición real, la confianza no se recupera por decreto. No basta decir, ya pedí perdón, supéralo. No. Quien rompió la confianza tendrá que comprender que reconstruirla requiere tiempo, coherencia, paciencia y tal vez actos repetidos que vuelvan a ser predecible el vínculo. La confianza tarda años en construirse, pero puede romperse en minutos y algunas veces necesita meses o años para volver a sentirse en el cuerpo. Ahora bien, confiar no es tener garantías, porque aquí viene un aprendizaje existencial tremendamente difícil. No existe manera de amar profundamente sin asumir algún riesgo. Puedes revisar todos los datos, todas las contraseñas, saber dónde está tu pareja, controlar sus amistades, preguntar cada detalle, evitar todas las situaciones que te generan inseguridad y aún así nunca tendrás una garantía absoluta. Porque amar a alguien significa relacionarse con una persona libre y una persona libre puede elegir quedarse, pero también puede elegir irse. Puede cuidarte, pero también podría lastimarte. Y esa posibilidad es aterradora, pero al mismo tiempo es precisamente lo que hace valioso el amor. Porque si alguien no pudiera irse, quedarse no significaría nada. Si alguien estuviera obligado a hacerte fiel, su fidelidad perdería buena parte de su grandeza. El valor de que alguien te elija cada día está precisamente en que podría no hacerlo. Y tal vez por eso confiar sea una de las formas más extrañas de valentía, es que confiar también es soltar el control. En algún momento necesitamos comprender que no podemos evitar todas las pérdidas, que no podemos controlar completamente a quien amamos, que no podemos vigilar suficientemente para garantizar fidelidad, que no podemos ser tan atractivos, atentos, exitosos o indispensables como para impedir que alguien algún día decida que no es tu hermano. Y tal vez la paz aparezca precisamente cuando dejamos de intentar controlarlo todo. Cuando comprendemos, no puedo controlar que nunca me traiciones, pero sí puedo elegir con quién construir mi vida, observar cómo me trata, establecer límites y confiar mientras existan razones para hacerlo. El amor necesita un lugar donde descansar. Y tal vez una de las experiencias más hermosas de una relación. Sea precisamente esta, poder bajar la guardia, llegar a casa y no tener que defenderse, no tener que demostrar, no tener que explicar cada movimiento, poder decir algo torpemente sin que sea utilizado en nuestra contra, poder tener un mal día sin que sea interpretado como falta de amor, poder necesitar silencio sin que inmediatamente signifique distancia, poder relacionarnos con el otro, poder relacionarnos con otras personas sin convertir cada encuentro en una amenaza, poder equivocarnos sin transformarnos automáticamente en sospechosos, sentir finalmente que aquí puedo descansar porque confío en ti, no porque crea que eres perfecto, no porque tenga garantías, no porque haya apagado mi inteligencia, sino porque después de observar cómo has caminado este camino conmigo, he encontrado suficientes razones para no vivir defendiéndome de ti. Y si algún día la vida demuestra que estaba equivocado, pues tendré que atravesar el dolor que corresponda. Pero no quiero destruir hoy un amor verdadero intentando protegerme permanentemente de una traición que quizás nunca suceda. Sería muy triste haber tenido al lado a alguien digno de confianza y no haber podido disfrutarlo jamás. Por miedo a que algún día deje de serlo. La vida es muy finita para vivir en medio de desconfianzas, porque nadie confía en un desconfiado. Bien, un episodio más de Ad Propósito. Recuerden compartirlo, enviárselo a otras personas y nos vemos la próxima semana.