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¿Estamos entrando en la época del tecnofeudalismo?

28m 50s

¿Estamos entrando en la época del tecnofeudalismo?

Las empresas tecnológicas están desplazando gradualmente el poder político tradicional, ejerciendo un control significativo sobre gobiernos, redes sociales y sistemas de vigilancia. El fenómeno del "tecnofascismo" se ha consolidado a través de la integración de algoritmos, inteligencia artificial y decisiones de alto impacto en el ámbito político y militar, como los acuerdos entre empresas como Google, Meta y Palantir con el Pentágono. En 2025, la cercanía entre líderes tecnológicos y el presidente Trump evidenció esta convergencia de poder. Además, plataformas tecnológicas ya no solo son herramientas de comunicación, sino que influyen en decisiones estratégicas, como los bombardeos en Irán. A nivel global, empresas como Meta y OpenAI generan ingresos superiores al PIB de países enteros, lo que los convierte en actores clave en la economía y politica digital. A pesar de esta concentración de poder, se plantea la necesidad de establecer regulaciones públicas que garanticen transparencia, interoperabilidad y control sobre el uso de datos y algoritmos. En paralelo, hay un creciente intento de crear "estados privados" o ciudades digitales, como en Próspera (Honduras), que buscan autonomía fuera de cualquier gobierno. Este desarrollo plantea una amenaza directa a la democracia, ya que el control sobre la información y la visión del mundo se concentra en pocas manos. La solución propuesta incluye políticas públicas robustas que aseguren que las empresas tecnológicas operen en beneficio del interés común, no solo de sus propios intereses.

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3151 Words, 18563 Characters

Spanish
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Cuando esas dos fuerzas se cruzan, el resultado se parece cada vez más a una forma de dominación que recuerda en su lógica, aunque no en su estética, el fascismo del siglo XX. Cochalberg pone un ejemplo que resume bien el giro, el un masque, el primer trillionario de la historia del dueño de la red social ex, en la investidura de Donald Trump en enero de 2025, cuando hizo un gesto con el brazo que buena parte del mundo interpretó como un saludo nazi. Ese mismo año masque terminó al frente del llamado departamento de eficiencia gubernamental, un organismo que según Cochalberg sigue la lógica exacta del tecnofacismo, que describe en su ensayo con burro cartas de formación técnica que acumulan poder por fuera de cualquier control democrático bajo la promesa de hacer más eficiente el estado. El concepto de tecnofacismo se hizo mas fuerte en abril de este año, cuando, para antir, la empresa de análisis de datos e inteligencia artificial aplicada en la defensa confundada por Peter Till, resumió en 22 tesis la República Tecnológica, el libro de su director ejecutivo Alex Carp, y lo publicó en su cuenta oficial de X. El texto es sobre todo un alegato a favor del poder duro. No tiene que la era de la edización nuclear está llegando a su fin, y que de ahora en adelante la edización va a depender de sistemas de inteligencia artificial. Una de las frases más inquietantes es la que asegura que abro comillas. La cuestión no es si se construirán armas de inteligencia artificial, sino quien las construirá y con qué propósito. Si erro comillas, It is even necessary to plant that it should be reverted to the desire. de Alemania y Japón tras la Segunda Guerra Mundial, mejor dicho, en este tratado se dice que Silicón Vali tiene una deuda moral con el país que hizo posible su fortuna. Por supuesto la reacción no se hizo esperar, el propio Janis Burfakis compartió la publicación con un comentario lapidario, si el mal pudiera tuitar ese sería el contenido. El politólogo Nerlandés, especializado en populismo, Cas Mood, fue tajante y calificó el manifiesto de tecnofachismo puro y sostuvo que debería de escalificar a palantir como socio comercial de cualquier país democrático. Es posible un escenario en el que las empresas de tecnología dominan países por encima de los gobiernos. Esto me contó Sandra Borda, profesora de ciencia política y estudios globales en la Universidad de Los Andes. Creo que esta discusión es una discusión muy parecida a la que tuvo lugar hace varias décadas cuando surgieron las grandes multinacionales y muchos se preguntaban si esas multinacionales iban a ser tan poderosas que iban a razar con el poder del Estado o incluso lo iban a coptar haciendo que los estados se comportan más en función de los intereses de las multinacionales que en función de los intereses de sus electorados. Creo que los riesgos son muy parecidos pero si algo demostró la discusión anterior es que los estados también pueden lograr algo de acción colectiva y en el caso particular de hoy pueden lograr también establecer normas que regulen el comportamiento de estas grandes empresas tecnológicas y que hagan justamente que su labor no sea una labor que atente contra los intereses comunes, los intereses de las sociedades y por supuesto hay diferencias estas estas grandes empresas tecnológicas de hoy son empresas que a veces han amenazado a conserv mucho más poderosas que las multinacionales del pasado están mucho más concentradas en un par de sitios y eso hace que sus estados anfitriones tengan muchas más responsabilidades que el resto del colectivo. La idea de una tecnocracia o del tecnofacismo no nació en abril con el manifiesto de para antir si el convali lleva más de 3 décadas incubando esta idea de que el poder debería estar en manos de quienes saben construir y no de quienes fueron elegidos para gobernar. En 1997 ya circulaba un libro casi de culto el individuo soberano que auguraba que la tecnología el dinero digital sobre todo iba a terminar por disolver a los estados nació tal como los conocemos. La mayoría de los críticos de trató como ciencia ficción de malacaridad pero Peter Ciel uno de los hombres más poderosos del mundo hoy en cambio lo tomó tan en serio que años después fundó PayPal una de las primeras plataformas digitales de pago en línea para adelantarse a esa moneda digital que el libro predecía y en 2010 llegó a decir en un discurso que el gobierno es fundamentalmente malvado a pesar de que para antir su propia empresa nació con una inversión de la CIA. El 20 de enero de 2025 el sueño de una élite tecnológica se hizo visible para el mundo entero. En la investidura de Donald Trump los asientos más cercanos al presidente pues que normalmente ocupó la familia o los expresidentes fueron para Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y Sandra Pitcha y magnetes directivos o dueños de las principales plataformas digitales como X, Amazon, Google y Meta. El dinero con praxisos resolvió entonces el politólogo Larry Gerston y si que compró Meta y Amazon donaron un billón de dólares cada una para la fiesta de investidura y Musk había invertido más de 250 millones de dólares en la campaña de Trump. Esa cercanía además se ha traducido en contratos. En mayo de este año Google rompió su propia política antivelicista y firmó un acuerdo con el pentágono para cederle sus modelos de inteligencia artificial incluso para asuntos clasificados. Días después el departamento de guerra extendió ese mismo acceso a X, I, Open, I, Amazon, Microsoft y Nvidia y directivos de varias de esas empresas tecnológicas como Meta, Palantir y Open, A y hasta juraron cargo como tenientes coronelres de servicios del ejército estadounidense en una unidad pensada para entender puentes entre Sirio y Convali y las fuerzas armadas. Por su parte goza la aplicación más conocida de Palantir permite a las agencias de seguridad reunir en nuestros información sobre cualquier persona a partir de fuentes públicas y privadas. La CIA y la agencia de inmigración estadounidense AIS son clientes clave junto con varias policías europeas. Su software Maven entrenado con inteligencia artificial proporcionó los datos para elegir los objetivos de los bombardeos en la guerra contra Irán y en Alemania policías de estados como Gese y Baviera ya usan versiones adaptadas de Palantir el gobierno federal prepara una ley que permitirá analizar masivamente voces y rostros publicados en redes sociales para crear perfiles biométricos. El político y ex vicepresidente ha un verto de la calle por casi poco su libro "Democrase Matigada" así que lo busque para preguntarle. Es un hecho característico del mundo contemporáneo y está ocurriendo en todas las latitudes. No solo en Occidente, en China por ejemplo hay una especie de tarjeta de identidad con premios, con puntos como realizencias de conducir para el que se maneja bien en la vida ciudadana y que pierde puntos si cruzar las calles por lugar prohibido etc. Luego cada vez estaremos más en presencia del gran hermano del leviatán y eso afecta la esencia de la democracia. ¿Qué hacer en el futuro? La primera reacción de uno es controlar pero el control va a ser imposible porque es un mundo nuevo el que están haciendo. Hay quienes sostienen al revés que lo que al que hacer es abrir, permitirla interoperabilidad de los datos para que cada ciudadano también pueda controlar a estos nuevos poderes. En Estonia por ejemplo hay nada democracia transparente totalmente digitalizada y eso ha redundado al contrario de lo que podía la pensarse en un mayor control ciudadano sobre el manejo del estado. Y quizás uno de los puntos más preocupantes de todo esto es que el poder político por sí solo ya no es la aspiración final de algunos de esos multimillonarios de la tecnología. Lo que muchos quieren en el fondo es salirse por completo del juego de dejar de negociar con un estado y convertirse a ellos mismos en uno. En un edificio de fiscines de San Francisco, un programador rumano de 31 años llamado Lawrence Ion organiza retiros de baile a las 10 de la mañana y sueña con liderar algún día su propio país, una utopia, cripto y de inteligencia artificial en la que según el mismo cuenta la muerte deje de ser inevitable. Ion es apenas uno de un grupo creciente de empresarios y programadores que están tratando de convertir en realidad lo que el inversionista, Balagi, Selin y Bazan llamó en un libro en 2022 el Network State, una comunidad que nace en internet y termina comprando o negociando un pedazo de territorio físico donde uno puede gobernarse a su propia manera. Otro proyecto llamado Praxis ya negocia con varios gobiernos de la posibilidad de construir una ciudad cerca de una base militar en California. Su líder Dryden Brown, cuando le preguntaron a qué se refería con defender Occidente, respondió sin dudar países formados por gente de Europa. Praxis está financiado entre otros por Sam Arkman de Open AI y por Peter Phil, y no es el primer intento de este tipo en 2008, meses antes de que Barack Obama sumirá la presidencia, Phil ya había donado 500.000 dólares al instituto Seats Stating, una fundación dedicada a construir ciudades frotantes en aguas internacionales para escapar de cualquier regulación estatal. El experimento en Afragó, literalmente, pero la idea sobrevivió, hoy vive en Próspera, una zona económica especial en la isla Hondureña de Roatán, con su propio sistema de arbitraje y bajos impuestos que actualmente demanda al Estado de Honduras por 11.000 millones de dólares después de que un cambio de gobiernos revocara su estatus especial. ¿Cómo afecta a la democracia que un grupo de multimillonarios de la tecnología tengan tanto poder sobre el mundo? Escuchemos lo que me explicó la de Cana de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, Angelica Redberg. Hay un viejo dicho de acuerdo con el cual el capital vota dos veces y eso significa que los empresarios por un lado participan como ciudadanos votando, pero además tienen un gran poder, es decir, el segundo voto en sus decisiones de inversión, de innovación, de empleo. Esa es la razón por la cual. la concentración de un gran poder económico en pocas empresas puede generar problemas para la democracia, porque claramente hay un sector que incluso sin proponerselo genera una enorme presión sobre los gobiernos. En el caso de las empresas tecnológicas eso es particularmente grave porque tienen control sobre las redes sociales que hoy en día son una fuente importante de riesgo para las democracias. Toda esa estructura el tecnófructualismo, el manifiesto de palantil, las ciudades privadas, descansa y se basa sobre un hecho. Nunca antes tan pocas personas habían concentrado tanto poder sobre la vida de tantas otras. Cuando Bill Gates llegó por primera vez a la cima de la lista de multimillonarios de Forbes en 1992, compartía el pollo con magnates japoneses, alemanes y suecos que venían del comercio minorista, los medios o los conglomerados industriales, entre los 10 primeros sus fortunas sumaban unos 100 mil millones de dólares apenas el 0,4% del PIB de Estados Unidos de ese año. En 2025 ese top 10 ya no se parece en nada al dedos de cada atrás, salvo dos otras excepciones, todos hicieron su fortuna en tecnología y juntos acumulan más de 16 billones de dólares, cerca del 8% del PIB estadounidense y esos multimillonarios además ya no piensan como los diantes. Sam Altman ha comparado el costo energético de entrenar una inteligencia artificial con el de crear a un ser humano y dijo aurocomillas. La gente se queja de cuánta energía consume entrenar un modelo de IA, pero entrenar a un humano también gasta mucha energía, hacen falta unos 20 años de vida y toda la comida que esa persona consume en ese tiempo antes de que se vuelva inteligente. Cierro Comillas, Larry Page, cofundador de Google, ha llegado a decir que la existencia digital es el siguiente paso, natural y deseable, en la evolución de la humanidad y Peter Phil ha dispuesto que cuando muera su cuerpo sea congelado en nitrógeno líquido para ser trasladado a un cuerpo inmortal en el futuro. Hace unos meses el senador democrata Bernie Sanders llamó la atención sobre porque este grupo de multimillonarios está tan empeñado en el avance de la inteligencia artificial, la acumulación de poder que están logrando y el efecto que tiene entre los más pobres. Julie Cohen, profesora de Derecho y Tecnología de Georgetown, explica en una análisis de la escuela de Kennedy en Harvard que existen relatos clásicos en el derecho, la ciencia política y la economía, sobre cómo se comportan el capital y los capitalistas, pero que los oligarcas son distintos, porque su poder viene de concentraciones extremas de riqueza que ellos solo controlan. La organización británica Oxfam documentó cómo se cobra ese poder. Días después de la investidura Meta anunció que eliminaba por completo su programa de verificación de datos con la excusa de que los estadounidenses priorizan la libertad de expresión por encima de combatir la desinformación, incluso Meta reconocía que el cambio permitiría más contenido dañeno en la plataforma. Elón Masque, por su parte, desmanteló los departamentos de confianza, seguridad y derechos humanos de Twitter apenas semana después de comprarlo y antes de la elección de 2024 según el centro para contrarrestar el audio digital, sus publicaciones con afirmaciones falsas o engañosas sobre esas elecciones habían acumulado 2.000 millones de visualizaciones. Toda esta concentración de poderse da además en el centro exacto de la vida cotidiana de todos nosotros. No se trata de una cuestión lejana que pase en el mundo político y económico de Estados Unidos. Hoy hay más de 6.000 millones de personas conectadas a internet en el mundo, 74% de la población del planeta y cerca de 5.780 millones que usan un teléfono inteligente, 7 de cada 10 seros humanos vivos hoy. El usuario promedio pasa más de 6 horas y media, conectado cada día y la inteligencia artificial generativa, que hace apenas 3 años era una curiosidad de laboratorio, ya tiene más de 900 millones de usuarios semanales, solo en chat GPT, más personas que las que viven hoy en todo Europa conectándose al menos una vez por semana a la misma herramienta, con América Latina como una de las regiones de mayor crecimiento relativo. Lo que hace apenas en una generación era un lujo opcional, se ha convertido además en la infraestructura básica, son la que hoy funcionan el trabajo, la educación, la salud, y hasta el trámite más simple como entrar a un edificio con un código en el celular. La relatora especial de la ONU sobre libertad de expresión la bogada Irene Khan le puso números a esa asimetría en un informe presentado este año, ante el Consejo de Derechos Humanos. En 2025, los ingresos anuales de Meta superaron el producto interno bruto de 130 países, mientras su base de usuarios mensuales, 3.000 millones de personas, es mayor que la población de cualquier país del planeta. Los ingresos de OpenAi, por su parte, superan el producto interno bruto de 80 países. Esas cifras adverte Khan representan un desplazamiento del poder de decisión sobre el entorno informativo global. ¿Qué le queda a un ciudadano cuando la infraestructura de la que depende su vida de área es propiedad privada de unos pocos? Le trasladé la inquietud a Juan Diego Castañeda, con director de la Fundación Carisma. A la ciudadanía le queda una estructura de control y transparencias sobre los empresas privadas que cumplen funciones dentro de todo el Estado. No es que este mal de entrada que los privados cumplen funciones, por ejemplo, para procesar datos, por ejemplo, para el procesamiento de documentos, lo que estamos viendo ahora con los pasaportes, las edulas, las infraestructuras digitales que están detrás de eso. Eso es si mismo no tiene nada de malo el problema es cómo hacemos para controlar qué las empresas ejecutan, esto en interés público, de acuerdo con las reglas que ponen las entidades, que esas reglas también sean públicas y que pueda haber una forma de reemplazar, digamos lo así, o que no sean monopolios, digamos, los que se establezcan en la prestación de sus servicios detrás o en infraestructura, es cierto. Entonces eso es lo que más nos importa, la posibilidad de que otro lo presen, lo que pasa, por ejemplo, con el caso de la identidad en el caso de la cédula, la historia entre uno de esos ejemplos es que muy pocas empresas pueden reemplazar lo que está siendo idemia y realmente sería un cambio tan grande que uno sí puede decir que es más importante lo que hace, la empresa que lo que pide la entidad. En el señor de los anillos, la novela de Tolkien, un palantir es una esfera que deja ver lugares lejanos y hablar con quien tenga otra pidera igual, pero Sauron que tenía la suya usaba ese poder para decidir qué veían y qué querían los demás cuando miraban las propias. Es el mismo poder, el de decidir qué ve la gente y qué cree que está viendo, es hoy el negocio de un puñado de hombres muy poderosos que gobernan al mundo a través de sus algoritmos, que deciden qué vemos, qué pensamos y qué compramos y concentran de paso, buena parte de la requeza y del poder de decisión del planeta. Soy Roberto Pombu y este fue el capítulo 207 de Mis Preguntas, nos vemos en el próximo capítulo. A partir de este momento, este capítulo de Mis Preguntas queda disponible en todas las plataformas de potras. Este episodio fue posible gracias a Kafam, hallado estratégico en el crecimiento de más de 40.000 empresas en Colombia, dirección Roberto Pombu, asesor editorial Daniel Sampero Spina, producción, Guanabell Gutiérrez y Johnny Rodríguez, guiones, Guanabell Gutiérrez y Johnny Rodríguez, postproducción de audio y van allá.

Podcast Summary

Key Points:

  1. Las empresas tecnológicas están ejerciendo un control creciente sobre los gobiernos y las democracias mediante la vigilancia, algoritmos y la influencia en el poder político.
  2. El concepto de "tecnofascismo" se refiere a un modelo de gobierno donde el poder se concentra en expertos tecnológicos que operan fuera del control democrático, prometiendo mayor eficiencia estatal.
  3. En 2025, figuras como Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg asistieron a la investidura de Donald Trump, mostrando una cercanía directa entre empresas tecnológicas y el poder político.
  4. Empresas como Google, Meta, Amazon y Palantir han firmado acuerdos con el gobierno estadounidense para usar inteligencia artificial en operaciones militares y de vigilancia.
  5. Plataformas como Palantir permiten a agencias de seguridad recopilar información personal, usada incluso en decisiones de bombardeo contra Irán.
  6. Existe una creciente tendencia de multimillonarios tecnológicos a crear "estados privados" o "ciudades digitales" fuera del control gubernamental.
  7. La concentración de riqueza en pocas empresas tecnológicas ha desplazado significativamente el poder económico y digital global, afectando la libertad de expresión y el equilibrio democrático.
  8. Expertos alertan sobre el riesgo de que el capital tecnológico, al ejercer control sobre redes sociales y datos, transforme la democracia en un sistema de vigilancia y manipulación.

Summary:

Las empresas tecnológicas están desplazando gradualmente el poder político tradicional, ejerciendo un control significativo sobre gobiernos, redes sociales y sistemas de vigilancia. El fenómeno del "tecnofascismo" se ha consolidado a través de la integración de algoritmos, inteligencia artificial y decisiones de alto impacto en el ámbito político y militar, como los acuerdos entre empresas como Google, Meta y Palantir con el Pentágono. En 2025, la cercanía entre líderes tecnológicos y el presidente Trump evidenció esta convergencia de poder.

Además, plataformas tecnológicas ya no solo son herramientas de comunicación, sino que influyen en decisiones estratégicas, como los bombardeos en Irán. A nivel global, empresas como Meta y OpenAI generan ingresos superiores al PIB de países enteros, lo que los convierte en actores clave en la economía y politica digital. A pesar de esta concentración de poder, se plantea la necesidad de establecer regulaciones públicas que garanticen transparencia, interoperabilidad y control sobre el uso de datos y algoritmos.

En paralelo, hay un creciente intento de crear "estados privados" o ciudades digitales, como en Próspera (Honduras), que buscan autonomía fuera de cualquier gobierno. Este desarrollo plantea una amenaza directa a la democracia, ya que el control sobre la información y la visión del mundo se concentra en pocas manos. La solución propuesta incluye políticas públicas robustas que aseguren que las empresas tecnológicas operen en beneficio del interés común, no solo de sus propios intereses.

FAQs

El tecnofascismo es una idea que describe cómo las empresas tecnológicas usan el poder de sus algoritmos para controlar decisiones políticas y sociales, imponiendo una forma de dominación similar a la del fascismo del siglo XX, pero a través de sistemas digitales.

Porque controlan plataformas como redes sociales, que son canales clave para la información y la opinión pública, y pueden influir en elecciones y decisiones políticas mediante el contenido que muestran o suprimen.

Las principales figuras del sector tecnológico, como Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg, ocuparon asientos cercanos al presidente, y se consolidaron en roles de influencia política, mostrando una cercanía directa entre el poder tecnológico y el político.

Estas empresas firman acuerdos con gobiernos para usar inteligencia artificial en operaciones clasificadas, y desarrollan software que permite a agencias de seguridad monitorear a personas, reduciendo así la privacidad y el control democrático.

Proyectos como Praxis y el de Lawrence Ion en San Francisco buscan crear comunidades autónomas basadas en inteligencia artificial y tecnologías digitales, con la intención de gobernarse sin dependencia de los gobiernos tradicionales.

El uso diario de inteligencia artificial, desde el trabajo hasta el tráfico, depende de plataformas privadas, lo que obliga a los ciudadanos a confiar en empresas que no están sujetas a regulaciones democráticas.

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