La transcripción comparte varias historias que giran en torno al Día de Muertos y la creencia de que las almas de los muertos regresan para visitar a sus familiares. Una mujer que burla la tradición al no preparar ofrendas, termina viendo una procesión de difuntos que llevan lo que ella colocó, lo que la hace arrepentirse. Otro relato describe a un niño que ve a personas caminando por la niebla con ofrendas, lo que parece inusual y desorientante. En un panteón, un grupo de amigos observa figuras que desaparecen en tumbas, y una de ellas es empujada, generando un miedo real y compartido. Una maestra siente síntomas físicos como dolores de cabeza cuando rezan por sus familiares, lo que se vincula con una sensibilidad espiritual. Además, una persona de Puebla ve a cientos de personas caminando hacia un cementerio a medianoche, y su abuelita explica que es momento en que las ánimas regresan a sus tumbas. Estas experiencias, aunque no son científicamente verificadas, resaltan la conexión emocional y espiritual que tienen las personas con sus seres queridos en ese día. El especial enfatiza que, aunque algunas historias son paranoicas o simplemente exageradas, muchas reflejan una profunda sensibilidad humana ante la muerte y la memoria. Invita a la comunidad a compartir sus propias experiencias, destacando que el Día de Muertos es un espacio de reflexión, amor y recuerdo.
El día de muertos es una de las tradiciones más bellas que tenemos en México, pero a veces el que
ese puente entre los vivos y los muertos se abra, no siempre es lo mejor, no siempre son los muertos
buenos los que regresan. Muy buenas noches comunidad, ¿cómo estén? Espero que estén pasando un buen día
de muertos, recordando muchos seres queridos que ya no estén en este plano. Fíjense que hay varias
personas que me compartieron una leyenda muy similar entre todas las versiones y hoy quiero
empezar compartiéndoles la leyenda.
Esto que se cuenta en distintas partes de México, sobre todo en Oaxaca, especialmente donde se toma
con mucha seriedad el hacer altares y ofrendas como Oaxaca por ejemplo. Cuentan estas leyendas que
hace años vivía una señora que no creía en nada de lo que se decía sobre las almas que regresaban
cada primero y dos de noviembre. Para ella todo aquello era una pérdida de tiempo, le parecía
absurdo que sus vecinos y la gente del pueblo
se viera como si no hubiera nada que hacer.
Estarán dinero comprando comida, pan, veladoras para personas que ya habían muerto. Y cuando veía que alguien estaba preparando su altar, nunca perdían la oportunidad de burlarse. En su casa no se ponía una ofrenda, ni siquiera una veladora. La señora decía que los muertos estaban muertos y que por más comida que les dejaran, ninguno iba a regresar a comérsela. Una vez cuando se acercaba el día de muertos, una de sus vecinas se encontró con ella.
Y le preguntó si ese año tampoco iba a poner nada para sus familiares difuntos. La señora le contestó que no, que para qué iba a desperdiciar comida de esa manera. La vecina trató de explicarle una vez más que las almas regresaban durante esos días para visitar a sus familias, que era importante recibirlas con algo de comer y con una luz que les permitiera encontrar el camino. Le dijo que si no quería preparar una ofrenda completa, por lo menos dejar una veladora encendida para sus familiares.
La señora le preguntó si los muertos estaban muertos, pero la señora comenzó a reírse. ¿Tú de verdad crees que van a venir? Si ya están muertos, los muertos no vuelven. La vecina insistió un poco más. Le dijo que no debía tratar así a sus familiares, que ellos también merecían ser recordados.
Y entonces, para terminar con la conversación, la señora le respondió que estaba bien, que les iba a dejar su ofrenda.
Aunque desde ese momento ya estaba pensando. En cómo burlarse de los demás.
Por eso, cuando llegó el Día de Muertos, mientras las demás familias preparaban sus altares con comida, con flores, con veladoras, ella salió a buscar un poco de estiércol de vaca.
Lo recogió y lo llevó a su casa para colocarlo donde normalmente habrían puesto el pan de muerto.
Después consiguió unos trozos de cote, de esa madera que se utiliza para encender el fuego, y los puso en lugar de las veladoras.
Y esa fue toda su ofrenda.
La señora. Estaba muy contenta con su ocurrencia, dejándolo a la vista de todos.
Pensaba en lo que dirían sus vecinos, y en lo ridículo que le parecía imaginar a sus familiares muertos regresando para encontrar aquello que les había dejado.
Pero, comunidad, cuentan que esa misma noche le ocurrió algo que jamás habría esperado.
Por alguna razón que nadie ha podido explicar, la mujer pudo ver una procesión de difuntos.
La señora se quedó observándolas, con una mezcla de incredulidad y terror, y comenzó a darse cuenta de algo muy extraño.
Cada una de aquellas almas llevaba consigo las cosas que sus familiares les habían dejado en las ofrendas.
Algunas cargaban frutas, otras pan.
Algunas hasta cerveza o café.
Todas tenían velas que les permitían alumbrar el camino mientras regresaban al mundo de los muertos.
Y entonces, entre todas aquellas personas, reconoció a sus propios familiares, a la gente que ella quería.
También ellos iban caminando en la procesión, pero a diferencia de los demás, no llevaban comida ni pan.
Cargaban el estiércol de vaca que ella había colocado en su altar, y para alumbrarse tenían únicamente los trozos de ocote que les había dejado.
La mujer sintió una vergüenza terrible al verlos de aquella manera.
Hasta ese momento comprendió lo que había hecho, y se arrepintió de haberse burlado de ellos.
Y esta comunidad es una leyenda del Día de Muertos.
Una leyenda que me gustó mucho leer, y que por eso quería compartir con ustedes.
Sin embargo, es hora de iniciar con sus relatos.
Porque esto es el especial de Día de Muertos de Relatos de la Noche.
Hola Auriel y comunidad de Relatos de la Noche.
Mi nombre es Juan Carol.
Les escribo desde Tehuacán, Puebla, y quiero contarles esta experiencia que pasamos en 2009.
En ese entonces yo tenía. unos ocho años.
Era exactamente el 2 de noviembre, y mi familia y yo estábamos viajando por la Sierra Negra de Puebla.
Habíamos ido a visitar a mis abuelos paternos, que vivían en uno de los pueblos de la sierra.
Y ese día nos tocaba trasladarnos hasta San Pablo, Zoquitlán, donde íbamos a visitar a unos familiares de mi mamá.
Salimos de la casa de mis abuelos como por la tarde.
El recorrido era de aproximadamente 55 kilómetros, que puede parecer una distancia muy corta, pero. quienes conocen las carreteras. de la Sierra Negra, saben que allá las cosas son muy diferentes.
Hay muchísimas curvas, subidas, bajadas, tramos donde el camino está en muy malas condiciones.
En aquellos años todavía había partes bastante descuidadas, y además, ese día nos había tocado mucha neblina.
Así que sabíamos que el viaje nos iba a llevar varias horas.
Mi papá iba manejando y mi mamá lo acompañaba adelante.
Mi hermano y yo íbamos a los asientos atrás, viendo por las ventanas.
Como hacemos los niños cuando vamos de viaje y, pues, no tenemos mucho con que entretenernos.
A mí siempre me había gustado mirar los árboles, las montañas de esa zona, porque hay partes donde el bosque parece no terminar nunca.
Ya habíamos pasado por varios pueblos cuando la neblina comenzó a hacerse más espesa.
Al principio todavía podíamos distinguir los árboles que estaban a los lados de la carretera, pero poco a poco empezó a costar más trabajo ver lo que teníamos enfrente.
Había muchos ocotas y encinos, algunos bastante altos, y entre la vegetación y la neblina la tarde se fue oscureciendo, aunque todavía faltaban varias horas para que anocheciera.
Mi papá encendió las luces del carro y los faros antiniebla.
También redujo la velocidad, y es que la visibilidad era cada vez peor.
Me acuerdo de que íbamos muy despacio, sobre todo en las curvas, donde prácticamente no se alcanzaba a ver lo que había más adelante.
Llevamos unas dos horas y media de camino cuando llegamos a una parte donde la neblina estaba todavía más cerrada.
Era uno de esos tramos donde solamente veíamos la carretera unos metros por delante del carro.
Mi hermana y yo seguíamos mirando por las ventanas, aunque ya casi no se distinguía nada entre los árboles.
Fue entonces cuando encontramos a un grupo de personas caminando por la carretera.
Eran bastantes.
Fueron 40 personas, aunque en ese momento no me puse a contarlas.
Caminaban por el carril contrario, pero iban en la misma dirección que nosotros,
así que mi papá tuvo que bajar todavía más la velocidad para poder pasar junto a ellas con cuidado.
Lo primero que me llamó la atención fue que todas parecían ser personas mayores.
Había hombres y mujeres, pero no recuerdo haber visto a ningún niño entre ellos.
Iban caminando en completo silencio.
Sin platicar unos con otros.
Y todos llevaban cosas en las manos.
Algunos cargaban canastas y otros llevaban tenates,
que son una especie de canastos tejidos que se utilizan mucho en los pueblos de esta región.
Parecía que los llevaban llenos porque les pesaban.
También llevaban velas encendidas.
Eran de esas velas de color café como naranjado,
que se utilizan mucho en las celebraciones de los pueblos.
No recuerdo muy bien de ellas porque son de las. las que sueltan bastante cera caliente y cuando te cae en la mano quema horrible.
Las personas iban alumbrándose con esas velas mientras caminaban por la orilla de la carretera,
rodeadas de toda aquella niebla.
A mí no me parecieron personas extrañas,
por lo menos no en ese momento.
Era día de muertos y en los pueblos de la sierra es muy común que las familias lleven comida,
flores y velas para los difuntos,
así que supuse que iban a algún panteón,
o que venían de poner una ofrenda.
Lo único que se me hacía un poco raro era que fueran tantas personas juntas
y que caminaran sin decir absolutamente nada.
Mi papá pasó muy despacio junto a ellas.
Cuando estuvimos juntos,
a su altura hizo un gesto con la mano para saludarlas, como se acostumbra cuando uno
se encuentra a alguien en los caminos de los pueblos. Me acuerdo de que algunos señores
levantaron la vista, voltearon hacia nosotros y le devolvieron el saludo. Eso lo tengo muy
presente. Eran personas normales, con sus canastitas y sus velas, caminando por aquella
carretera. Algunos incluso nos miraron mientras pasábamos. No vimos nada raro en sus caras ni en
su ropa. Mi papá siguió avanzando y nosotros continuamos nuestro camino. Lo curioso fue que
apenas unos metros después de haber dejado atrás a aquellas personas, la neblina comenzó a despejarse.
No desapareció por completo de golpe, pero poco a poco volvimos a distinguir los árboles,
las curvas y la carretera.
Era que teníamos enfrente. Mi hermana y yo volteamos hacia atrás para seguir viendo a la
gente. Todavía alcanzábamos a distinguir algunas de las velas, de las figuras de quienes iban
caminando ahí, dentro de la niebla. Conforme nos alejamos, las personas se fueron perdiendo,
hasta que ya no pudimos verlas. Fue entonces cuando mi papá comenzó a fijarse en los
alrededores. Buscaba alguna entrada, una ventana, una puerta, una puerta.
Una hereda o un camino de atardecería. Algo que pudiera llevar a un pueblo o a casas. Porque,
pensándolo bien, aquellas personas iban caminando en medio de una zona donde no
habíamos visto ninguna comunidad en horas. Seguimos avanzando y mi papá continuó mirándose
a los lados de la carretera. Pasaban las curvas y los tramos de bosque, pero no
encontrábamos ninguna desviación. Tampoco vimos casas, ranchos ni algún camino por donde pudiera.
Entrar o salir tanta gente. Y lo más extraño era que, antes de encontrarnos con ellos,
tampoco habíamos pasado por ningún pueblo cercano. Me acuerdo que estuvimos bastante
tiempo recorriendo esa parte de la sierra. Serían unos cuarenta minutos en los que mi papá estuvo
pendiente de encontrar alguna entrada, pero no vimos nada. Solamente la carretera y los árboles.
Después llegamos a un pueblo y más adelante a otro. Seguimos avanzando hasta encontrar la desviación
que nos llevaba a la casa. Pero no vimos nada. Solo la carretera y los árboles.
Llegamos a casa de los primos de mi papá, cerca de las siete de la noche, cuando ya estaba ahora
así completamente oscuro. Mis tíos salieron a recibirnos y nos ayudaron con las cosas que
llevábamos. Ellos viven de manera muy humilde. Mi tío se dedica al campo y mi tía cría animales,
principalmente gallinas y guajolotes. Mi papá acostumbraba a llevarles algunas
cosas cuando íbamos de visita, así que esa vez les habíamos llevado maíz,
azúcar y algo de despensa. Después de acomodarnos nos ofrecieron de cenar.
Mi papá les dijo que sí porque ya teníamos bastante hambre después de tantas horas de camino.
Estábamos todos sentados comiendo cuando mi mamá comenzó a platicarles de las personas
que habíamos encontrado en la carretera. Les contó que habíamos visto a un grupo muy grande
de gente caminando entre la niebla, cargando canastas y tenates con comida, como si llevaron
ofrendas.
Mi papá también intervino y les explicó en qué parte de la carretera nos habíamos cruzado con
ellos. Mis tíos conocían muy bien esa zona, así que les describió el tramo por el que habíamos
pasado y les preguntó si había algún pueblo cerca o algún camino que nosotros no hubiéramos
alcanzado a ver. Pero ellos nos dijeron que por ahí no había nada. Nos explicaron que en esa
parte de la carretera no había pueblos, ni ranchos, ni casas. Era una zona bastante apartada,
y no conocían ningún lugar cercano al que pudieran haberse dirigido aquellas personas.
Mi papá les comentó que precisamente por eso le había llamado la atención,
porque después de encontrarnos con ellos, había estado buscando alguna desviación y no había visto
nada. Mis tíos tampoco supieron decirnos de dónde podía venir tanta gente ni a dónde se dirigían.
Después de eso seguimos cenando y ya no hablamos mucho más del asunto.
Nos quedamos unos días con nuestros familiares, y cuando llegó el momento de regresar,
tomamos otro camino que nos llevaba hacia la ciudad. El viaje de regreso fue completamente
anormal, y no volvimos a encontrarnos con ninguna procesión. Durante muchos años prácticamente me
olvidé de aquella experiencia. Era algo que había pasado cuando yo era niño y que, con el tiempo,
dejamos de mencionar en la familia. Sin razón alguna, solo fue algo que se fue olvidando.
Pero hace poco volvimos a recordarlo, y empezamos a hacernos las mismas preguntas que nos hicimos
aquella noche. ¿Quiénes eran esas personas? ¿De dónde venían? ¿A dónde iban caminando con
todas aquellas canastas llenas de comida? A veces pienso que seguramente eran habitantes
de alguna comunidad que no conocíamos, que iban a visitar un panteón o a llevar una ofrenda a sus
familiares. A veces pienso que seguramente eran habitantes de alguna comunidad que no conocíamos,
pero entonces me acuerdo de lo que nos dijeron mis tíos, y de que mi papá pasó tanto tiempo
buscando una entrada sin encontrar nada. Y también no se me olvida que era 2 de noviembre.
En esos pueblos de la sierra se tiene la creencia bien arraigada, la convicción de que en esos días
las almas de los muertos regresan al lugar de donde vinieron, después de haber visitado sus casas y
recibido las ofrendas que les prepararon. Por eso cuando volvimos a hablar de lo que nos pasó,
nos preguntamos si aquellas personas que encontramos caminando entre la neblina,
con sus tenetes y sus velas, serían en realidad las almas de los difuntos que iban de regreso.
Evidentemente no puedo asegurar que eso haya sido, ni siquiera que haya sido algo paranormal,
pero lo vimos todos, y como les digo, incluso algunos de
ellos se volvieron el saludo a mi papá. Hasta la fecha seguimos sin saber quiénes eran,
ni a dónde se dirigían aquella tarde, esas personas, en esa carretera llena de niebla,
de la Sierra Negra de Puebla.
No quiero contarles algo que nos pasó hace unos años en un panteón de Toluca, acá en el Estado de México.
Fue una noche del 3 de noviembre, un día después de que terminaran las celebraciones del Día de Muertos.
En ese tiempo yo tenía 19 años, y acostumbraba a juntarme con varios amigos del barrio. Éramos 5,
3 hombres y 2 mujeres, y casi siempre nos reuníamos por las noches para platicar y a veces tomarnos alguna cerveza.
Ese día,
habíamos estado en casa de uno de mis amigos desde la tarde. Ya era bastante noche cuando
alguien propuso que fuéramos al panteón. Ni siquiera recuerdo quién tuvo la idea,
pero sí me acuerdo de que empezamos a bromear con que todavía debieran dar los muertos por ahí.
Uno de mis amigos dijo que conoció una parte de la barda por donde podíamos
brincar sin que nos vieran. La verdad, a ninguno nos pareció una mala idea.
Ya llevábamos varias cervezas encima y nos ganó la curiosidad, la emoción de hacer algo con los amigos.
El panteón estaba unas cuantas calles de donde vivíamos. Cuando llegamos, vimos que la entrada
principal ya estaba cerrada, aunque adentro todavía se alcanzaban a distinguir algunas veladoras
encendidas. Caminamos alrededor hasta llegar a la parte que conocía mi amigo. Ahí la barda era un
poco más baja, y había unas piedras amontonadas que nos sirvieron para subir. Primero brincamos
con los hombres, después ayudamos a ver a los hombres, y después nos reunimos con los amigos.
Cuando llegamos a la parte que conocía mi amigo, nos reunimos con los hombres, y después nos reunimos con los hombres.
Adentro estaba muy oscuro. Había algunas lámparas en los caminos principales, pero buena parte del cementerio quedaba sin iluminación.
Como apenas había pasado el Día de Muertos, muchas tumbas se hallan adornadas con flores, papel picado y fotografías.
También había bebidas, comida y veladoras que ya se habían casi consumido por completo.
Me acuerdo que olía mucho a flores.
Sobre todo a cempasúchil esta vez, y así era quemada.
Caminamos un rato entre las tumbas hasta llegar a una parte más o menos al centro del panteón,
donde había un espacio abierto con algunas bancas de cemento.
Ahí nos sentamos a seguir tomando.
Uno de mis amigos puso música en su celular, aunque bajita,
porque todavía teníamos miedo de que apareciera algún velador y nos sacara.
Estuvimos platicando, contando muchas historias de miedo, y riéndonos de cualquier cosa.
Incluso uno de mis amigos empezó a decir que, si de verdad existían los fantasmas,
esa era la noche y el lugar perfecto para encontrarnos con alguno.
No sé qué hora sería cuando empezamos a ver a unas personas caminando entre las tumbas.
Al principio no nos llamó demasiado la atención.
Pensamos que podían ser familiares que se habían quedado hasta tarde visitando a los muertos,
o incluso trabajadores.
Nosotros pensábamos que no podíamos ser familiares y que no podíamos ser familiares,
y pensábamos que podíamos ser familiares y que podíamos ser familiares.
Desde donde estábamos se alcanzaban a distinguir varias figuras oscuras que avanzaban por uno de los caminos.
bastante lejos de nosotros. Lo extraño era que todas parecían dirigirse hacia la parte más
profunda del panteón, donde ya no había lámparas, donde ya no había salida. Caminaban despacio,
separadas unas de otras, y ninguna llevaba una linterna, ni una veladora, ni nada. Tampoco
escuchábamos que hablaran. Uno de mis amigos fue el primero que nos dijo que nos fijáramos bien.
Había una persona que caminaba entre dos filas de tumbas y que de pronto parecía desaparecer.
Un poco más adelante vimos a otra que hizo exactamente lo mismo. Seguimos caminando y
nos dimos cuenta de que no estaban saliendo por algún camino lateral. Parecía que llegaban hasta
una tumba y se metían en ella. Recuerdo que uno de mis amigos se levantó de la banca para tratar
de ver mejor. Nosotros nos pusimos de pie, aunque se nos parecía que no se veía.
Estábamos casi congelados de miedo. Desde allí alcanzamos a distinguir a una figura que avanzaba
lentamente hacia una de las tumbas del fondo. Era una persona alta, o por lo menos eso parecía
desde nuestra distancia. Cuando llegó a la sepultura, su cuerpo comenzó a bajar hasta
que desapareció por completo. Nos quedamos viendo ese lugar, esperando que volviera a salir,
pero eso no ocurrió. Entonces,
vimos a otra figura que iba un poco más atrás. También caminó hasta una tumba y desapareció de
la misma manera. Ahí fue cuando nos entró el miedo. Uno de mis amigos dijo que ya nos fuéramos.
Recogimos nuestras cosas como pudimos y empezamos a caminar de regreso hacia la barda. Nadie quería
quedarse a comprobar qué estaba pasando. Yo volteé una última vez y todavía alcancé a ver
a varias de aquellas personas caminando hacia el fondo del cementerio.
De pronto, uno de mis amigos comenzó a correr, y todos hicimos lo mismo. Íbamos entre las tumbas,
alumbrándonos con los celulares y tratando de encontrar el camino por el que habíamos entrado,
cuando escuchamos que una de las muchachas gritó. Fue un grito muy fuerte. Me acuerdo de que nos
detuvimos casi al mismo tiempo y volteamos hacia atrás. Nos dimos cuenta de que ella ya no venía
con nosotros. Me acuerdé de que ella ya no venía con nosotros. Mi hijo se quedó en el cementerio y
mi otra amiga empezó a llamarla por su nombre, y entonces volvimos a escucharla, pidiendo ayuda,
pero muy lejos. Nos regresamos corriendo. La encontramos a unos metros del camino junto a
una tumba que estaba abierta. Es decir, junto a un hueco donde seguramente iban a enterrar a
alguien al día siguiente. Nuestra amiga estaba sentada en el suelo, llorando. Cuando nos acercamos,
nos dijo que alguien había tratado de empujarnos.
Le preguntamos quién había sido, pero decía que no la había visto bien. Según nos contó,
mientras venía corriendo detrás de nosotros, nada más sintió que alguien la agarró por la
espalda y la empujó con mucha fuerza hacia la tumba. Alcanzó a hacerse a un lado y perdió el
equilibrio, pero pudo evitar caer en el hueco. Cuando volteó para ver quién la había empujado,
ya no había nadie.
Estaba tan asustada que apenas podía hablar. Otros de mis amigos la ayudó a levantarse y entre
todos la llevamos hasta la barda. No dejaba de mirar hacia atrás. Nos decía que sentía que
alguien seguía caminando detrás de nosotros, aunque cada vez que volteábamos no alcanzábamos
a ver a nadie. Cuando llegamos a la barda, por fin, primero los ayudamos a ellas a subir. Después
brincamos nosotros.
Una vez afuera, seguimos corriendo hasta llegar a una calle donde había casas y alumbrado público.
Hasta ahí nos pudimos detener. Mi amiga estaba llorando mucho. Nos volvió a contar lo que había
sentido y nos enseñó que tenía tierra en la espalda de la chamarra, justo donde decía que
la habían empujado. Uno de mis amigos le preguntó si no se habría tropezado con alguna piedra,
pero ella insistía en que había sentido claramente unas manos. Se enojaba si le
sugiríamos algo diferente. Nos quedamos no sé cuánto tiempo ahí, tratando de calmarnos. De
alguna forma no queríamos separarnos, ni siquiera para ir a nuestras casas. Finalmente las acompañamos
a ellas y después cada quien corrió por su lado. Esa fue la última vez que nos juntamos, todo el
grupo. Nunca pudimos superar.
El miedo que enfrentamos esa vez. Un miedo muy real y al mismo tiempo un miedo que nadie nos
creyó. Un miedo que nunca pudimos compartir. Es por eso, por respeto a la amistad que tuvimos,
que he decidido no incluir los nombres de las personas que vivieron eso conmigo. Pero si lo
llegan a escuchar, les quiero mandar un abrazo y, bueno, si ya lo habían olvidado, lamento volver a
contarles.
Que tengan muy buenas noches, comunidad.
Hemos llegado a un breve intermedio y ya sabes lo que te voy a decir. Si tienes Disney Plus, ve a ver Relatos de la Noche, Brujas. Es Relatos de la Noche como nunca antes lo habías experimentado. El sábado apareció el especial de Halloween y este mes, el día de hoy, el día de la noche.
El sábado y miércoles aparece el cuarto episodio de esta miniserie especial. Es un primer paso y si le va bien, pues ojalá, ojalá que el próximo año podamos hacer algo todavía más espectacular. ¿Qué dicen? Bueno, pero ahora continuamos con más relatos de Día de Muertos.
Hola, Uriel.
Hola, comunidad. Me llamo Gabi Andrade y les escribo desde León, Guanajuato. Soy maestra de secundaria y quiero compartirte algo que me pasó el año pasado, cuando por primera vez decidí poner un altar de muertos en mi casa. Yo soy originaria de Michoacán, así que en la escuela donde trabajo casi siempre me toca encargarme del altar de muertos. Ya llevo más de ocho años haciéndolo y la verdad es una tradición que me gusta mucho. Lo curioso es que a pesar de todo este tiempo preparando altares en la escuela, nunca había hecho uno para mis padres.
Me acuerdo de que le pregunté a mi mamá si tenía fotografías de un tío y de un sobrino que fallecieron, porque principalmente quería hacerles el altar a ellos dos. Pero mi mamá aprovechó para sacar otras fotos que tenía guardadas. Me dio unas de mis abuelos, paternos, paternos, de una tía a la que nunca conocí, también de una madrina que teníamos mis hermanos y yo.
De todos ellos solamente había conocido a mis abuelos maternos, además de mi tío y mi sobrino. Empecé a montar el altar desde el 28 de octubre. Quería que se viera bonito y tenerlo varios días en la casa, para que estuvieran presentes en las fotografías, acordarme de ellos. Puse las cosas que normalmente llevo en ofrenda y también algunas bebidas que les gustaban a los familiares que sí conocí. Me quedó muy bonito y estaba contenta de haberlo hecho.
El día 29 decidí poner también la comida. Ya tenía todo acomodado, pero todavía no había encendido las veladoras. Solamente prendí unas lucecitas de Navidad que había utilizado para decorar el altar.
Esa noche cuando ya me iba a dormir, empezó a dolerme mucho la cabeza. Era un dolor parecido a una migraña, algo que casi nunca me pasa. Después comencé a sentirme mal de las manos. Me dolían como si fuera un dolor.
Si hubiera pasado muchas horas haciendo costura o tejiendo crochet. Quienes tejen saben a qué tipo de dolor me refiero, porque se siente como si hubieras estado trabajando con las manos durante muchísimo tiempo.
Intenté acostarme y dormir, pero no podía. El dolor seguía y yo me sentía cada vez más incómoda hasta que, de pronto, tuve un presentimiento muy extraño. Sentí que tenía que levantarme a rezarles a mis difuntos.
No sé explicarles cómo se me hizo.
Yo no soy una persona demasiado religiosa y de hecho ni siquiera sé rezar un rosario completo, pero en ese momento sentí que era lo que tenía que hacer. Así que me levanté, fui hasta el altar, encendí las velas y las veladoras y busqué en YouTube un audio que me guiara para rezar el rosario. Me senté frente a las fotografías y comencé a seguir las oraciones.
Lo extraño fue que conforme iba avanzando, el dolor empezó a disminuir.
Primero se me fueron quitando las molestias de las manos y después el dolor de cabeza. Para cuando terminé el rosario ya no tenía ningún síntoma. Me sentía perfectamente bien.
Me acuerdo de que hasta me dio risa y les dije a las fotografías, oigan, ya ni la hacen. Si querían que les rezara, había maneras más amables de pedírmelo. Me reí sola, apagué lo que tenía que apagar y me fui a dormir.
Esa noche pude descansar sin ningún problema.
problema.
Al día siguiente me pasó algo parecido, aunque esta vez fue con una tos muy fuerte
Aquí tengo que aclarar que yo tengo asma, así que conozco perfectamente cómo son mis ataques de tos
Es una tos muy particular que parece la del pulgoso, el perro de las caricaturas
Quienes lo recuerden sabrán de lo que hablo
El caso es que empecé a toser y no podía parar, y entonces me acordé de algo
Mi mamá me había contado que aquella tía a la que yo nunca conocí también era asmática y que, de hecho, había fallecido por esa enfermedad
Mi madrina y mi tío, por otro lado, habían sido fumadores, y los dos murieron de cáncer después de tener problemas en los pulmones
Cuando pensé en ellos me di una sensación muy extraña
Me acordé de lo que había pasado la noche anterior, con el dolor de cabeza y las manos
Y empecé a preguntarme si tendría alguna relación
Así que, antes de comenzar a rezar otra vez, les hablé a las fotos
A ver, ya no me estén mandando síntomas
Les prometo que les voy a rezar todos los días hasta el 2 de noviembre
Pero ya no me hagan estas cosas
Después me preparé para encender las veladoras
Mi altar estaba colocado junto a una ventana que normalmente mantengo abierta
Así que primero quise cerrarla para evitar que entrara aire y pudiera ocurrir algún accidente
Con las llamas
Cuando me acerqué, vi que algo se movía en el espacio que quedaba entre la ventana y el altar
Me asusté porque no esperaba encontrar nada ahí
Me acerqué un poquito más para ver qué era
Y descubrí que se trataba del gato de uno de mis vecinos
Ahora, esto también se me hizo raro
Desde que me mudé a esa casa siempre he dejado la ventana abierta de la misma manera
Y ese gato nunca se había metido
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí ni por qué había decidido entrar justamente esa noche
Intenté sacarlo pero tampoco quería agarrarlo con las manos porque no sabía cómo iba a reaccionar
Así que busqué un escobo y traté de moverlo con cuidado
Sin lastimarlo
Para que se fuera por donde había entrado
Pero el gato no quería moverse
Ahí estaba, acomodado junto al altar
Y por más que intentaba hacerlo salir
Se quedaba en el mismo lugar
Entonces, medio en broma y medio nerviosa
Empecé a hablarle
A ver, ya les voy a rezar
No creo que necesite ayuda
Pero tú me estás poniendo nerviosa
Dame una oportunidad de hacer mi oración como se debe
Les juro que en cuanto le dije eso
El gato se levantó y se fue
Yo me quedé viéndolo salir por la ventana
Me pareció una coincidencia bastante curiosa
Sobre todo por todo lo que había estado pasando desde la noche anterior
Pero bueno
Cerré la ventana y regresé al altar para comenzar mis oraciones
Esta vez decidí encender también un sirio
Puse nuevamente el audio del rosario en YouTube
Y empecé a rezar frente a las fotografías
Cuando iba más o menos a la mitad
Me llamó la atención una de las velas
Era la que había colocado justo enfrente de la fotografía de mi madrina
Aquella a la que nunca antes le habían hecho una ofrenda
La flama empezó a moverse muchísimo
Como si estuviera recibiendo una corriente de aire bastante fuerte
Lo raro es que la ventana ya estaba cerrada
Y las demás velas permanecían completamente quietas
Solamente se movía la que estaba frente a mi madrina
Me quedé viéndola un momento
Pero decidí continuar rezando
No quería interrumpir el rosario
Mientras seguía con las oraciones
Aquella vela continuó consumiendo su aire
Y me quedé viendo a la ventana
Y me quedé viendo a la ventana
Continué haciendo mis oraciones frente al altar
El primero de noviembre me pasó algo más
Aunque esta vez fue diferente
Ese día de pronto tuve una sensación muy extraña
Me dieron ganas de acercarme al altar
Y agradecerles a mis familiares por haber venido a visitarme
Les dije que me había gustado mucho prepararles su ofrenda
Y que al año siguiente volvería a hacerla
También aproveché para pedirles otra vez que ya no me mandaran síntomas
Y que no me mandaran síntomas
Más tarde me fui a acostar
Pero cuando estaba intentando dormir
Comencé a sentirme inquieta
Era como un presentimiento
Una sensación de que todavía tenía algo pendiente
Me acordaba del altar
Y sentí una necesidad muy fuerte
De levantarme y encender las velas
Al principio intenté ignorarlo
Ya les había rezado ese día
Y no veía por qué tenía que levantarme otra vez
Pero la sensación no se me quitaba
Seguí a la ventana
Y ya pensando que tenía que encender una luz para ellos
Finalmente me levanté de la cama
Y fui hasta el altar
Tomé el sirio y lo acomodé en un lugar seguro
Donde no pudiera provocar un accidente
Aunque llegara a caerse
Después lo encendí
Me quedé viendo las fotografías
Y les dije
Esta luz
Esta es lo que los va a guiar de regreso a su morada
Que les vaya bien
Pero ya déjenme dormir por favor
Y me quedé en la cama
Me dio un poquito de risa estar hablándoles así a las fotos
Como si de verdad me estuvieran escuchando
Pero les juro que en cuanto regresé a mi cama y me acomodé
Me quedé dormida
Y no solamente eso
Esa noche descansé como no había descansado en mucho tiempo
No sé en qué pensar de todo lo que pasó durante esos días
Yo siempre he sentido que tengo cierta sensibilidad para las cosas espirituales
Aunque nunca he visto nada
Y no sé en qué pensar de todo lo que pasó durante esos días
En mi caso son más bien sensaciones o síntomas físicos
Que aparecen en determinados momentos
Me han ocurrido otras experiencias
Sobre todo cuando visito panteones
Que tal vez en otra ocasión pueda compartirles
Pero por lo pronto
Esta fue mi experiencia con el primer altar
Que hice para mis familiares
Este año pienso volver a ponerles su ofrenda
Espero que ahora sí me dejen hacerlo
Sin mandarme dolores de cabeza
Ni otros síntomas extraños
Pero algo que tengo claro es que
Voy a seguir rezando por ellos
Todos los días
Y por su eterno descanso
Hola comunidad
Mi nombre es Ángel
Soy de aquí, del municipio del estado de Puebla
Y esta noche quiero compartirles
Lo que me pasó durante las celebraciones del Día de Muertos de 2023
Llevo ya bastante tiempo escuchando relatos de la noche
Y desde hace mucho quería mandarles algunas historias
Y mis experiencias
Considero que soy una persona
Que puede experimentar lo paranormal
Porque estoy seguro que no es para todos
Esta es una de las experiencias que más recuerdo
En el municipio donde vivo
Todavía se conservan muchas de las tradiciones de Día de Muertos
Aquí acostumbramos poner
Grandes ofrendas a nuestros familiares fallecidos
Muy bonitas
Muy elaboradas
Pero también tenemos una tradición
Que para nosotros es muy importante
Y que conocemos como velar en el panteón
Esto se hace durante la noche del primero de noviembre
Las familias vamos a los cementerios
A limpiar las sepulturas
Llevar flores
Y encender veladoras para nuestros difuntos
Y no es solamente ir a dejar las cosas
Y regresar a la casa
Aquí muchas personas se quedan toda la noche
O por lo menos varias horas
Acompañando a sus familiares
Cuidando que las velas sigan encendidas
Es algo muy bonito de ver
Porque los panteones iluminan con ciencia
Los cientos de veladoras y ceras
Las tumbas están cubiertas de flores de cempasúchil
Y hay familias enteras que pasan la noche ahí
A mí siempre me ha gustado mucho esa tradición
Sobre todo por el ambiente que se forma en el pueblo
Durante esos días
Lo que les voy a contar
Como les dije
Ocurrió el primero de noviembre de 2023
Ese día como todos los años
Desde temprano se podía sentir el olor del cempasúchil
Del incienso por todas las calles
Y de repente
En mi casa comenzamos con los preparativos de la ofrenda
Y cada quien ayudó con lo que le tocaba
Aquí tenemos la costumbre de recibir a las ánimas a las 12 del día
Así que para esa hora ya teníamos todo preparado
Después comenzamos a organizarnos para ir a los panteones por la noche
Desafortunadamente en mi familia ya son varias las personas que han fallecido
Y no todas están enterradas en el mismo lugar
Por eso tenemos que visitar cuatro cementerios distintos
Y no solo en el mismo lugar
Normalmente vamos primero a los que están más cerca del centro del pueblo
Nos quedamos un par de horas acompañando a nuestros familiares
Y después nos trasladamos al siguiente
Así se nos pasa prácticamente toda la noche
El último panteón que visitamos
Está en una zona un poco más solitaria
Alejada
Es un cementerio relativamente nuevo
Que no tiene más de 15 años de haberse fundado
Aunque poco a poco ha ido creciendo
Siempre lo dejamos para el final
Porque nos queda más tiempo. más retirado que los demás. Esa noche hicimos nuestro recorrido de costumbre. Fuimos pasando de un panteón a otro, limpiando las sepulturas, acomodando las flores y encendiendo las veladoras. Había muchísima gente como todos los años, y en algunos lugares todavía encontramos familias que estaban acompañando a sus difuntos cuando nosotros ya nos retirábamos.
Alrededor de las 3 de la mañana llegamos al último cementerio. Ahí también hicimos lo que acostumbramos. Estuvimos un buen rato junto a las tumbas, platicando, cuidando las velas. Todo normal.
Para entonces yo estaba bastante cansado, porque prácticamente aún no habíamos dormido y llevábamos muchas horas de un lado a otro.
Cerca de las 5 y media de la mañana comenzó a sentirse un frío muy fuerte, del que se mete por debajo de la chamarra.
Como ya habíamos pasado bastante tiempo ahí, decidimos que era momento de regresar a la casa.
Antes de irnos apagamos nuestras veladoras para evitar que ocurriera algún incendio.
Recogimos nuestras cosas, caminamos hasta donde habíamos dejado el coche y nos subimos.
Yo no iba manejando, así que me acomodé junto a una de las puertas.
Tenía mucho sueño y estaba tratando de encontrar una posición en la que pudiera descansar un poquito durante el camino.
Me acuerdo de una vez que me fui a la casa y me vi en la calle.
Me acuerdo de que antes de irnos me quedé viendo por la ventanilla hacia el panteón.
A pesar de la hora todavía había muchas veladoras encendidas en las tumbas.
Se veía muy bonito, muy cálido.
Las luces iluminando las flores.
Y prácticamente todo el cementerio tenía ese color anaranjado tan característico de estas fechas.
Yo estaba viendo eso cuando me llamó la atención a algo que ocurría un poco más lejos.
Varias personas caminando en dirección al panteón.
Al principio no me pareció extraño.
Después de todo, todavía había familias que pertenecían ahí y supuse que podía tratarse de gente que apenas estaba llegando para visitar a sus difuntos.
Pero cuando me fijé mejor, me di cuenta de que eran muchísimas personas.
No estoy exagerando cuando les digo que parecían cientos.
Había figuras por todas partes.
Todas caminando hacia la entrada de la casa.
Alcanzaba a distinguir las siluetas de personas adultas y también de niños.
No podía verles bien las caras ni distinguir sus rasgos, porque estaban bastante lejos.
Pero sí podía reconocer claramente las formas de sus cuerpos.
Me quedé viéndolas porque había algo que no me cuadraba.
Porque a esas horas lo normal era que las familias comenzaran a irse, no a llegar.
Sin embargo, aquellas personas parecían que estaban en un lugar muy pequeño.
Decían estar llegando, todas al mismo tiempo.
Y eran demasiadas.
Desde la ventanilla seguí viendo cómo avanzaban hacia el cementerio.
Algunas siluetas eran más grandes, otras pequeñas, pero todas llevaban la misma dirección.
Todas caminaban a la misma velocidad.
No le comenté nada a mi familia.
La verdad es que pensé que no me iban a hacer caso.
Además estaba muy cansado y tenía bastante sueño.
Quería quedarme callado.
Seguimos nuestro camino.
Y yo me fui pensando en todas aquellas personas que había visto acercándose al panteón.
Cuando llegamos a la casa me acosté y me quedé dormido.
Desperté más tarde, porque aquí también tenemos la costumbre de despedir a las ánimas a las 12 del día.
Pero cuando me levanté comencé a sentirme muy mal.
Me dolía muchísimo la cabeza.
Tenía náuseas y empecé a vomitar.
Era un malestar bastante fuerte y no se me quitaba.
Me sentía completamente enfermo, aunque no sabía por qué.
Finalmente me hicieron una limpia con un huevo, alcohol y unas ramas de árbol.
Después de eso fue cuando comenzaron a desaparecer las molestias, hasta que terminé sintiéndome mejor.
Durante los días siguientes, seguí pensando en lo que había visto aquella madrugada.
Me acordaba de todas esas personas caminándose al cementerio.
De lo extraño que me había parecido que fueran tantas, sobre todo a esa hora.
Unos días después decidí contarle a mi abuelita lo que había pasado.
Le expliqué que cuando nos estábamos retirando del último panteón, había visto a muchas personas caminándose a la entrada.
Le dije que entre ellas había adultos y niños, que no había podido distinguirles las caras, pero que estaba seguro de haber visto todas aquellas siluetas.
También le conté que no había querido decir nada.
En ese momento, porque pensé que nadie me iba a creer.
Mi abuelita me escuchó.
Me dijo que durante los días en que celebramos a nuestros muertos, el velo que separa su mundo del nuestro se vuelve muy delgado.
Que por eso en ocasiones hay personas que tienen cierta sensibilidad y pueden llegar a ver cosas que normalmente no verían.
Y que por lo que yo le estaba contando, era muy posible.
Y posible que aquellas personas que vi caminándose al panteón, no hubieran sido personas vivas.
Según mi abuelita, lo que había visto aquella madrugada, eran las ánimas de nuestros difuntos.
Que después de haber visitado a sus familias durante el día de muertos, estaban regresando al lugar donde descansan sus restos.
Así damos fin a este especial de Día de Muertos.
Y creo que se darán cuenta que muchas de las historias tenían algo en particular.
Gente sensible que podía ver no solamente a sus muertos, sino las procesiones.
Las ánimas llegando o volviendo a su mundo.
Las seleccioné porque me parecía que eran las ánimas de los muertos.
Parecen muy especiales porque son muy interesantes de contar en estos días.
De ver a los fantasmas de forma distinta.
Y porque quería preguntarles a ustedes, a todos los que nos están escuchando.
Si alguna vez vieron algo extraño en un día de muertos.
Una procesión, tal vez.
Si es así, por favor, compartanlo en un comentario.
Déjennos su historia, por más corta que sea.
De verdad me encantaría poder leerla.
Pero bueno, se acabó este especial.
Los dejo para que sigan disfrutando de estos días.
Para que sigan recordando mucho a sus muertos.
Esto fue Relatos de la Noche.
Podcast Summary
Key Points:
Una mujer que no creía en el Día de Muertos se burla de sus vecinos al no poner ofrendas, pero al final ve una procesión de difuntos que llevan lo que le dejaron, incluyendo el estiércol que ella colocó.
Un niño en Puebla ve a 40 personas mayores caminando en silencio por la niebla, llevando canastas con comida y velas, lo que parece contradecir la normalidad del día de muertos.
En un panteón de Toluca, un grupo de amigos observa personas que desaparecen al entrar en tumbas, y una de ellas es empujada y cae en un hueco, generando miedo y confusión.
Una maestra de Michoacán siente dolores de cabeza y tos al comenzar a rezar por familiares difuntos, lo que se relaciona con síntomas físicos que desaparecen cuando realiza ofrendas.
Una persona de Puebla ve a cientos de personas caminando hacia un panteón a esa hora, lo cual parece inusual, y su abuelita explica que es cuando las ánimas regresan a sus tumbas.
Las historias destacan la sensibilidad de algunas personas para percibir fenómenos espirituales durante el Día de Muertos.
Aunque no se confirma explícitamente, hay coincidencias entre las experiencias
El especial enfatiza la importancia del Día de Muertos como espacio de memoria, respeto y conexión con los difuntos.
Summary:
La transcripción comparte varias historias que giran en torno al Día de Muertos y la creencia de que las almas de los muertos regresan para visitar a sus familiares. Una mujer que burla la tradición al no preparar ofrendas, termina viendo una procesión de difuntos que llevan lo que ella colocó, lo que la hace arrepentirse. Otro relato describe a un niño que ve a personas caminando por la niebla con ofrendas, lo que parece inusual y desorientante.
En un panteón, un grupo de amigos observa figuras que desaparecen en tumbas, y una de ellas es empujada, generando un miedo real y compartido. Una maestra siente síntomas físicos como dolores de cabeza cuando rezan por sus familiares, lo que se vincula con una sensibilidad espiritual. Además, una persona de Puebla ve a cientos de personas caminando hacia un cementerio a medianoche, y su abuelita explica que es momento en que las ánimas regresan a sus tumbas.
Estas experiencias, aunque no son científicamente verificadas, resaltan la conexión emocional y espiritual que tienen las personas con sus seres queridos en ese día. El especial enfatiza que, aunque algunas historias son paranoicas o simplemente exageradas, muchas reflejan una profunda sensibilidad humana ante la muerte y la memoria. Invita a la comunidad a compartir sus propias experiencias, destacando que el Día de Muertos es un espacio de reflexión, amor y recuerdo.
FAQs
La señora inicialmente rechazaba la idea de que los muertos regresaran para visitar a sus familiares, burlándose de los otros por no poner ofrendas. Sin embargo, al ver una procesión de difuntos que llevaban ofrendas y su propia familia con el estiércol que ella había colocado, se arrepintió y entendió que había sido cruel y egoísta por burlarse de sus seres queridos.
Se cree que durante el Día de Muertos, especialmente el 1 y 2 de noviembre, el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos se vuelve delgado, permitiendo que las almas de los fallecidos regresen a visitar a sus familiares y recibir ofrendas.
Un niño de ocho años vio una procesión de 40 personas caminando por la carretera entre la niebla, cargando canastas con comida y velas, lo que lo llevó a reflexionar si se trataba de difuntos que regresaban para sus ofrendas, aunque no se pudo confirmar su identidad ni su destino.
En una noche del 3 de noviembre, vieron a personas caminando entre las tumbas sin luz, que desaparecían al acercarse a una tumba. Una de las amigas fue empujada por algo que no vio, y al regresar se dio cuenta de que había sentido una presencia, lo que generó un miedo intenso y real.
Antes de encender las velas, sintió dolores de cabeza y molestias en las manos, que desaparecieron cuando comenzó a rezar. Posteriormente, vio que una vela frente a la foto de su madrina se movía extrañamente, y sintió una necesidad fuerte de encender las velas para agradecer a sus familiares.
En Puebla se realiza la tradición de velar en el panteón durante la noche del 1 de noviembre, donde las familias limpian las tumbas, dejan flores y encienden veladoras, y muchas se quedan toda la noche acompañando a sus difuntos.
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