La historia de Alejo y Mimi es una mezcla poética y científica que explora la conexión entre la anatomía, la naturaleza y el pensamiento humano. Alejo, un profesor de ciencias naturales, encuentra un hueso que considera parte de un glíptodonte pampeano, y a través de su análisis, se adentra en una reflexión sobre la estructura del cuerpo y la movilidad de los esqueletos. Mimi, una figura mística y curiosa, aparece como un símbolo de la imaginación y la comprensión del cuerpo humano, capaz de simular movimientos y entender las articulaciones como si fueran mecánicas. Durante una visita al museo, ambos exploran las exhibiciones de animales prehistóricos, especialmente el esqueleto de una elefanta muerta, que despierta emociones profundas y simboliza la vida que parece reanimarse en las vitrinas. A lo largo del relato, se cuestiona el valor de la ciencia frente a la imaginación, se revela la fragilidad del conocimiento humano y se destaca la belleza de las conexiones entre el cuerpo, la naturaleza y la memoria. La historia concluye con una sensación de renovación: el universo deja de parecer una masa confusa y se estructura en un entramado de significados, mientras Alejo y Mimi, en un abrazo al final, cantan un tema de amor y se encuentran con la vida reanudándose en la naturaleza. Es una narración que combina humor, melancolía y esperanza, mostrando cómo la ciencia y el arte pueden coexistir en una búsqueda de verdad.
[Música]
Cuentos de media noche.
[Música]
El cuento de hoy se titula ciencias naturales y pertenece a Emma Wolff.
[Música]
Hay tormenta en el vinagre, cantó alejo, cuando vio entrar a la sala a su jefe, el profesor,
y comprobó cuán ácida traía la careta, ya habitualmente ácida, que Dios le había puesto
el día que nació.
Venía acompañado de una cacatúa de su especie, otra profesora, con la que se lamentaba por
la falta de presupuesto para conservar huesos en este país.
Tema que le revolvía la vilisa hasta el fondo, no obstante lo cual conducía a su colega
delicadamente sujeta por la visagra del codo, cuidando de no dejarse llevar por su arrebato
y quebrarla.
Los dos pasaron al lado de alejo, la cacatúa a punto de llorar por la falta de presupuesto.
El profesor lo agasajó con una mirada de "para cuando el armadillo inútil" y con
sólo a su amiga. En efecto, cuatro meses llevaba alejo, montándola osamenta de un glíptodonte
panpeano, para descubrir ahora casi en el final, que les obraba un hueso.
Jamás le diría al profesor que les obraba un hueso.
Los animales prehistóricos deberían venir como los "puzzles" o "puzzles" con un dibujo
en la tapa para orientarse. Pero no, todos llegaban a él como retazos de chatarra fósil
y ahora "tontín arreglátelas para armar esto". El profesor se ponía el loco si faltaba
una pieza y peor si sobraba, maldita costumbre de cavar. Cuando los otros se esfumaron
como dos nueces amargas, alejos sacó por enésima vez el hueso del bolsillo, lo soplo, siempre
soplaba los huesos. Parecía una vertebra. Sería una vertebra, porque de la cabeza no era.
Alas no tenía el animal. Las patas estaban completas. De haber sido el objeto un poco
queratinoso, sólo un poco, Dios habría pasado por un hueso espontáneo y el armadillo
por un ejemplar único. Pero ni él ni el armadillo tenía suerte, volvió a soplar el hueso
y lo guardó. Miró el reloj. Por ese día, ya eran las cinco, hora de irse.
Miró el mameluco de enterrador y salió del museo por la puerta de atrás. Obitió
el parque, rodeó la hilera de tipas y tomó por la avenida con rumbo noroeste.
El hueso le pesaba en el bolsillo. Mucho más, la idea de que le hicieran desarmar
el gliptodonte para descubrir el desperfecto. No era la primera vez, sin embargo, que les
sobraban huesos. A punto, con las piezas sobrantes estaba armando en su casa un animal bastante
interesante. Anfibio, naturalmente, se llamaba "carnoto". Un año más en ese empleo
y estaría terminado, paladeaba la idea de enterrarlo un día, desenterrarlo al mes y armar
un surriburri en la grey de paleontólogo y que fueran a pedir explicaciones a la tumba
de ameguino. La tarde, apasible, lo inspiró para agregar detalles novedosos en ese tema suyo,
la venganza de carnoto, compuesto para batería y soplete. Lo siguió un perro. La melodía
viró hacia "también tu serás un fósil" y eso lo deprimió de muerte. A las pocas cuadras
no toque él estaba siguiendo al perro. Uno de los dos movió la cola y el otro meó en
un árbol. La vida retornaba. El perro giró en una esquina, alejo, obediente. Y ete aquí
que un circo. Divina bestia viva, justo lo que él necesitaba en ese momento, que alguien
lo llevara al circo, casi besa al perro. El circo ocupaba media manzana. Alejo lo imaginó
resistiendo los bombardeos de las fuerzas combinadas bajo el sitio de Sebastopol, lugar
donde probablemente había contraído tanto agujero en la lona, peladura y sarna. Se mantenía
en pie gracias a un decoroso, envolvente olora jaula. El perro se despidió en la puerta
misma, junto al cartel que anunciaba el gran número de "mimí la elástica". Alejo
compromaníes. Su turno de entrar. Se sentó en la primera fila con una agradable sensación
de peligro, moriría sobre el acerrín si lo hacían entrar a la pista como voluntario.
La función empezó. Un tipo con un diente de oro dio la bienvenida al respetable público
y prometió números excepcionales. Lo escoltaban un peligrojo y 12 quases que hicieron
juegos malavales, biscos de tanto entrenamiento. Aparentemente los juegos consistían en tirar
palos de bowling a la aire con el propósito de recogerlos y volver a tirarlos. Perfecto.
Se fueron corridos por los aplausos para dejar paso a los conejos aritméticos que resolvieron
cálculos complicados, asquerosos los maníes.
El gran merlino sacó varias gallinas blancas de una sopera. Fue desalojado por dos focas
que aplaudían algo. Trepó una gorda a un cable y caminó hacia adelante y hacia atrás.
Alejo temió por el cable. Puedo la gorda se fue, instalaron una jaula presumiblemente
para encerrarla por si volvía a perjudicar el cable. Nada de eso era el momento del león.
Alejo no recordaba que faltara de la sala africana, pero allí estaba solo que más quieto
y sin un ojo de vidrio. Seguramente el guardián lo alquilaba fuera del horario de visitas.
Estuvo a punto de gritar que tuvieran cuidado con el relleno de estopa, pero ya se los llevaban
los camisieros. Un bandolero trató en vano de acuchillar a su mujer que gritaba atada
a una rueda. Tres payazos se pegaban con guantes de hule cuando apareció un oso Gisley
que rodeó la pista caminando con las manos. Por la sorpresa de los payazos no debía tener
nada que ver con el circo. El tipo del diente de oro reapareció para anunciar. Ahora
sí la esperada actuación de Mimi Laelástica, figura internacional como el león africano
pensó a Alejo que llegaba de tierras remotas para deleitar al exigente público argentino.
Trompetas ella. Alejo sintió que sus maxilares, acomodados hasta ese momento para la misión
de triturar maníes, se separaban para siempre obligándolo a mantener la boca abierta. De
ahí que cuando Mimi se presentó con tres vueltas en el aire, temió comersela.
Las trompetas comprendía estaban sonando para anunciar su apocalipsis personal, su fin
del mundo envuelto en lentejuelas. Los maníes rodaron bajo la butaca. Alejo se preparó
para que lo regaran los angelitos. Entonces ella exhibió sus artes, contorsionó del cuerpo
hasta transformarse en una flor del campo y acto seguido en una araña celeste. Se hizo
círculos y triángulos y sóceles. Escondió el mentón entre la suela de los escarpines,
me posó la nuca en los tobillos. Arrojó besos desde la espalda, se plegó en dos, en tres,
en cuatro, en siete. Nada hay que se pliegue en ocho, para volver luego a su estado natural
perfecto. Adoptó la forma de los animalitos del bosque. Compuso letras intensamente cursivas
hasta completar el alfabeto cuando se hizo cochecito de bebé, a fin de pasearse sola por
la pista. A lejos se tapó la boca con las rodillas para sofrir.
frenar el grito de la especie.
Entró un fallazo con un maletín de mano, Mimi, saltó graciosamente, y el fallazo
se la llevó.
A lejos se quedó hasta el final de la función, pero con los ojos cerrados.
Cuando salió a la vereda oscurecía, rodeó la carpa y se metió en los intestinos
del circo.
No sorprendió que nadie lo interceptara porque estaban todos muy atareados, desmontando
el espectáculo y además se había vuelto invisible.
Pasó frente a las jaulas de los conejos aritméticos y las focas festivas.
¿Cuánto animal moderno y cerebrado?
No, como los que él frecuentaba.
El oso Jrizli lo siguió cabez a abajo apoyando las manos en el exacto lugar donde él
apoyaba los pies.
Serió vuelta para encararlo y de pronto se encontró siguiendo al oso, que lo condujo
entre los carromatos y desapareció frente a uno pintado de celeste, oso bendito.
A lejo golpeó la puerta.
Le hablaría a mimí de vertebras, considerando el oficio de uno y otra era un buen tema
para articular una conversación tan bueno como cualquiera, a menos claro que ella no
estuviera, en cuyo caso el encuentro lamentablemente tendría que postergarse para otra ocasión,
o para nunca, dado que los circos hoy están y mañana no, se acordó de la última visita
al dentista.
Adelante, dijo una voz dulce, sin embargo, entró, transpiraba por la lengua como los cánidos.
Sobre una mesa estaba el maletín cerrado.
Me peino y salgo, dijo la voz guardada adentro.
Pasó un siglo y medio.
El maletín sobre la mesa se abrió, emergieron el flequillo, las pulseras, la remerita rallada,
los pantalonsitos apretados, las zapatillas y todo el conjunto por fin salió afuera.
Con increíble garbo, brotaron de la boca de alejo todas las lecciones aprendidas sobre
el sistema osteoartromuscular de los mamíferos.
Deliberadamente se demoró en la consideración de los bípedos humanos, y en particular
del tronco, por ser este el portador de la columna vertebral, 33 o 34 huesos, que mimía
arqueaba con tanta desenvoltura, donde apoyaba ella el secreto de la torción, en las verdes
sobre aservicales o en todas juntas a un tiempo. Maravillosa ocupación la suya, la de él en cambio,
estaba condenada a todas las rigideses.
No sabía ella lo que significaba montar el espinazo completo de un megaterio sin disfrutar
jamás de la satisfacción de verlo andar, triscar por los pastos y dar vueltas de carnero.
Mi milo comprendía. Era su caso el de una niñita que durmió en la cuna hasta los 14
años, y pasó muchas horas escondida en el costurero de su abuela para evadir la escuela.
Si a eso se suma el hábito de dibujarse paisajes complicados en la planta de los pies,
todo ello forjó una habilidad para el plegamiento que, como se ve, no fue inata sino adquirida.
Alejo le escuchó embellizado. Seguramente, además, ella tenía el esternón de ceda.
Siguieron hablando de plegamientos. Más tarde la conversación descendió hasta las articulaciones
de los miembros inferiores, que tampoco dispuestas a la torción se muestran a veces.
Alejo le contó el problema de su vertebra. Suya no, en realidad, sino del gliptononte
pampeano, tal vez ella pudiera ayudarlo. ¿Quieres venir al museo?
Voy, tiro de Dios al arco. El único obstáculo era el guardián nocturno, al no ser empleada
ni fósil, ni embalzamada recientemente, no la dejaría entrar a desoras.
Entonces ella saltó dentro del maletín. Alejo discurrió por las veredas oscuras en
estado de fina levedad. Le acariciaban la frente las ramas de los árboles y notó que
se desplazaba a 50 centímetros de las baldosas, tan liviana, manual, sencilla de transportar
era mimí. Se acordó de cuando mudaron adino de sala. Como era posible que en el mismo
universo hubieran más todontes y mimí, seres de caño como el profesor y juncos delicados.
Todo es una espantosa confusión y él en el medio. Una pareja hizo un alto tras el trongo
camuflado de un plátano. Alejo acarició el maletín.
Ajunto a la reja del museo lechistaron desde el frontispicio dos lechusas de piedra.
Ojo, alejo. El guardián abrió la puerta, venía del milenio anterior. Don Herrera, tengo
que terminar el armadillo para el día del animal. El otro lo acompañó al rincón de la
sala baja donde reposaba el fósil en tinieblas. Encendió una lámparita pelada.
Cuando alejo estaba a punto de recriminarlo por el alquiler del león, ya se había ido.
Abrió la balija y salió mimí. Gloriosa. Con la ropita rugada, hizo un par de flexiones
de estiramiento apoyando las orejas en las rodillas como quien escucha la música de sus rótulas.
Alejo le mostró el armadillo con orgullo de fabricantes, sacó el hueso del bolsillo, se lo dio.
Mimi sopló el hueso. Primero se deslizó entre la osamenta doblándose y desdoblándose en tareas
de reconocimiento, hasta imitó los posibles movimientos del animal, bastante sinuosos,
según su imaginación. Enseguida aprendió un trabajo de mecánica ligera, tratando de encajar
la pieza, se escurrió por los costados y por debajo del armadillo. Cuando alejo labió asomar
las patitas debajo del chasis, sintió que capitulaba. Nada. Eso no iba a ningún sitio.
Tampoco era repuesto o accesorio. Mimi lamentó tanto no poder ayudarlo que él se vio en la
obligación de consolarla. La tomó suavemente por el codo. ¿Qué tal si visitaban los
vertebrados autóctonos del primer piso? Treparon la escalera gateando en perfecta oscuridad.
Arriba se ocultaban seis salas, sin contar el cuarto de las escobas. Arrasón de 42 vitrinas
cada una, incluyendo las del laboratorio de calcos. Frente a cada vitrina, alejo encendió un fósforo.
Mimi escuchaba explicaciones hasta que él se quemaba a los dedos. Bien, pasemos a la vitrina
siguiente. El recorrido acabó con la deliberación junto a una pieza fuerte. Delante del esqueleto
de Margarita, la elefanta Marina Muerta de Amor, en el Sológico Municipal cuando promediaba
la primavera del año 35, Mimi lloró, apoyó la cabeza en el pecho de él. Ese misterio.
Alejo le acarishó los parietales bajo el perolacio. Acto seguido recorrió el occipital descendiendo
hacia los homó platos suavecitos. Después la abrazó completa y tuvo ocasión de verificar
el alineamiento perfecto de las costillas. Así se estuvo hasta que sintió claramente que empezaba
a morir. Y mientras él moría, lo que son las cosas, la elefanta, resucitaba. Y con
ella las aves polvorientas, los oscelotes de cuero apolillado, los escarabajos fosforecentes,
los roedores y los monos pelones, los sapos escavechados, las víboras puestas en frascos como
pícles y toda la fauna nativa desde el bosque chaqueño hasta las estribaciones patagonicas
parecía dispuesta a salirse de las vitrinas, cada espécie vociferando sus derechos en su idioma.
Todos renacían, pero él moría torpe como un elefante. Y Mimi con él.
ahora más tarde resbalaron por el pasamanos de la escalera, perfectamente vivos, atrás
quedaba un tendal de animales sin futuro. El glip codonte del piso bajo estaba de nuevo
a oscuras, pero en el fondo de un pasillo lateral asomaba la luz de la cocina, caminaron
felices hacia allá. En ese momento el guardián retiraba la olla del fuego, la puso en
el centro de la mesa tendida para tres. Se sentaron a comer guiso de rabo. Alejo chupó
un hueso y descubrió que era igual al que llevaba en el bolsillo. Miró al guardián con
el alma sublevada. Estaba a punto de decirle que debía ser más cuidadoso con los restos
de la comida, pero el otro lo interceptó con una mirada nacida en el fondo de la sabiduría
terciaria y alejo optó por permanecer mudo. No pudo evitar un escalofrío. Calculó
cuantos sobrantes de aves y ganadería habrían ido a complementar los esqueletos de los
dignos saurios a lo largo de 35 años de servicio. Charlaron de muy diversas cosas. El guardián
contó una historia que empezaba en la guerra de crime a un soldado turco. Quieren conocer
a Carnoto. Salieron los tres por la puerta principal. Marcharon a la par aspirando el perfume
de las tipas que bordeaban la reja, alejo y mimí abrazados, el guardián con el maletín.
Encararon al parque en dirección al lago por el puro gusto de despertar a los patos. Soplaban
brisas de buenos pronósticos. Bajo la luz cada vez más decidida las cosas de este mundo
iban tomando formas nítidas para alejo. Los ingredientes, desparramados, encontraban
su lugar. Algunos enigmas del arcano pobre estarían a punto de resolverse. El universo dejaba
de ser una morcilla basca. Los patos de la orilla, arrancados del sueño, iniciaron el despul
de matinal. Eres inocente cuando deliras, cantó alejo, último tema y besó a mimí.
Cuentos de medianoche. Selección Pancho Mondino. Idea y lectura. ¿Qué empezó a?
[Música]
Podcast Summary
Key Points:
Alejo, un profesor de ciencias naturales, encuentra un hueso en su bolsillo mientras recorre el museo, lo cual lo lleva a reflexionar sobre la estructura y movilidad de los esqueletos prehistóricos.
El hueso, inicialmente pensado como una vértebra, pertenece a un glíptodonte pampeano, y Alejo lo estudia con emoción, si bien nunca le revela a su colega que es un hueso verdadero.
Mimi, una figura misteriosa que aparece en forma de sombra o dentro de un maletín, desarrolla una habilidad única para imaginar y manipular movimientos corporales, como si fuera una experta en anatomía.
Durante su visita al museo, Mimi y Alejo exploran juntos las exhibiciones de vertebrados, y en un momento clave, lloran al frente del esqueleto de una elefanta muerta, que simboliza la vida que renace en las vitrinas.
El encuentro entre Alejo y Mimi despierta una profunda conexión emocional y intelectual, ligada a la comprensión del cuerpo humano y la naturaleza de los movimientos anatómicos.
La historia se desarrolla entre el realismo y el místico, con elementos de humor, ironía y reflexión sobre la pérdida de la naturaleza y la cultura científica.
A lo largo del cuento, Alejo y Mimi descubren que el universo es más complejo que parece, y que cada elemento tiene un lugar, un propósito y una historia oculta.
La finalización del cuento se encuentra en una reconciliación entre lo real y lo imaginario, donde el cielo, la vida y la ciencia se entrelazan en una narrativa de esperanza y descubrimiento.
Summary:
La historia de Alejo y Mimi es una mezcla poética y científica que explora la conexión entre la anatomía, la naturaleza y el pensamiento humano. Alejo, un profesor de ciencias naturales, encuentra un hueso que considera parte de un glíptodonte pampeano, y a través de su análisis, se adentra en una reflexión sobre la estructura del cuerpo y la movilidad de los esqueletos. Mimi, una figura mística y curiosa, aparece como un símbolo de la imaginación y la comprensión del cuerpo humano, capaz de simular movimientos y entender las articulaciones como si fueran mecánicas.
Durante una visita al museo, ambos exploran las exhibiciones de animales prehistóricos, especialmente el esqueleto de una elefanta muerta, que despierta emociones profundas y simboliza la vida que parece reanimarse en las vitrinas. A lo largo del relato, se cuestiona el valor de la ciencia frente a la imaginación, se revela la fragilidad del conocimiento humano y se destaca la belleza de las conexiones entre el cuerpo, la naturaleza y la memoria. La historia concluye con una sensación de renovación: el universo deja de parecer una masa confusa y se estructura en un entramado de significados, mientras Alejo y Mimi, en un abrazo al final, cantan un tema de amor y se encuentran con la vida reanudándose en la naturaleza.
Es una narración que combina humor, melancolía y esperanza, mostrando cómo la ciencia y el arte pueden coexistir en una búsqueda de verdad.
FAQs
El cuento se titula 'Ciencias naturales' y fue escrito por Emma Wolff.
El hueso representa un fragmento fósil del glíptodonte panpeano, que Alejo ha estado intentando reconstruir durante meses.
El profesor se enoja porque considera que cada pieza es crucial y que el desorden en la reconstrucción de fósiles es una maldita costumbre de cavar.
Alejo crea un anfibio que llama 'Carnoto' porque se inspira en la venganza de un animal prehistórico que desea ser descubierto.
Mimi La Elástica realiza una actuación sorprendente, contorsionándose y transformándose en diferentes formas, lo que deja a Alejo atónito y emocionado.
Mimi lo prueba soplando y moviéndolo para reconocer sus posibles posiciones, pero no logra encajarlo en el armadillo, lo que lleva a Alejo a reflexionar sobre la naturaleza de los esqueletos.
Chat with AI
Loading...
Pro features
Go deeper with this episode
Unlock creator-grade tools that turn any transcript into show notes and subtitle files.