Go back

El podio

31m 49s

El podio

La historia de Gabriela Parigi, una exgimnasta argentina de alto rendimiento, revela el lado oscuro del deporte competitivo. Desde los 4 años, su vida giró en torno a la gimnasia, con entrenamientos agotadores de ocho horas diarias, maltrato psicológico por parte de entrenadores (insultos como "gorda" o "mongólica") y castigos físicos, como subir la cuerda con manos ampolladas. A pesar de su talento y logros (64 medallas y 25 trofeos), sufrió lesiones graves, una triple fractura de tobillo a los 15 años, y desarrolló trastornos alimenticios inducidos por la exigencia de bajar peso. Su retiro a los 17 años fue forzado por la presión y el dolor acumulado. Al intentar ser entrenadora, una crisis al ver a una niña con dolor de espalda la hizo cuestionar el sistema que normaliza el sufrimiento. Finalmente, abandonó la gimnasia, enfrentando un duelo identitario profundo: ya no era "la gimnasta". Buscó nuevas pasiones, como el tango y la arquitectura, redescubriendo su creatividad y su propia identidad fuera del deporte. La narrativa critica la cultura de sacrificio extremo y la falta de bienestar en el alto rendimiento, destacando la necesidad de un cambio en el trato a los atletas jóvenes.

Transcription

5272 Words, 29332 Characters

Spanish
Esto es un "I Heart" podcast. ¡Gueron City Human! A pod podcasts, o donde sea que escuches tus podcasts. Es una historia fascinante y reverente, orgullosa. La pueden escuchar a partir del jueves en central podcas.audio o en cualquier aplicación donde escuches tus podcasts. Acá les dejo un pequeño delante. En Nueva York, Dorén Aborjas protegía a latinas que han aprendido a sobrevivir tres veces. Como mujeres trans, como inmigrantes y como trabajadoras sexuales. Yo voy a llegar a donde tenga que llegar como una perra, pelear con garras y uñas. Pero cuando murió, comenzó una cuarta batalla para prosperar en un mundo lleno de amenazas. Escuchas central, las reinas de Queens, en la U.A. "I Heart" radio, a pod podcasts, o donde sea que escuches tus podcasts. Eso rambulante suédenel Alarcón. La historia de hoy empieza en un gimnasio de Buenos Aires. Hay vigas, barras paralelas, cajones de salto. Por todos lados hay restos de magnesio. Ese polvo blanco que los gimnastas se ponen en las manos para evitar la humedad y favorecer el agarre en los aparatos. Es un polvo que reseca la piel y hasta el ambiente. Y que Gabriela Parigi, la protagonista de nuestra historia, podría distinguir a varios metros de distancia. Es que Gabriela ha pasado gran parte de su vida dentro de un gimnasio. A los cuatro años después de tomar algunas clases de danza, a sus padres le recomendaron que mejor la llevaran a gimnasia artística. Tenía una energía demasiado explosiva. Era una cosa chiquita fortachona, las piernitas de ponías, de las monroditas, todo el porte ya era una mini gimnastita. Entonces claramente se notaba una energía, digamos, súper clara que tenía que hacer más el deporte de la gimnasia artística. En vez de treparse a los muebles de su casa, ahora tenía un lugar a donde ir a ser sus piruetas. Y le encantaba. Pocos meses después de empezar, ya se estaba preparando para su primera presentación. Una rutina de suelo que había practicado una y otra vez, pero que se olvidó por completo minutos antes de salir a escena. Pero nadie se enteró, con ese inventé todo. Me acuerdo las danzas que hacían unos unas condulaciones hacia los postados, como los movimientos corios gráficos. Se acuerda y se ríe, porque se divertía. Para ir a todo era un juego. Estás claudida, su mamá. Así que esa era Gabi. Gabi disfrutaba de lo que hacían, no se achicaba y entendía que también era un juego, que también era su manera de expresarse. En los seis años, Gabi la ya empezó a competir oficialmente. Y para los siete consiguió el segundo lugar en un torneo, su primer podio. Tenía puesto una trusa, el pelo recogido en un moño, la cara maquillada. Suvi al podio con un ocito, con un perrito que tenía charles, eso yo me lo habá. Y si recuerdo cómo estás en sensación de "ah bueno, me fue bien, me subí a un podio, estoy buena en esto". O sea, también como una sensación de ser de expectativa alrededor. Una expectativa que venía más que nada de sus entrenadores, que ya la veían como una promesa de la gimnasia artística. Así que le propusieron a sus padres que empezara a entrenar doble turno, por la mañana y por la noche. En la tarde, entre medio iría a la escuela. Así todos los días de la semana, incluso los sábados y los feriados. El único día de escanzo sería el domingo. Poco a poco, toda la vida de Gabriela y su familia empezaría a girar en torno a la gimnasia. Que su comida, su horario de dormida, su horario levantaba su horario de escuela. Si podíe ir o no un cumpleaños, si podíe ir o no de vacaciones, ¿cómo se vestía? El mundo se entra en la gimnasia y su tras sus constelaciones giraban en torno de eso. Porque era el eje que disciplinaba todo el resto. Cuando a sus 12 años Gabriela ya formaba parte de la selección argentina, su mamá confirmó que todo el esfuerzo estaba alendo la pena. Esto parecía cosas serious. ¿Cómo vamos a desaprovechar? Semejante talento que teníamos en las familias. Así era como se veía. A partir de entonces, cada paso de Gabriela iría en dirección a una única meta. Prepararse para el siguiente torneo. Y en ese camino, Gabriela debería reunciar a muchas cosas, incluso aquello que le había llevado hasta ahí. Esta sensación de bueno, del disfrute, del juego, de que se me salía del cuerpo siendo algo así. Y en un momento, empezar a darme cuenta que como que había algo del juego que ya no me estaba pulsando, que se me había empezado a transformar a de otra cosa. Nuestra productora de neris casazuz produjo esta historia, aquí a neris. En sus largos días en el gimnasio, Gabriela empezaba a sentir que la presión le estaba ganando al juego. No es que siempre la pasara mal, no. Amaba la gimnasia. Pero el entrenamiento se estaba poniendo cada vez más duro, en muchos sentidos. Formas de cómo nos hablaban, me atrevieron un poco, me angustía todavía, viste como. Frases literales que nos decían, dale gorda, dale quesos, mongólica, quesos. No le decían explícitamente que no se le contaran a nadie, pero ella, al igual que sus compañeras, sabía que había cosas que era mejor callar. Habían algunas cosas que yo entendía, como bueno, lejitimas o naturalizadas que el deporte alto rendimiento era así, que la gimnasia era así. Si quería hacer una deportista de lit, tenía que soportar cualquier cosa, incluso el dolor, o sobre todo el dolor. Eso la haría hacerse entre comillas fuerte. Que te tengan haciendo abertura durante 5 minutos y que se te sienten arriba para abrir más las piernas y que vos te aguantes las lágrimas o que no, o que llores mientras lo se hisa haciendo como una cosa militarizada también. Ese tipo de situaciones se repetía infrecuentemente, pero hay un día en particular que le quedó marcado para siempre, porque fue, tal vez, el único día en que no cayó. Acababa de volver de unas vacaciones, estaba en el gimnasio tratando de recuperar el ritmo de entrenamiento, practicando en las paralelas. Estaba muy cansada, me acuerdo de me llamaba el cuerpo, estaba como llegando un límite que identifique que no, o sea que estaba como medio pasada. Y le dije a mi entrenador que no podía, que no podía más, que me estaban delindo mucho las manos, que tenía todas las manos abiertas con ampollas de sangre, o sea, era literal que los deían el cuerpo. Y mi entrenador ahí me dijo, bueno, no las más paralelas, andas a subir la cuerda, entonces. Y subir la cuerda es mucho más doloroso en las manos que hacer paralelas. Y no solo eso, subir la cuerda dentro del gimnasio era visto como un signo de castigo. De algún punto, tacitamente lo que sentí fue como a terrebelas, bueno, mirás si terrebelas esto pasa, como una cosa también de una manía obera psicológica. Pero Gabriela no dijo más nada en ese momento, hizo lo que le ordenó el entrenador y terminó el turno de la mañana, muerta del dolor. Cuando salió del gimnasio, su papá le estaba esperando en el auto. Y bueno, y me ve que me subo y que estaba mal, yo, pero yo no es lo primero que conté, viste como me tuvo que preguntar y me pregunta, ¿y chucho cómo te fue? Gabriela empezó a hablar de los colores que había obtenido ese día en cada uno de los aparatos. En paralelas había sacado rojo, la peor puntuación posible, una calificación que jamás recibía. Y cuando leió rojo, él me dice, "Uy, qué pasó?" y yo no pongo a llorar y me pongo mal. Y bueno, y le cuento toda esta situación. Y mi papá se quedó como peor peor callado y, bueno, llegamos a la casa y se encierra en un escritorio que nosotros teníamos en casa. Y ahí se ocuchó que lo llamaba por teléfono a mi entrenador y le dice, "Y recuerdo estas frases como "¿cómo le vas a hacer eso a la nena? ¿Pero tú estás mal de la cabeza? ¿Es una nena? Es un nasi, un nasi, animal y hijo de pústas, lo que dice. Y yo tipo, "Yo voy a la tarde toco volver a entrenar y a mismo tiempo gracias por estar haciendo esto". Es que a pesar de la situación, nadie en la casa dudaba que esa tarde Gabriela iba a volver a entrenar. Esta es otra vez clavía, su mamá. Hacemos ese maltrato llorando y masticando bronca, pero no abandonando. Nos subimos a un río que corría y el agua no fue llevando. No era evidente patiar el tablero y dejar. Ni para ellos, o sea, proponerme eso de una ni para mí menos que menos con todo el lm. Lo lo rinbón bante que termaban de los discursos de no, pero y el futuro y la representación de la bandera y Argentina y el país y la nación y el orgullo. ruso y era todo un proyecto de vida que venía formándose desde hace años con un sacrificio enorme. Así que no, había que seguir. Esa misma tarde, Gabriel ha volviado al gimnasio y siguió siendo como siempre, ocho horas al día. Pero sí notó un cambio desde que su papá llamó uno de sus entrenadores. Ya no la volvieron a castigar haciendo la subir a la cuerda. Sin embargo, había algo más útil que seguir estando ahí. La metafora de pasar el límite y de empujar y de hacerse fuerte y estos extremos estaba todo el tiempo. El mensaje permitió en la cabeza de Gabriela y así, haciendose fuerte, llegó a los sudamericanos, a los panamericanos, a los mundiales y a decenas de torneos dentro y fuera del país. Era apenas una niña de 12 años, pero en la televisión ya le preguntaba por su retiro. Se sabe, la carrera de una gimnasta es corta, demasiado corta. ¿Cuál es tu objetivo luego de la gimnancia? Bueno, yo por ahora, me estoy preparando para las olimpiedas. No sé, aquí ahora voy a dejar los cuantos años, no lo pienso por ahora, va a llegar a un punto que, bueno, mi cuerpo me va a decir que no, que no quiere más. Y bueno, y después no sé, formar una familia. Al ver ese video casi 30 años después, Claudia no lo puede creer. Como el cuerpo, una niña de agua de silbasta. Después empezó a lesionar. La traducción de esa imperexigencia fueron las secuencias lesiones. Hubo muchísimas, pero la peor, tal vez, fue cuando tenía 15 años. Gabriela se estaba preparando para un nuevo torneo. Practica un salto y acababa de determinar la última repetición que haría ese día. Caí para de caí bien, doy el paso y cuando doy el paso, como que el pie se me queda medio trabado. Con el colchón, él escuchó trastrata. O sea, como en tres fases. Y me agarró el tovillo, me diguenda y me había estallado algo adentro. Tenía una triple fractura de tovillo. Y la primera sensación es que todo ese mega esfuerzo y el mega entrenamiento y el foco y los objetivos y todo se desvanecía. Se caía. Me un momento para el otro se caía, se derrumbaba. Entonces, es una sensación de un desasociego muy, muy fuerte y también algo de un relato social porque, "ah, y no voy a llevar ese torneo". Entonces, "Va yro, trendo, se es pierdo mi espacio, pierdo mi lugar". O sea, no pensando en mi cuerpo, no pensando. O sea, no teniendo la escucha eso sino lo que significaba en términos de resultado de triunfo, de llegar a ese lugar. Y una vez que pasaba ese momento, por ejemplo, a la otro día o así, la sensación era de alivio. Era un pequeño elapsus de que bueno, no sé, como algo de la presión que se soltaba un poco. Y es loco sentir eso, porque al mismo tiempo estaba rota. Pero rota y todo igual le vi el gimnasio a seguir con su preparación física. Esa vez pasó varias semanas con reso y rehabilitación. Me parece una locura no haberle permitido estar mencionada en su casa, pero no lo vi en ese momento a ton ropa. Y a la vez me hacía correr en búsqueda de soluciones mágicas imposibles y hay inexistentes porque ellas, generalmente, tenía siempre adelante un compromiso con el que tenía que cumplir. Y entonces, como era una carrera de obstáculos, se superaba así, si obstáculos te quedaba en el camino. Mi viejo confiaba en lo que el médico decía, confiaba en lo que el entrenador decía o el dirigente decía. Y todos decían que, como fuera, tenía que llegar a la siguiente competencia, sin importar cuál. Una pausa y volvemos. En Nueva York, Lorena Borja será la protectora de latinas que han aprendido a sobrevivir tres veces, como mujeres trans, como el migrantes y como trabajadoras sexuales. Pero cuando ella murió, nadie va a poder llenar los zapatos de la señora Lorena Borja. Soy Rula Abilamonios, él les invito a un mundo ferós y brillante. Donde mujeres tres veces marginadas libran una cuarta batalla, no solo para sobrevivir tras la muerte de su madre protectora, sino para prosperar en un mundo lleno de amenazas, armadas de tacones, lentejuelas. Y si hace falta, un buen show de tequila. Escuchas central las reinas de Queens, como parte de mi cultura Podcast Network. En la Abde a Hard Radio, a podcasts, o donde sea que escuches sus podcasts. Estamos vuelta en Rayaambulante a Neri Escasasus, nos sigue contando. Un tiempo después de haberse recuperado de aquella lesión, Gabriel ha decidido cambiar de entrenadores. Sentía que había alcanzado un techo y que necesitaba un nuevo plan de trabajo. Tenía 16 años y le quedaba poco tiempo en las competencias de alto rendimiento. Yo a mis 18 más o menos me hizo el izado dejando mi carrera, porque en algún punto ya me empezaba a ser grande como para lo que arquetipicamente en ese momento eran las carreras de gino científico. Quería retirarse por la puerta grande, esa de la que tantas veces le habían hablado. Así que se puso una meta dos años. Prepararse para los juegos Panamericanos de Santo Domingo en República Dominicana y para el Mundial de Anaheim en Estados Unidos. Ambos en 2003. Durante toda su carrera, la alimentación siempre había sido un tema. Gabriel a lo supon y bien empezó cuando uno de sus entrenadores le llamó la atención a ella y a su mamá por haber llevado galletitas de chocolate para la merienda. Así que desde aquel momento sabía de memoria qué cosas podía comer y qué cosas no. Pero con el cambio de entrenadores todo en peoró, a medida que se acercaba la fecha de los torneos y empezaron a exigir que bajara 100 gramos por día. Así que cada vez que se subía la balanza, me sacaba las hevillitas de la cabeza, me cortaba las uñas o sea como tú una cosa extrema de no sé si hubiera podido sacar los dientes, me sacaba los dientes o sea. Básicamente dejó de comer, o se daba tracones y luego me metaba escondidas y así llegó a bajar 9 kilos en dos meses. Pero mi relato era que estaba divina, estaba flaca, que estaba linda, que era deseable, que estaba fuerte, potente, pero mi cuerpo me estaba diciendo que tenía calambres o sea yo estaba con calambres. Según momento en que para su mamá fue evidente lo que le estaba pasando a su hija, así que la llegó una nutricionista. Me dijo porque tienen hace con esta chica una norexica y ahí fue la primera vez que yo me di cuenta que ese entorno en Fuerma nos estaban formando todos. Pero nada iba alterar los planes de Gabriela, arrastrando los problemas de alimentación, siguió entrenando para esos dos torneos, serían la ola final de su carrera. Cuando llegó la fecha viajó, compitió y rindió, consiguió muy buenas puntuaciones y con ellos se despidió oficialmente de las competencias de alto rendimiento. Tenía 17 años, 64 medallas, 25 trofeos y más de 20 lesiones. Sentía que con toda su experiencia tenía que hacer algo, decidió estudiar para ser entrenadora, quería cambiar las cosas. Y también algo como el sentido de la justicia de podrías ir a decir, bueno, esto es importante que trabajando con niños se hagan de esta forma, no de esta otra forma, como sólo viví. Era una manera de no dejar el gimnasio, pero la vez habitarlo desde otro lugar. Se sumó un equipo de entrenadores para preparar aníneas de entre 9 y 13 años. Estaba entusiasmada, sentía que había muchas cosas por mejorar. Me pongo contenta porque siento que hay muchas cosas que estoy haciendo diferente, en términos que tienen que ver más como con el trato, con no destratar, ni maltratar. Estuvo entrenando a las niñas durante casi un año y medio, hasta que un día algo en su interior se quebró por completo. Y me acuerdo el día que entren crisis, que fue una anena que yo entrenaba, que estaba sufriendo muchos, muchos dolores de la espalda por lesiones importantes. Recuerdo como de verla, su vida, en la vida y de entender el dolor que estaba teniendo esa piva en la espalda. Fue como si recién en ese momento, viendo el sufrimiento de esa niña, tomara conciencia de las exigencias a las que había sometido a su propio cuerpo durante toda su vida. Lo que hasta ese momento había aceptado con naturalidad, ahora desde otro ángulo, si le hacían posible desoportar. En algún punto era tipo mi niña, mi gimnasia reciente diciendo "no, no, no, no, tiene que frenar, la tenemos que bajar de la vida en este momento y llevarla a su casa", o sea, tiene que frenar. Pero para el equipo de entrenadores del que ella formaba parte, frenar no era una opción, lo que les importaba era otra cosa. ¿Cómo vamos a hacer para que llegue al torneo? Ese es el norte y ese es el porqué y ese es el objetivo. Todo el otro sea como del rededor de eso. Así, con ese mismo método, ella había conseguido todas sus medallas y sin embargo ahora no le encontraba ningún tipo de sentido. Todas esas medallas, ¿a costa de qué? ¿Para qué? de la cual era con incitar a los niños a competir y que esa sea la trama que ordene todo lo que hay alrededor, dije, y no, pero yo acá no, o sea, no puedo dialogar con más nada. Si es con esto, con lo que estoy en las acuerdos, es con la médula final de la cuestión, me tengo que retirar. Su mamá recuerda muy bien a que ella etapa. Lo vivió con mucho sugerimiento, creo, porque ella pensaba que iba a revolucionar con sus pensamientos en el mundo del entrenamiento y se dio cuenta que sólo no podía. Así que después de aquel día en que entró en crisis, Gabriel empezó ir cada vez menos al gimnasio. Hasta que un día ya no volvió. Y siento que fue una tarde ser. O sea, como que en un momento, taca, taca, taca, como de apoco, cada vez menos, cada vez menos, cada vez menos, y no me acuerdo, se abbraba y le aginó, o sea, no me acuerdo el último día. El último día que fue el gimnasio, el primer día del duelo. Y eso fue lo más duro de todo, como el duelo identitario, porque a mí dejar el gimnasio me hizo feliz. Ahora, dejar de ser la gimnasta. Sí, fue muy doloroso porque yo era la gimnasta. Para mis compañeras, para mi familia, yo ocupaba ese rol en la sociedad. Así había sido durante toda su vida. Cada vez que había un acto en la escuela, le pedían que hiciera una coreografía. En cualquier reunión familiar, también. 16 años donde todo había sido en la gimnacia. Y la vida era gimnasta, después era persona. Y esa persona, quién era, debería empezar un camino para averiguarlo. En Nueva York, Lorena Borja será la protectora de latinas que han aprendido a sobrevivir tres veces. Como mujeres trans, como el migrantes y como trabajadoras sexuales. Pero cuando ella murió, Soy Rula Abilamonios, el asinbito a un mundo perós y brillante. Donde mujeres tres veces marginadas libran una cuarta batalla. No solo para sobrevivir tras la muerte de su madre protectora, sino para prosperar en un mundo lleno de amenazas, armadas de tacones, lentejuelas. En la abde a Hard Radio, a Popot Casts, o donde sea que escuches sus podcasts. Estamos de vuelta en raambulante a Neri's Casa Sus, nos sigue contando. La vida de Gabriela siempre había girado en torno a la gimnasia y ahora sin ni siquiera seguir como entrenadora se sentía perdida, sin saber muy bien dónde poner su tiempo y su energía. Quería probar cosas nuevas, pensar qué le gustaría ser. Se anotó en clases de tango y comenzó la carrera de arquitectura en la universidad. Le encantaba dibujar. De niña, los domingos, el único día que no entrenaba, se la pasaba dibujando. Podía pasarse horas y horas entre hojas y lápices de colores. Fue como "ah, mirá todo esto, lo yo tenía dentro y lo que pasé es que no tenía tiempo, no había habilitación, no había espacio". Su mamá también podía percibir por lo que estaba pasando. Fue sacarle la tapa la olla para que saliera toda la presión que había dentro y encontrar lo que quería hacer, donde lo quería hacer. Y eso fue el comienzo de un camino, porque tampoco se quedó ahí. Un camino que no les sería nada fácil, sobre todo por una cuestión en particular. Todo lo que iniciaba lo hacía con una única lógica. Mi dibujo será un tipo insoportablemente perfecto, eso se atuvo con un grado de porte alto rendido, que era insoportable y así terminé. Para fines de ese año comenzó a tener ataques de pánico y ansiedad, así que decidió empezar ir a terapia. En toda su carrera de gimnasta, nunca le había dado demasiada importancia a su celud mental, ni ella ni nadie de su entorno. Era algo de lo que no se hablaba demasiado. En enfrentarse a sí misma fue toda una novedad. Ese año fue un año de mucho dolor, de mucho aprendizaje, pero de mucha salud al mismo tiempo, se le abri la compuerta, bueno, a las emociones, a la sensibilidad, a lo no dicho, a lo culto. Estaba trabajando por fin sus problemas de alimentación y asimilando en perspectiva todo lo que había vivido. Todas esas cosas que había callado y naturalizado durante tanto tiempo, ahora las podía poner en palabras. Primero en terapia y después con sus padres, empezó a hablar, por ejemplo, del miedo que muchas veces había sentido haciendo un salto. O sea, no era miedo a que me vaya mal, en el torneo, a que me salga feo, el movimiento, o sea, era un miedo de romperme la cabeza. Nunca nos transmitió su miedo a la muerte de que lo cuenta ahora, nunca jabas. A mí, eso es una cosa que me provo que escalofrir. No lo tengo incorporado como le podía haber pasado a la vida. Lucha mucho tiempo contra la culpa y también en eso va a mi me ayuda a entender que no la culpa nuestra. Yo fuimos parte de un esquema en el que no teníamos otras herramientas para darlo hecho mejor. Gabriel no sentía nojo con ellos, lo se entendía, a los suyos y también a muchos otros padres con los que se había cruzado en todos esos años. Esas mamás y sus papás devaluaron, son superaustiadores y hay otros que no, y que por primera vez en su vida están teniendo un hijo con talento deportivo. Pero nadie les enseña a lidiar con eso. No saben cómo es la mejor forma de cuidarlos en ese ambiente y además la mayoría de los padres casi nunca entran al gimnasio. La consigna de los entrenadores es que cuanto más lejos estén mejor. En medio de todo este proceso entre la terapia, la arquitectura y el tango, Gabriel también llegó una escuela de circo. Se anotó para tomar clases de acrobacia. Creía que retomar el movimiento en otro ambiente podía ser interesante. El primer día se presentó con su nombre y no dijo mucho más. Pero yo me di cuenta en seguida que era una gimnasta por su biotipofísico, por su energía, por su forma de moverse. El Gerardo Ochman, el director de la escuela de circo en ese momento y también el profesor de acrobacia. Las clases en la escuela eran grupales, pero Gerardo trabajaba con cada alumno de manera diferente, de acuerdo a sus necesidades. Dentra entendió cuál sería el primer desafío de Gabriel. Ella también en ese momento se enfrentó con esta cuestión creativa de no tener un modelo, de no tener una rutina repetir si no algo hay inventar. La capacidad de improvisación, aquello que le nacían naturalmente a los cuatro años, le había perdido por completo luego de tantos años de estar enfrascada en los movimientos rígidos y precisos de la gimnase artística. Así que Gerardo empezó a trabajar en eso, a proponerle ejercicios que la sacarán del molde y funcionó. Ahí empezó, en algún punto también a dialogar mi gavi y de gimnasta chiquita, las exigiciones, las improvisaciones de lo que jugaba. A sus 20 años Gabriel estaba volviendo a jugar, a jugar usando su cuerpo. Gerardo recuerda que a veces le hacía correcciones para que los movimientos fueran más fáciles. Y ella es sorprendirse, ¿no? De decir, "Ah, qué fácil, lo que disfrutable y no me exige ese máximo muscular, ¿no?" Encontrar algunos modos de comportarse físicamente más amables también para el cuerpo y que hacen que, bueno, es que un cuerpo que vino como muy entrenado y también muy machacado, digamos, encuentre otro disfruto y otro placer en hacerlo y una manera más blanda. Gabriel ha logrado que, para ese momento, ya tenía algo claro. Además del espíritu de la competencia, quise dejar del lado la sensación de riesgo físico de lesión y de vida o muerte. En esta nueva etapa Gabriel la podía elegir. Evitaba la báscula o la cama elástica, por ejemplo. Cualquier ejercicio que comprometiera a su cuerpo. Prefería las acrobacias de suelo donde podía combinar todo su lenguaje corporal con la danza y el teatro. Y así muy pronto, el circo se convertiría para Gabriela en una especie de laboratorio, el laboratorio para construir su nueva identidad. El tipo de educación que tuve en la gimnasia, siempre esa devolución del bien, el mal, esto, lo otro flaco, gordo, prolijo, desprolijo, era algo que te decía a otro. No era una autopercepción. Yo esa autopercepción le empecé a construir en el circo. Yo empecé a sentir que, no, que al revés, había que estar un poco como cerrar, hacer fricuis, ser como poco fuera del sistema. Habéis tenido ese sentido, como bueno, tenés espalda grande. Mostrado espalda grande. Tenés esos rulos. No se que soltátelo, sus salos. Se no tenía que llevar el pelo tirante recogido en un muño, como había hecho durante casi todas las personas. su vida. Para Gabriela era todo demasiado diferente a lo que estaba acostumbrada. Tenía que cambiar por completo la lógica que dominaba su cabeza. Una lógica que su mamá también conocía muy bien. "Vos pensas que en la gimnasia, en aquel tiempo sobre todo, la calificación es al error, o sea, arrancan de nísiles, descuentan los errores, es tanto el tiempo mirando a ver en que se equivoca". En el circo, en cambio, se celebraban los logros. "Nobes que vos ingresasa a una familia artística, a adentro no hay competencia, hay solidaridad". Una solidaridad que no había sentido nunca. Por eso se quedó ahí tiempo completo. Fue como volver a recuperar una niña esperdida. Dejo arquitectura, empezó a participar en los espectáculos con sus compañeros y se anotó en la formación profesional de artes y recenses que tenía la escuela. Y para todos a su alrededor, era claro que ahora era otra. "Tua su creatividad volcada y adentro, estaba feliz de la vida, feliz". Me da la sensación que Gabri se refundó, que se recetió. Sin saberlo, Gabriela había encontrado en Gerardo al mejor profesor posible para acompañar su proceso. Él también había tenido un pasado como deportista profesional. Desde su infancia, durante 20 años, había jugado el bolé y era muy bueno. Pero un día rechazó la selección nacional para dedicarse al arte. En algún momento me di cuenta que no quería competir, como que no quería ganarle a nadie. Y entonces dejé esas deportistas. No es que haya sido una revelación de un día para el otro. Pero sí fue un proceso en el que me fui dando cuenta de que no quería ganarle a nadie. Algo pareció lo que sintió Gabriela cuando vio la nena sobre la viga. Gerardo podía entender claramente por lo que ella estaba pasando. Si recuerdo haberle dicho en algún momento que tenía que dejar de ser una ex gimnasta, con todo lo que tiene la carga de la palabra ex, más que la palabra gimnasta, no de ser un ex alguien y empezar a sumirse como una acrobata presente. No se trataba de renegar del pasado, sino de aprender de él, tomando lo que le servía y dejando atrás lo que ya no quería para su vida. Entendiendo también que pueden ser muchas las cosas que definen nuestra identidad. Y que una identidad se define cada día con lo que hacemos y cambia, siempre cambia. Y eso estaba bien. O algo que yo terminé también como desanar de mi cuerpo en el ambiente de Sirco Mucho. Dentro de ese mundo rápidamente, tuve un lugar singularizado en ese ecosistema. Fue un lugar en donde encontré mucha identidad. Pasé de ser la gimnasta a la acrobata. Y ya no tendría ningún torneo al que llegar. Gabriela Parigi escribió y protagoniza "Conseagrada", una obra de teatro biográfica en donde narra su experiencia en la gimnacia de alta competición. Llegó a presentarla en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo de la Argentina donde entrenan deportistas de todo el país. El mismo lugar donde todos los días la pesaban, perver si había bajado los 100 gramos. Anerys Casasuz es productora de rá de un volante y vive en Buenos Aires. Este episodio fue dictado por Camila Segura e por mí, Bruno Celsa hizo la verificación de datos. El diseño sonidos de empresa Spirity con música de Anaturan, Rémi Losano y Andrés. El resto del equipo de radioambulante incluye a Paola Leán, Adriana Bernal, Diego Corso de Milia Arbetta, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Sara Celvo Ortiz, Samantha Pro Año, Natalia Ramírez, Juan Pablo Santos, David Rugillo, El Saliliana Uyóa, Luis Fernando Vargas y Mariana Súñiga. Carolina Guerrero es así yo. Radioambulante es un podcast de radioambulantes estudios, se produce se mezcla en el programa "Gending Work Pro". Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apoyenos a través de "Ambulantes", nuestro programa de membresías. Visita radionbulante.org/donar y ayuden a seguir narrando la región. Radioambulante cuenta de las historias de América Latina, soy Daniel Alarcón, gracias por escuchar. En Nueva York, duré en aborjas protege a latinas que han aprendido a sobrevivir tres veces. Escuchas central las reinas de Queens, en la UPDEP, a podcasts o donde sea que escuches tus podcasts.

Podcast Summary

Key Points:

  1. Gabriela Parigi comenzó la gimnasia artística a los 4 años, destacando por su energía y talento, y a los 7 años ya ganaba medallas.
  2. Su entrenamiento de alto rendimiento implicaba doble turno diario, presión constante, maltrato verbal y físico, y sacrificios personales desde niña.
  3. A los 12 años formó parte de la selección argentina, sufrió lesiones graves (como una triple fractura de tobillo) y desarrolló trastornos alimenticios para cumplir metas.
  4. Se retiró a los 17 años con 64 medallas y 25 trofeos, pero con más de 20 lesiones y un quiebre emocional.
  5. Tras intentar ser entrenadora, tuvo una crisis al ver el sufrimiento de una niña, lo que la llevó a abandonar la gimnasia por completo y buscar su identidad fuera del deporte.

Summary:

La historia de Gabriela Parigi, una exgimnasta argentina de alto rendimiento, revela el lado oscuro del deporte competitivo. Desde los 4 años, su vida giró en torno a la gimnasia, con entrenamientos agotadores de ocho horas diarias, maltrato psicológico por parte de entrenadores (insultos como "gorda" o "mongólica") y castigos físicos, como subir la cuerda con manos ampolladas. A pesar de su talento y logros (64 medallas y 25 trofeos), sufrió lesiones graves, una triple fractura de tobillo a los 15 años, y desarrolló trastornos alimenticios inducidos por la exigencia de bajar peso.

Su retiro a los 17 años fue forzado por la presión y el dolor acumulado. Al intentar ser entrenadora, una crisis al ver a una niña con dolor de espalda la hizo cuestionar el sistema que normaliza el sufrimiento. Finalmente, abandonó la gimnasia, enfrentando un duelo identitario profundo: ya no era "la gimnasta".

Buscó nuevas pasiones, como el tango y la arquitectura, redescubriendo su creatividad y su propia identidad fuera del deporte. La narrativa critica la cultura de sacrificio extremo y la falta de bienestar en el alto rendimiento, destacando la necesidad de un cambio en el trato a los atletas jóvenes.

FAQs

El podcast narra la historia de mujeres trans latinas en Nueva York que luchan por sobrevivir y prosperar tras la muerte de su protectora, Lorena Borja.

Gabriela Parigi es una ex gimnasta artística argentina que compitió desde los 4 años hasta los 17, logrando 64 medallas y 25 trofeos.

Sufrió maltrato verbal y físico, como insultos ('gorda', 'mongólica') y castigos como subir la cuerda con las manos lastimadas, normalizados por la cultura del alto rendimiento.

Desarrolló trastornos alimenticios, múltiples lesiones (como una triple fractura de tobillo) y perdió el disfrute del deporte, priorizando los resultados sobre su bienestar.

Al ver el sufrimiento de una niña con lesiones, se dio cuenta de que el sistema priorizaba las competencias sobre la salud, lo que la llevó a dejar la gimnasia por completo.

Estudió arquitectura, tomó clases de tango y redescubrió su pasión por el dibujo, buscando una nueva identidad más allá de ser gimnasta.

Chat with AI

Loading...

Pro features

Go deeper with this episode

Unlock creator-grade tools that turn any transcript into show notes and subtitle files.