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'Caperucita en Manhattan', un cuento sobre el miedo y la libertad

54m 56s

'Caperucita en Manhattan', un cuento sobre el miedo y la libertad

El episodio del podcast presenta "Caperucita en Manhattan" de Carmen Martín Gaite, una novela publicada en 1990 que reinterpreta el cuento clásico como una fábula urbana y de crecimiento. La historia se centra en Sara Allen, una niña de 10 años que vive una vida rutinaria en Brooklyn con sus padres, una madre obsesionada con hacer tartas de fresa y un padre fontanero. Sara encuentra un escape en su abuela Rebecca, una excantante de music hall que vive de manera bohemia en Manhattan y encarna la libertad y la rebeldía. Influenciada también por el misterioso librero Aurelio, quien le regala libros y un plano de Manhattan, Sara desarrolla una obsesión por explorar la isla y la Estatua de la Libertad, que en el relato cobra vida mágica. La trama sigue su despertar hacia la autonomía, contrastando la imaginación y el deseo de aventura de Sara con los miedos y convenciones del mundo adulto. A través de símbolos como la receta de la tarta (que resulta no ser tan secreta) y la palabra inventada "Miranfú" (que anticipa sorpresas), la novela explora temas como la búsqueda de la identidad, el poder de los sueños y el coraje para elegir un propio camino hacia la libertad.

Transcription

9311 Words, 50521 Characters

Spanish
Ser Podcast Un libro una hora, dirigido por Antonio Martínez Asemcio. Bienvenidos al Podcast de un libro una hora. En este episodio os vamos a contar "Caperucita en Manhattan" de Carmen Martingaite. Carmen Martingaite nació en Salamanca en 1925 y murió en el año 2000, en Madrid. Es una de las escritoras más importantes y galardonadas de nuestra literatura y una de las más destacadas representantes de la generación de la posguerna. Publicó su primera novela "El Valneario" en 1955. De sus novelas hay que destacar entre visillos que fue premio nadal en 1958, ritmo lento, retahilas, fragmentos de interior, el cuarto de atrás, novosiedad variable, lo raro es vivir, irse de casa y su novela postuma. Los parentescos. Escribió también, pues sí, a relatos, teatro y ensayos entre los que destacan usos amorosos de la posguerra española o el proceso de Macarafe. Recibió los premios príncipes de Asturias en 1988 y el nacional de las letras españolas en 1994. Publicó "Caperucita en Manhattan" en 1990. Es un cuento mágico de crecimiento, de descubrimiento, que nos habla de la libertad, de las elecciones que tenemos que hacer en nuestra vida, del miedo que a veces nos impide avanzar de la capacidad de ver de otra forma, la realidad. Vamos allá. La ciudad de Nueva York siempre aparece muy confusa en los Atlas geográficos y al llegar se forma uno un poco de lío. Esta compuesta por diversos distritos, señalados en el mapa callejero con colores diferentes, pero el más conocido de todos es Manhattan, el quimpón es su ley a los demás y los en pequeñece y los deslumbra. Mucha gente se cree que Manhattan es Nueva York, cuando simplemente forma parte de Nueva York. Una parte especial, eso sí. Se trata de una isla en forma de jamón, con un pastel de espinacas en el centro que se llama Central Park. Vigilando Manhattan, por la parte de abajo del jamón, hay una islita con una estatua enorme de metal verdoso que lleva a una entorcha en su brazo levantado. Es la estatua de la libertad. Por las noches, aburrida de que les saque en tantas fotos, se huerme sin que nadie lo note. Y entonces, empiezan a pasar cosas. Y es que cuando la estatua de la libertad cierra los ojos, les pasa a los niños sin sueño de Brooklyn la entorcha de su vigilia. Pero esto no lo sabe nadie, es un secreto. Tampoco lo sabía Sara Allen, una niña pecosa de 10 años que vivía con sus padres en el piso 14 de un bloque de viviendas bastante feo Brooklyn adentro. Su padre, el señor Samuel Allen, es fontanero y su madre, la señora Vivian Allen, se dedica por las mañanas a cuidar ancianos en un hospital del aderillo rojo rodeado por una verja de hierro. Cuando volvi a casa, se meten la cocina a hacer tartas, que es la gran pasión de su vida. La que mejor les sale es la defresa, una verdadera especialidad. Tan orgullosa está de su tarta de fresa, que nunca le ha querido dar la receta en ninguna vecina. Siempre dice que cuando se muera dejará dicho en su testamento donde guarda la receta verdadera para que Sara pueda hacerse a sus hijos. Pero Sara Allen no quiere tener hijos ni piensa hacer nunca tartas de fresa. Lo que ella quería de mayor era ser actriz y pasarse todo el día tomando ostras con champagne y comprandos abrigos con el cuello de armiño, como uno que llevaba de joven su abuela revéca en una foto que estaba al principio del álbum familiar. Y que Sara le parecía la única fascinante. Revéca a Little, la madre de la señora Allen, se ha casado varias veces y ha sido cantante de music hall. Su nombre artístico era Gloria Star. Sara lo ha visto escrito en algunos viejos programas que su abuela le ha enseñado. Ahora, revéca a Little, no lleva acueños de armiño, vive sola en Manhattan por la parte de arriba del jamón en un barrigo más bien pobre que se llama Morningside. Es muy aficionada al licor de Perafuma, tabaco de picadura y tiene un poco perdida de la memoria porque a fuerza de no contar las cosas, la memoria se oxida. Su hija, la señora Allen y su nieta, Sara, iban todos los sábados a verla y ordenarle un poco la casa porque a ella no le gustaba limpiar, ni recoger nada. Se pasaba el día leyendo novelas y tocando foxes y blues en un piano negro muy desafinado. Así que por todas partes, si apilaban los periódicos, las ropas sin colgar, las botellas vacías, los platos sucios y los tenizeros llenos de colillas de toda la semana. La abuela nunca va a ver los abruclín, y los llama por teléfono. Y la señora Allen se queja de que no quiera irse a vivir con ellos para poderla cuidar. La señora Allen siempre estaba runtando catastrofés. Pero el señor Allen, que llama siempre a su suegra esa, dice que esa les enterrará a todos. La desprecia porque fue cantante de míose Joll y ella él porque les fontanero. De eso, y de otros asuntos familiares, se entera Sara porque su dormitorio y él de sus padres están separados por un tabique muy fino y alguna noche los oye discutir. Pero Sara les escucha sobre todo para ver si sale a relucir el nombre del señor Aurelio. Aurelio era un señor que por entonces vivía con la abuela. Pero Sara nunca lo llegó a ver. Sabía que tenía una tienda de libros y juguetes antiguos cerca de la catedral de San Juan el divino. Y a veces le mandaba algún regalo por medio de la señora Allen. Por ejemplo, un libro con la historia de Robinson Crusoe al alcance de los niños. Otro con la de Alicia en el país de las maravillas y otro con la de Caperucita Roja. Fueron los tres primeros libros que tuvo Sara, aun antes de leer bien. Sara antes de saber leer bien, aquellos cuentos les añadía cosas y les inventaba a finales diferentes. La vigneta que más lo gustaba era la que representaba el encuentro de Caperucita Roja con el lobo en un claro del bosque. El lobo tenía una cara tan buena tan de estar pidiendo cariño que Caperucita, claro, le contestaba fiándose de él con una sonrisa encantadora. Otro regalo que trajo un día a la señora Allen de parte de Aurelio fue un plano de Manhattan. Sara piensa en Aurelio muchas veces con esa mezcla de emoción y curiosidad que despiertan en nuestra alma los personajes con los que nunca hemos hablado y cuya historia se nos antoja misteriosa. La librería de viejo de Aurelio Roncali se llama Books Kingdom, el reino de los libros. Sara tiene muchas ganas de ir, pero nunca la llevan porque dicen que está muy lejos. Se le imaginaba como un país chiquito, lleno de escaleras, de recudos y de casas enanas, escondidas entre estantes de colores y habitadas por unos seres minúsculos y alados con gorro en punta. Se metían entre las páginas de los libros y contaban historias que se quedaban dibujadas y escritas allí. Para vivir en Books Kingdom, la única condición era que había que saber contar historias. El padre de sala le regala un cuaderno grande con tapas duras como del libro donde Sara empieza a pintar agarabatos que imitan las letras. Las primeras palabras que escribesara en aquel cuaderno son Río, Luna y Libertad. Además de otras más raras que les salen por casualidad, a modo de trabalenguas mezclando vocales y consonantes a la buena de Dios. Esas palabras que nacen sin quererlo son las que más le gustan, las que le dan más felicidad porque sólo las entienden de ella. Las llama "Farfanías" y casi siempre le hacen reír. Amelba, Tarindo, Maldor y Miranfu eran de las que habían sobrevivido, porque unas veces las farfanías se quedaban bailando por dentro de la cabeza como un cantóreo sin sentido y esas se vaporaban enseguida como el humo de un fiegarrillo. Pero otras permanecían tan grabadas en la memoria que no se podían borrar y llegaban a significar algo que se iba adivinando con el tiempo. Por ejemplo, Miranfu quería decir va a pasar algo diferente o me voy a llevar una sorpresa. La señora Alan, algunas noches, subi al piso 17, apartamento F, para ver un rato a su vecina la señora Taylor y desahogarse con ella. Los Taylor tienen un niño muy gordo, como mayor quesara y que en dos o tres ocasiones ha bajado a jugar con ella. Se llama Rod, pero en el barrio le llaman Chupachup. A Rod les torba todo lo que tenga que ver con la letra impresa. Pocos días después enteró de repente por una conversación telefónica de su madre con la señora Taylor, de Quiaurelio Roncali, había traspasado su tienda de libros. Se había ido a Italia y ya no vivía con la abuela. La señora Alan hablaba con voz doliente y confidencial. De pronto vio a su hija que llevaba un rato largo parada en la puerta de la cocina y se indignó. ¿Qué haces ahí enterándote de lo que no te importa? Betia tu cuarto. Si yo enfadadísima, pero Sara estaba pálida como el papel, tenía los ojos perdidos en el vacío y no se movía. Sara se agarrara el quicio de la puerta y cierra los ojos como si se fuera marear temblando. Luego se tapa la cara con las manos y estalla en un llanto sin consuelo. Solo dice miran fu, miran fu, entre hipos. Estaba varios días con fiebre muy alta y en sus delirios llama Aurelio Roncali diciendo que quieren entrar en el reino de los libros. Pero Aurelio Roncali nunca volvió y nunca vuelve a ser mencionado. A Sara aquellas fiebres le otorgan el don del silencio. Se vuelve obediente y resignada. Ha entendido que los sueños sólo se pueden cultivar a oscuras y en secreto. Y espera que llegue el día en el que podrá gritar triunfalmente. Miran fu, aquel rey librero de Mordenside fue el primero en inyectarles sus dos pasiones fundamentales, la de viajar y la de leer. Seis años después, cuando Sara tiene diez años, conocer Manhattan se convierte para ella en una obsesión. Algunas noches saca el plano de Nueva York que le regaló el señor Aurelio y se pone a mirarlo y asoñar con los ojos abiertos. Unas veces volaba por encima de los rascacielos. Otras se iba a anado por el río Hudson. Otras empatines o en helicóptero. Y al final de aquel recorrido son ámbulo, cuando ya empezaban a pesar de los párpados, Sara se veía a sí misma acurrocada en una especie de nido que alguien había fabricado para ella en lo más alto de la estatua de la libertad, disimulado entre los pinchos de su corona verde. Se posaba allí como un pájaro cansado de volar. Y mientras la iba invadiendo el sueño, le rezaba la estatua porque al fin y al cabo, era una diosa. Sara cruza al puente de Brooklyn una vez a la semana, siempre con su madre cumpliendo puntualmente a las mismas horas el mismo recorrido, para ir a ver a la abuela que vive en un séptimo piso exterior con dos tramos de pasillo, un piano negro y un gato que se llama Cloud, con los armarios desordenados y los teniceros llenos de colillas. Sara le encanta el piso de la abuela Rebecca y las historias que cuenta la abuela cuando está de buen humor, sueña que algún día se irá a Manhattan a vivir con ella. En cambio, a la señora Alén le ponen muy triste a aquellas visitas. El único rato bueno es el que se pasa a la vispera metida en la cocina preparando la tarta de fresa que siempre le llevan a la abuela. La señora Alén compra dos fichas doradas después de hacer un rato de cola delante de la ventanilla del metro. Sara siempre lleva en el bolsillo un par de fichas doradas de aquellas, se las cogió a su padre una vez que estaba durmiendo y se le cayeron de la chaqueta mal doblada sobre el respaldo de una silla. Miraba la ranura por donde había que meterlas, se apartaba unos pasos de su madre y se dejaba invadir por la tentación de echar a correr con su impermeable rojo, su paraguas y su cesta, tras pasar aquel umbral y perderse sola entre la gente rumbo a Manhattan. Pero nunca lo hizo ni lo intentó siquiera. A Sara le da rabia que su madre le habla en el metro porque no le deja pensar y a Sara le gusta mucho pensar allí precisamente por la cercanía de muchas personas distintas y desconocidas entre sí que hacen juntas el mismo viaje en el mismo momento. Le gusta imaginar sus vidas, comparar sus gestos, sus caras y sus ropas. Hay un tramo al principio del viaje en que el metro va por debajo del río. Pasar a Manhattan por debajo de un río es la prueba más patente de que en aquella isla puede ocurrir de todo. A Sara le da vueltas la cabeza como si fuera un molino y se lo ocurren cientos de preguntas que le quiere hacer a la abuela rebeca en cuanto llegue a su casa. Cerca de casa de la abuela rebeca había un parque misterioso y sombrío que se iniciaba en un decliveas palgas de la catedral de San Juan el Divino. Se llamaba "Morningside" como el barrio y había que bajar a él por unas escaleras de piedra porque estaba en una un donada, tenía fama de ser muy peligroso. Años atrás, un desconocido, el vampiro del Bronx, mató a cinco mujeres en "Morningside" a lo largo de pocos meses y ya nadie entra en ese parque. A Sara le gusta mucho mirar el parque abandonado desde la ventana del cuarto de estar. Le traí su aspecto romántico y solitario, pero la abuela rebeca prefiere central parque. Sara, mientras su madre baja hacer alguna compra o barre en la cocina con carachas muertas, se sienta en una siguita baja en frente de la abuela para hacerle compañía y escuchar sus cuentos. Un sábado de principios de diciembre por la tarde, cuando Sara y su madre llegan, nadie contesta el time. La señora Alén se preocupa mucho porque últimamente a la abuela rebeca le ha dado por beber más de la cuenta, piensa que le será fácil encontrarla por alguno de los bares de la zona así que deja Sara en casa de la abuela le dice que empiece a barrer y se marcha. Pero cuando desapareció su madre, Sara no se puso a barrer la cocina. Si no adar saltos por la habitación diciendo "miran fu" a todo pasto, porque era la primera vez que se quedaba sola en la casa de Morningside y le hacía una ilusión enorme. Era maravilloso, miran fu. Imaginarse que la casa era suya y que ella se llamaba Gloria Star. Hay un disco opuesto, es la canción italiana que estaba oyendo la abuela del tocador de tres espejos. La tarde en que Sara la vio vestida de verde. Sara sale el pasillo. El dormitorio de la abuela está oscuras. Por unos instantes, tiene miedo de encontrarse a la abuela muerta encima de la cama estrangulada por el vampiro del Bronx. Pero sus temores se desvanecen al dar la luz. El dormitorio, eso sí, está hecho una catástrofe. Uleacolillas, acerrado, azudor y aperfume barato. Por el suelo y colgando del respaldo de los asientos se ve un revoltijo de ropas y encima de la gran cama de secha un montón de cartas fotografías y recortes de prensa es parcido sin orden ni concierto. Ve una fotografía de un hombre bastante guapo con migote y pelo negro apoyado en una estantería llena de libros, un pitillo encendido entre los dedos y sonriendo a la cámara. Lleva una dedicatoria por detrás. Tu eres migloria. Ah, en ese momento suena el teléfono. Es la abuela que le cuenta que se ha ido al vingo y le pide que recoja todos los papeles y fotos que ha dejado encima de la cama. Vio un sobre el acredo. Reconoció la letra de su madre. Verdadera receta de la tarta de fresa, tal como me la enseñó en la infancia revé calítel, mi madre. No pudo por menos descharse a reír. Ahora resultaba que después de tantas historias con la tarta de fresa, la abuela también las había a hacer. La abuela volvió de muy buen humor. En cuanto yo la llave en la cerradura, Sara salió corriendo a recibir la seguida por el gato. La abuela, nada más entrar, tira por el aire del dinero que ha ganado del vingo. Y muy animosa se ofrece a preparar la merienda y empieza a recoger cacharros sucios de la cocina, a hervir agua para el té y a poner la mesa canturreando. Saca un mantel muy bonito mientras dice que un día es un día. A Sara se le contagia la alegría de su abuela. Le pregunta que celebra y la abuela después de dudarlo un montón dice que el cumpleaños de Sara, que es el viernes que viene. Va por el dinero que ha ganado en el vingo, lo reparte en dos montones iguales y le da uno de ellos a Sara. Lo guarda sin decirse lo a nadie. En algún momento te puede hacer falta. Pero eso sí, procura gastarte lo cuento antes. Mirá no vaya a ser que llegue tu madre. Vete a mi dormitorio. Abreselar Mario y en uno de los cajones de la derecha, el de más arriba. Hay varias bolsitas de cuando yo salía por la noche. El lige la que más te guste para meter tu primer dinero. Así queda el regalo más completo. Aquella tarde, a Sara le gusta más que nunca a la tarta de fresa. Sara aprieta contra su pecho por lo bajo de la camiseta, una bolsita de raso azul bordada de lentejuelas donde ha metido 75 dólares. Acaban hablando de la soledad y de la libertad. La vola le cuenta a Sara que la estatua de la libertad la trajeron a Nueva York desde Francia hace 100 años y que el escultor que la hizo Bartoldy era un artista al saciano. Había sacado la mascarilla para la diosa sobre la cara de su madre que era una mujer muy guapa. Media hora después, si oyeron los pasos de la señora alem por la escalera. Ejano nos ha dado tiempo nada. Dijo la abuela. Fue en media hora que se pasó en un vuelo. Como el tiempo de los sueños. Miran fue. El día del cumpleaños de Sara, el señor alem decide ir a un restaurante chino para celebrarlo. Los Taylor están invitados. Sara no hace ni caso a Rod que sigue igual de Zokete. No lo pasan bien, por lo menos Sara que no hace mas que acordarse de la abuela. Deposter traen unos pastelitos con unos papeles pequeños dentro. En el de Sara pone, mejor se está solo que mala acompañada. Y para terminar, traen una tarta con 10 velitas encendidas. Todos empiezan a cantar el cumpleaños feliz. A Sara le da una vergüenza horrible. Antes de soplar las velas le dicen que tiene que pedir un deseo y Sara desea volver a ver a la abuela vestida de verde. Es una tarta de fresa de su madre. El señor alem dice que podría competir con las del dulce lobo, que es la pasteliría mas famosa de todo Manhattan. Hacen 75 clases de tartas diferentes. Está cerca de Central Park y tiene 2 salones de té, donde nunca se encuentra sitio libre para merendar. El señor Taylor propone ir a probar la tarta de fresa y compararlas. Aquella noche la volvió a hacer. Aunque decía que estaba cansada, porque el día siguiente era sábado y tenían que ir, como siempre, a casa de la abuela. Cuando la señora alem estaba sacando del horno la tarta de fresa y Sara ya se había metido en su cuarto al leer el librito que le había regalado la abuela sobre la estatua de la libertad, llamaron al teléfono y el señor alem fue al lívina cogerlo. Desde la cocina y desde el cuarto de Sara, se oían retazos de una conversación agitada y plagada de silencios. La señora alem aguzó el oído. No puede ser. No puede ser. Esclamaba el señor alem entre cortadamente. El tío Joseph ha tenido un accidente de automóvil y amor en el acto. La entrada de sus padres la sobresalta. Vienen a decirle que se van a Chicago y que ella se quedará en casa de los Taylor. Le dejan las llaves de casa y Sara se va con la señora Taylor. Las mujeres de esta historia son seguramente más interesantes que los hombres. Frente a una madre trabajadora esposa su misa y sobre todo buena repostera hay una abuela exestrella de Broadway que no se resigna a envejecer y que pretende mantener intacto su atractivo para los hombres. No es buena ama de casa aunque sabe serlo y aborrece la monotonía en la que vive su hija, sobre todo odia los constantes temores hacia todo y todos. Sara que se muestra obediente con su madre admira y adora a su abuela que no está enferma y no quiere en modo alguno ser cuidada ni mimada con tartas de fresa pero tiene mucho empeño en adiestrar a suñeta para la vida y sobre todo para el ejercicio de la libertad. Cuando oscurecía y empezaban a encenderse los letreros luminosos en lo alto de los edificios se veía pasear por las calles y plazas de Manhattan a una mujer muy vieja. Vestida de arapos y cubierta con un sombrero de grandes alas que le tapaba casi enteramente el rostro. La cabellera muy abundante y blanca como la nieve, le colgaba por la espalda, unas veces flotando al aire y otras recogiden una gruesa trenza que le llegaba a la cintura, arrastraba un cochecito de niño vacío. Sabes leer el porvenir en la palma de la mano, siempre lleva en la faltriquera frasquitos con un huentos que sirven para librar dolores diversos y merodea por los lugares donde están a punto de producirse incendios, suicidios, derrumbamientos de paredes, accidentes de coche o peleas. Ahí, quien asegura ver la vista la misma noche a la misma hora circulando por barrios tan distantes como el Brux y el village y metida en el escenario de dos conflictos diferentes. Es la famosa mislunatic. Sus extrabancias le han hecho alcanzar una popularidad rayana en la leyenda. No tiene familia ni residencia conocidas, tan pronto se detiene ante los escaparates lujosos de la quinta venida como revuelven los vertederos de basura de la periferia con su bastón compuño dorado que representa una guilavicefala. Mira mucho con quien habla, a veces puede ser bastante charlatana pero le gusta más escuchar que ser escuchada. Todos tienen alguna historia el contar y esas historias acompañan luego a mislunatic cuando vuelve a caminar sola. También se dedica a recoger gatos sin dueño y a buscarles adopción. Era muy amiga de los bomberos. A veces aunque era perfectamente ilegal, se le había visto montada con ellos en el veloz coche reluciente y rojo, acuyo paso todos los demás se apartan. Lo que más le gustaba era que la dejaran ir tirando del cordón de la campana niquelada. Al son de aquel tintineo, las mejillas apergaminadas de mislunatic se coloreaban de emoción y alegría bajo el alma de su gran sombrero. Pero las zonas que freguen de forma más asidua son las habitadas por gente marginal y su vocación preferida la de tratar de inyectarse a los desesperados, a ayudarles a encontrar la raíz de su malestar y hacer las paces con sus enemigos. Si le preguntan dónde vive, dice que de día dentro de la estatua de la libertad, en estado del etargo y de noche, pues por ahí, haciendo compañía a los solitarios como ella. Confies a tener 175 años. Hay gente que se ríe de ella, pero en general se le tiene respeto, no solo porque no hace daño a nadie, sino porque, a pesar de sus ropas de mendiga, conserva en la forma de moverse y de caminar con la cabeza herguida, una ire de altivez e independencia que cierra el paso tanto al menos precio como a la compasión. Más de una vez, tomándola por cómplice de alguna fechoria, la puñalaron sin consideración a su edad. Pero al parecer era invulnerable, según contaban luego con gran asombro los testigos presenciales del suceso. Porque a pesar de que el arma blanca había sido empuñada contra ella, vigorosamente y con todo encono, nadie vio prutar una sola gota de sangre del cuerpo desmedrado de mis lunática. Un veterano comisario del distrito de Harlem le ofrece contratarla y pagarle un sueldo, pero ella dice que no, que no quiere dinero, porque el dinero se ha convertido en meta y nos impide disfrutar del camino por donde vamos andando. Cuando el comisario le dice que es necesario para vivir, ella le pregunta a que llama vivir. Para mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que no sumillen o nos engañen. Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía y vivir es explicarse y llorar y vivir es reírse. Y le cuenta que la otra noche se encontró en Central Park con un hombre inmensamente rico que está desesperado y no sabe por qué. No les ha capartido a nada ni le encuentra aliciente a la vida y, claro, se obsesió en aportonterías, que si hicieron muy amigos y que ha quedado en ir a su casa a leerle la mano. Ese hombre se llama Edgar Wolff, el rey de las tartas, que vive en uno de los apartamentos más lujosos de Manhattan y tiene fama de ser inaccesible. El rascacielos donde vive Edgar Wolff es suyo, todo entero, planta por planta ascensor por ascensor ventana por ventana pasillo por pasillo, 3.000 personas trabajan para él y él solo piensan seguir ganando dinero y hacer más proyectos y crecer. Aquel negocio tiene su origen en una modesta pasteliría de la calle 14, rejentada primero por el abuelo de Edgar Wolff y luego por su padre. El olor abollos, tartas y pasteles recién sacados del horno invade la calle en aquel tramo. El edificio tiene forma de tarta, la terraza está coronada por adornos de grueso cristal policromado y mitando diversas frutas. Y por la noche se ilumina con muchos colores. Edgar Wolff llevaba unos cuantos meses completamente obsesionado por culpa de la tarta de fresa. Había contratado a varios detectives para que se camuflaran entre los clientes de dulce lobo 1 y dulce lobo 2. Y le transmitieran puntualmente todos los comentarios desfavorables que recogieran acerca de la tarta de fresa. Al parecer no era de las que en realidad tenían mayor aceptación y se había llegado a oír decir en más de una mesa, no sólo que el producto había bajado de calidad, sino que nunca la tuvo. Ha llegado a poner anuncios en los mejores diarios de Manhattan ofreciendo el oro y el moro a quien le consiga la receta auténtica, casera y tradicional de la tarta de fresa de toda la vida. Aquí a tarde Edgar Wolff está particularmente nervioso, se pasea como un oso en jaulado por su enorme despacho esperando a Miss Lunatic cuando dan las ocho decide salir a dar un paseo. Cuando Miss Lunatic se apea en la estación de Columbus Circle lleva en su cochecito a un niño de tierna edad para ayudar a la madre que va cargada de paquetes. Cuando se van les ve desaparecer en un vagón engullido por el túnel y echan dar hacia la salida, camina encorvada arrastrando los pies presa de un súbito desaliento, siente una especie de vertigo, piensa de pronto, que es muy viaja y que le gustaría descargar sus fardos más secretos en alguien más joven, digno de heredarlos, pero en quien? Notó porque se lo avisaba a una voz interior que necesitaba ponerse en guardia, no quería darle coba aquella desgana de vivir, se resistía a dejarse respalar por la pendiente de las ideas negras, si caes al pozo estás perdida, le dijo aquella voz interior, porque una vez allí ya no ves nada, lo sabes de siempre. Sí, lo sabía, y también que no ver nada era dejar de vivir. Había una fórmula que no le solía fallar, lograr que la cabeza tomar el control de la situación y le mandara al cuerpo e inderezarse, no andar encogido y a los ojos enfocar bien la mirada. En ese mismo momento, sus ojos se tropiezan con una escena que augienta inmediatamente sus pesadumbres. Entre el atropellado ir y venir de los viajeros que se adelantan unos a otros, se empujan y se cruzan sin mirarse una niña, totalmente ignorada por ellos, lloras silenciosamente con los ojos bajos y la espalda apoyada en la pared del paso subterráneo. Tiene unos diez años, lleva un impermeable encarnado con capucha y al brazo, enganchada por el asa, una cesta de miembre cubierta por una servilleta cuadros. Mis lunático se detiene a mirarla y enseguida comprende por qué le ha emocionado tanto aquella inesperada visión. Le recuerda muchísimo a la caperucita roja dibujada en una edición de cuentos de pegol que ella le había regalado a su hijo cuando era pequeño. Se acercó a ella, abriéndose paso por entre la oleada de gente que la separaba. La niña, al ver los viejos zapatos de mis lunátic, parados allí en el suelo junto a los suyos, levantó los ojos que tenía efectivamente llenos de lágrimas y la miró. Pero sin acusar extrañezas ni miedo al descubrir ante si una figura tan extravagante, al contrario sus ojos parecieron revivir con un fulgor de alivio y confianza. Y mis lunático, que ella hacía mucho que no había visto una mirada tan transparente y candorosa, sintió como si su viejo corazón se calentar ante las llamas de una inesperada hoguera. Es Sara Allen. Mis lunático le preguntas qué le pasa y Sara contesta que es largo de contar. Mis lunático dice entonces que lo que vale la pena siempre es largo de contar. Pero que lo importante es si ella tiene ganas de contarlo o no, eso es lo único importante. Sara, la mira extasiada, las chispas repentinas de entusiasmo que mis lunátic descubre en el fondo de los ojos llorosos de Sara, le hacen pensar en el sol cuando está punto de romper las nubes de tormenta. La niña le dice que vacia al norte a Morninside a casa de su abuela pero que se ha parado allí porque quiere ir a ver central parte, pero de pronto le han entrado remordimientos. Por favor hija, remordimientos, que palabra tan fea. Y diciendo esto, mis lunático la cogió por los hombros con decisión. "Anda, vamos afuera", dijo con afento sereno y persoasivo. No vuelven a hablar hasta que salen a la superficie. Sopla un viento muy frío, a sus espaldas queda una plaza con la estatua de colon en medio y más allá la verja de un jardín muy grande. Sara, sin soltarse del amano de mis lunátic, se va parando a cada momento. Mira en todas las direcciones con avidez como si no estuviera dispuesta a perderse detalle de nada. En frente hay un cine ante el cual se aglomera mucha gente bien vestida. Llega de espacio un automóvil negro alargado y silencioso del que se baja una famosa actriz. Sara le pregunta a mis lunátic si ya ha sido artista como su abuela y mis lunátic le contesta que no, pero que ha sido musa de artista. Sara dice que no sabe muy bien que es una musa y pregunta si son las que llevan alas. Mis lunátic se sonríe o primer con cariño la manita que se entrega aconciada a la suya. Pero la niña se suelta de la mano y da un brinco con los brazos tendidos hacia el cielo gritando que es libre y las lágrimas vuelven a correr por sus mejillas sonrojadas de frío. Hubo un golpe de viento muy fuerte y se llevó el sombrero de mis lunátic haciendo remolinos calle abajo. La niña salió corriendo detrás de él y logró rescatarlo junto a una alcantarilla. Un taxí estuvo a punto de atropellarla y el taxista muy enfadado sacó la cabeza por la ventanilla diciendo unos insultos que no se entendían. Al devolverle el sombrero a mis lunátic, el extraño que ella no la riñese como habría hecho cualquier persona mayor en un caso semejante. La estaba esperando impasible al borde de la acera. Parecía más viejas sin sombrero, pero al mismo tiempo también más joven. Una cosa bastante rara. Serían así las musas? De pronto a la niña le pareció aquel el rostro de una mujer cansada y triste. Llegan a un bar donde las camareras llevan la citos en el pelo y circulan de una mesa otra en patines. Aquella tarde se está rodando allí una película y hay una aglomeración exagerada de público. A la puerta entre un grupo de curiosos y junto a un furgon plateado del que salen varios manojos de cables negros, está parado un hombre joven que lleva una gorra de visera cuadros. Mira con curiosidad al anciana de la Pamela y a la niña de rojo que pretenden entrar en el local con aquel extraño carricoche. Les preguntas si vienen de extras para el roaje. Mira usted jovencito. Nosotras de extras nada. Nosotras somos las protagonistas principales. Sin ella y yo, no hay argumento, no hay historia entiende. Nos la venimos a contar aquí la historia. Yo soy Madan Bartoldi. Vamos ara. Entran y encuentran una mesa libre. Mis Lunatic dice que este no es el bar que ella decía que este es muy caro y Sara dice que no se preocupe que ella tiene dinero y saca la bolsita de raso que trae inmetida por dentro de la camiseta. Sara le cuenta como esa tarde aprovechando una ausencia de la señora Taylor bajo a casa, cogió la tarta y se escapó. Pero que cuando se encontraba andando sola camino de la salida entre tanta gente que no conocía, en vez de gozar de lo bonito que era sentirse libre le fallaron las fuerzas y se desinfluó. Se empezó a encontrar mal y a punto de desmayarse. Le había entrado un miedo que no le dejaba ni respirar un miedo rarísimo pero muy fuerte. Había alzado sus ojos claros e interrogantes y la mirada oscura de la mujer que tenía enfrente era tan intensa, tan enigmática que la niña se asustó como si se estuviera somando a un abismo pero no quería que se le notara. ¿No sería miedo a la libertad? Pregunto mis lunátic solemnemente y al hacer esta pregunta levantó el brazo derecho y lo mantuvo unos instantes en alto como si sujetara un antorcha imaginaria. Sara experimentó una leve inquietud al reconocer el gesto de la estatua. Sara nota que el corazón le late muy fuerte. Sara le enseña a mis lunátic el plano que le regaló aurelio y le cuenta como este viejo plano ha dado pie a sus fantasías nocturnas, a sus viajes imaginarios por Manhattan, a sus sueños de libertad. Uno de sus dedos se detiene en la islita del sur donde se ve dibujada en pequeño la estatua de metal verdoso con su corona de pinchos y su antorcha en la mano. De pronto la mano de mis lunátic avanza despacio a través de la mesa y se posa sobre la de la niña como si quisiera abrigarla de peligros reales o imaginarios. Con una voz completamente distinta le pregunta Sara si ya no le tiene miedo. Sara mueve negativamente la cabeza y nota que la presión de aquella mano sobre la suya se acentúa, le da un brinco el corazón. La mano de mis lunátic no tiene rugas como antes, es más blanca y alargada y el tacto de su palma se nota muy suave. Mis lunátic le pregunta en qué está pensando. Bueno pues me estoy dando cuenta de que antes dijiste que había sido en la musa de un artista y luego al chico de la puerta que te llamabas. Madan Bartolti, si lo dijiste me acuerdo bien. Yo ayer a estas horas estaba leyendo un libro que se titula construir la libertad y de repente creo que lo he entendido todo. Sí, lo he entendido todo. No sé cómo, cómo se entiende los milagros. ¿Por qué eso es lo que pasa? ¿Que tú, Madan Bartolti? ¿Tú eres un milagro? Sara percibe un leve perfume e jasmín. No tiene ganas de escapar pero el corazón lelate cada vez más de prisa a un ritmo casi insoportable. Dios te bendiga, Sara Allen, por haberme reconocido. Dijo Madan Bartolti mientras depositaba un beso en la manita fría de la niña. Por haber sido capaz de ver lo que otros nunca ven, lo que nadie hasta hoy había visto. No tiembles, no vuelvas a tener miedo jamás. Mírame la cara por favor, llevo más de un siglo esperando este instante. Sara levanta la vista y durante unos segundos veante sus ojos, rodeado de un fogonazo resplandeciante el rostro inconfundible de la estatua que ha saludado de lejos a millones de migrantes solitarios, adivando sus sueños y esperanzas. Cierra los ojos, fegada por aquella visión y cuando vuelve a abrirlos, mis lunátic ha recuperado su aspecto habitual. Entonces, mis lunátic se levanta porque se da cuenta de que les están grabando y se marchan muy a iradas después de pagar 50 dólares. Caminan en silencio con el cochecito entre las dos, bordean la alta verja de hierro que rodea la parte oeste de Central Park. Sara le pregunta a Madan Bartolti si vive dentro de la estatua. Por el día sí, envejezco allí dentro para insuflarle vida a ella, para que puedas seguir siendo la antorcha que ilumina el camino de muchos, una diosa joven y sin arrogas. Como si fuera su espíritu. Exactamente, es que soy su espíritu. Pero me aburro muchísimo, estoy deseando que se haga de noche para salir a trotar por Manhattan. Entonces, Sara le pregunta cómo hace para salir de la estatua sin ser vista y llegar a Manhattan. El cochecito que la separa se detienen seco. Mis lunátic mira alrededor, dice que es un secreto y que nunca se lo ha contado a nadie. Mis lunátic alarga el brazo derecho y su mano y la desara se estrechan silenciosamente por encima de la cesta que contiene la tarta de fresa. Sara le jura que pase lo que pase no se lo contará nunca a nadie ni a su abuela ni siquiera es un obvio cuando se enamora. ¿A quién dice tu secreto? ¿Dastu libertad? Nunca lo olvides, Sara. Sigue andando y mis lunátic le cuenta que tiene un pasadizo secreto por debajo del agua muy estrecho, en el que solo cabe su cuerpo con una pequeña olugura de 15 centímetros a cada lado que comunica a la base de la estatua con Battery Park. Mis lunátic señala el punto exacto donde está el pasadizo en el plano de Sara y le va marcando con el dedo elitinerario de su pasadizo. Le cuenta que entre la iglesia y la terminal del ferri hay una boca de alcantarilla pintada de rojo con un poste pequeño al lado. El poste cerca de su base tiene una ranura por donde se introduce una moneda de tonos verdosos que mis lunátic le da Sara para que puedan volverse a ver cuando ella quiera. Mis lunátic le explica que debe lanzarse de cabeza al túnel mientras dice una palabra que le guste mucho, echarlas dos manos por delante y nada más. En seguida se establece una corriente de aire templado que te sorve y te lleva por dentro del túnel como volando sin rozar con las paredes ni nada para volver lo mismo. Se despidieron a la puerta de Central Park. Mis lunátic creía que ya se le había hecho tarde para la cita que tenía con un señor, pero de todas maneras había otros muchos asuntos imprevistos que le estaban requiriendo en Manhattan. Y además ella, Sara, tenía que quedarse a solas para conocer la atracción del impulso, la alegría de la decisión y el temor te la acontecer, venciendo el miedo que le quedara conquistaría la libertad. Mis lunátic le aconseja que se dé un paseito solitario por Central Park antes de dirigirse a casa de la abuela. Sara le dice que no quiere que se vaya, que no sabe que va a hacer sin ella, que se queda como metida en un labrinto. Sara se empina para darle un beso, no puede evitar el llanto. Procura encontrar tu camino en el laberinto, que en no mala vida no lo encuentra, pero tú la amas mucho. Además, aunque no me veas, yo no me voy. Siempre estaré a tu lado, pero a no muy llores, cualquier situación se puede volver del revés en un minuto. Esa es la vida. Y no olvides una cosa, no hay que mirar nunca para atrás. En todo puede surgir una aventura, pero ante las ansias de la nueva aventura, hay como miedo por abandonar la anterior. Planta le cara a ese miedo. Sara le dice que se le va a romper el corazón y que no va a poder acordarse de todas esas cosas. Mis lunatic le contesta que tenía una frase muy bonita para despedirse, pero que la lleva escrita porque es como una oración. Así que se la da para que la lea por la noche cuando esté en la cama. Sara saca la bolsita de raso y meten ella a la moneda, la interna y el papelito doblado que mis lunatic le acaba de dar. Luego abraza de nuevo a mis lunatic y desprendiéndose de sus brazos bruscamente echa a correr hacia la gran puerta de hierro forjado que da acceso a central park. El personaje de mis lunatic es el que marca definitivamente la diferencia con el antiguo cuento. Puede ser unada. A veces mis lunatic deja de ser momentáneamente un anciana y se transforma, que es una de las características de los cuentos. Podría ser también el espíritu de Madame Bartolle, la madre del escultor de la estatua de la libertad, aunque puede ser también el alma de la estatua de la libertad, que como todo espíritu reside en su cuerpo. Pero puede adoptar la forma de una anciana bondadosa y comprensiva, buena conversadora y siempre dispuesta a ayudar a los demás, y sobre todo a animar a Sara en su personal conquista de la libertad. Sara se encontró sola en un claro de árboles de central park, llevaba mucho rato amando abstraída sin dejar de pensar, había perdido la noción del tiempo y estaba cansada. Vio un banco y se sentó en él, dejando al lado la cesta con la tarta, aunque no pasaba nadie y estaba bastante oscuro, no tenía miedo, pero sí mucha emoción. Esta tan absorta en sus recuerdos y ensoñaciones, que cuando descubre los zapatos negros de un hombre que está de pie plantado delante de ella, se lleva un poco de susto. Es un señor bien vestido con sombrero gris y guantes de cabritilla sin la menor pinta de asesino, no dice nada ni se mueve apenas. Solamente se le mueven las aletas de la nariz, una nariz afilada, como olfateando algo, lo cual le da cierto toque de animal al acecho, pero tiene la mirada de un hombre solitario y triste. De pronto sonríe y Sara le devuelve a sonrisa. Le pregunta Sara, ¿qué hace allí tan sola y Sara le contesta que simplemente está pensando y que va a ver a su abuela para llevarle una tarta de fresa que ha hecho su madre? Sara se pone en pie y cuando va a coger la cestita nota que aquel señor se adelanta hacerlo alargando una mano con grueso anillo de oro en el dedo índice. Está oliendo la tarta y sus ojos brillan contra un falco dicia. Sara le pregunta si la quiere probar. No creo que le importe mucho que se la lleva empezada. Dijo Sara, volviendo a sentarse en el banco y retirando la servilleta de cuadros. Le diré que me he encontrado con, bueno, con el lobo, añadió riendo y que tenía mucha hambre. El hombre le contesta que no me entiría porque él se llama Edgar Woolf. El hombre está tan impaciente por probar la tarta y se pone tan nervioso que Sara le pide que se siente en el banco con ella. Mr Woolf obedece en silencio pero las manos le tiemblan cuando saca una navaja de Nacar que lleva enganchada al final de una gruesa cadena, parte un trozo con pulso inseguro y lo paladea con los ojos en blanco. Entonces ocurre algo inesperado, Mr Woolf sin dejar de masticar ni de relamerse, cae de rodillas delante de Sara, un de la cabeza en su regazo y le implora fuera de sí la receta. Le dice que le pida lo que quiera cambio, lo que quiera. Sara poco acostumbrada a que nadie necesitar algo de ella y menos tan apasionadamente experimentó por primera vez en su vida, lo que es sentirse en una situación de superioridad. Pero este sentimiento quedó inmediatamente sofocado por otro mucho más fuerte, una especie de piedad, deseo de consolar aquella persona que lo estaba pasando mal. Sin darse cuenta, empezó a cariciarle el pelo como a un niño. Mr Woolf se va apasionando, al caude un rato levanta la cara, está llorando, le repite a Sara que le pida lo que quiera. Sara le pregunta entonces si es un mago y Mr Woolf se rie y le dice que no es más que un vulgar hombre de empresa pero eso sin mensamente rico y le señala hacia el edificio iluminado que parece una tarta y le dice que es suyo. Sara le pide que deje a su abuela ir a ver el edificio por dentro al día siguiente y por supuesto Mr Woolf se lo concede, pero le dice que eso es muy poco que pida algo para ella. Sara le pide que le deje pensarlo y mientras Mr Woolf toma otro trocito de tarta y se acuerda de que ayer en aquel mismo claro del bosque se encontró con la extraña mendiga del pelo blanco que le había estado hablando del poder de lo maravilloso. La interrumpesara gritando que lo que deseas llegar a casa de su abuela montada en una limusina y cuando Mr Woolf le dice que si Sara le abraza y le están pombesos en la frente. Le dice que le van a cantar su abuela que antes se llamaba Gloria Star y para sorpresa de Sara, Mr Woolf le dice mirando al vacío con ojos soñadores que él oyó cantar a Gloria Star varias veces cuando era casi un chiquillo. Sus voces y sus siluetas se fueron perdiendo camino de la salida del bosque. De vez en cuando Mr Woolf se inclinaba hacia la niña y se escuchaba entre la oscuridad de las frondas, el eco de sus risas, interrumpido de vez en cuando por el correteo de alguna ardilla tras nochadora. El frío se había suavizado mucho, el rey de las tartas y Sara alén vistos de espaldas y cogidos de la mano a medida que iban alejándose formaban una llamativa y peculiar pareja. Deciden que ambos irán a casa de la abuela, pero cada uno en una limusina. Sara se sube en la más lujosa, la conducida por Peter, el chofer predilecto de Mr Woolf, que le pide que de un buen paseo a la niña por Manhattan prolongándolo lo más posible con algunos rodeos, porque, aunque van al mismo sitio, él tiene interés en llegar antes. Y por otra parte, le encarga que cuide a aquella criatura como a las niñas de sus ojos, evitándole toda clase de peligros, pero sin negarle ningún capricho. El Garbulf se meten su limusina, se arrellana en el asiento y se pone pensar en lo que le dijo mis lunatic sobre los milagros y en la noche en que su mirada se cruzó intensamente con la de Gloria Star. Sara, en cuanto la limusina empieza a recorrer Manhattan, se queda dormida. Cuando se despierta, está muy lejos de casa de su abuela en el otro lado de Manhattan. Está injusto en Battery Park, así que Sara le pide a Peter que pare y se le corriendo en busca de la entrada del túnel de mis lunatic. Peter corre tras ella, pero a Sara le da tiempo a comprobar que está justo donde mis lunatic le dijo antes de volver al coche. Pensaba con un poco de preocupación en la abuela y en cómo le habría sentado la visita de Mr Woolf, porque la abuela era muy especial y no le gustaba todo el mundo. Igual había metido en la pata del darles sus señas, siempre había consulta a que el hombre que malfini acabó era un total desconocido por rico que dijera ser y todas las señas lo confirmarán. Medio ahora después están en Mordenside, Sara abre el portal con su llave y sube a la séptima planta, abre con una vuelta silenciosa de llave la puerta de casa de su abuela, ha soñado tantas veces y desde hace tanto tiempo con que entraba por la noche y sin compañía de nadie en la casa de Mordenside que duda si no será un sueño. La puerta no hace ningún ruido, Sara se detiene en el vestíbulo y contiene la respiración, del cuarto de estar sobre un fondo de música suave viene un rumor de risas y cuchcheos. Sara, conforme avanza despacito por el pasillo, será cuenta de que va pisando el haz de luz tenue que sale por la puerta entre abierta del cuarto de estar como un camino de esperanza seguir entre la tiniebla. Se acerca y asoma un poquito la cabeza por la ranura de la puerta. La abuela, vestida de verde, giraba en brazos del dulce lobo a los zones de amado mío que se estaba oyendo en el pick-up. De vez en cuando echaba la cabeza para atrás y su pareja sin clínaba hacia su oído, él decía algo que él hacía reír. Enfima de la mesita, había una botella de champana abierta y dos copas a medio llenar. A rellenado en su botaca dormitaba el gato cloud. Sara retrocede tan sigilosamente como había avanzado. Se detiene unos instantes apoyada en la pared y se abraza a sí misma cruzando los brazos por delante y posando las manos en sus propios hombros. Con los ojos cerrados, escucha estaciada los zones de aquella música entre dulce y picante y siente palpitar su pecho tembloroso. Esther Wolf es un poco más alto que la abuela y baila muy bien. Sara se siente invadida por un inexplicable desfallecimiento, una especie de languidez que le baja por las piernas. Son unos instantes, nada más, en seguida reacciona. Su intuición le avisa de que ella, allí, estorba y comprende que no le conviene ser descubierta, así que se dirige con decisión hacia la salida. Cuando ya ha cerrado a través de la puerta, ha dado la luz de la escalera y está esperando el ascensor de bajada, será cuenta de que no sabe dónde ir. De pronto se acordó de mis lunática, la que tenía olvidada hacía bastante rato entre unas cosas y otras. Se apareció ante ella con total nitidez, rodeada de rayitos de luz. Tal como le había visto en el metro cuando estaba llorando sin saber qué decisión tomar, y levantó los ojos desde los zapatos gastados que se habían detenido en frente de los suyos a aquel rostro bondadozo que le sonreía bajo el sombrero. Busca la moneda mágica, en sus labios se dibuja una sonrisa de felicidad, acaba de notar que una lucecita se le enciende por dentro de la cabeza a manera de bombilla dibujada en la nubecita de un cómic. Atomado su decisión, abre despacio el portal, ahora se trata de esquivar a píteras y que agachándose por detrás de los coches aparcados en la acera de enfrente a la de las limucinas, agazapada, trechos, tras los contenedores de basuras, se aleja de ahí. Un taxista se detiene para atender a las aparatosas señales de aquella niña vestida de rojo, aunque ya va de retirada. Sara le dice que va a Batery Park. El hombre pone en marcha al taxímetro y la mira antes de arrancar, acomodada tranquilamente con una actitud desafiante y segura, totalmente impropia de su edad. Y durante el trayecto, la mira de vez en cuando por el espejo retrovisor. Unas veces consultaba un plano que llevaba desplegado junto a ella en el asiento, iluminándolo con una linternita. Otras, orgaba en la bolsa de raso y lentejuelas de donde había sacado aquella linternita. Otras se quedaba extática y con los ojos fijos en un punto invisible. Pero en ningún momento se borraba de su rostro una sonrisa que parecía transfigurarla. Cuando el taxise para, la niña consulta el precio de la carrera en el taxímetro y arroja unos billetes arregados en el cauceo balado de metal incrustado en la cristalera de separación. Inmediatamente, abre la porte suela y echa a correr. El taxista le grita que hay sobre mucho y Sara le contesta que se quede con la vuelta, que son solo papeluchos. Sara, antes de introducir la moneda en la ranura del poste junto a la alcantarilla, se acuerda de una cosa. No ha leído todavía el papelito que le dio mis lunátic, así que se sienta en el suelo y lo saca de la bolsa. Desplegó el mensaje y lo leyó a la luz de su linternita, decía, "No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que fueras libre y soberano artífice, de ti mismo, de acuerzo con tu designo". Y debajo ponía entre paréntesis, pico de la mirándola, Juan, filósofo renacentista italiano aficionado a la magia natural, murió a los 31 años. "Metió la moneda en la ranura", dijo, "Miranfu", se descorrió la tapa de la alcantarilla y Sara, extendiendo los brazos, se arrojó al pasadito, "sorvida inmediatamente por una corriente de aire templado que la llevaba a la libertad". Y así les hemos contado, "Caperucita en Manhattan", de Carmen Martingaite. Hemos seguido la edición de la editorial siruela en la colección escolar de literatura, con invitación y actividades de María del Carmen Ponz Guillén, de la que hemos citado varios fragmentos. "Gracias por estar ahí y gracias por leer, un libro una hora en la cadena ser". Un programa escrito y dirigido por Antonio Martínez Asenseo, con las voces de Laura Carrero del Tío Icharo-Soria y la participación de Olga Hernándomez, ambientación musical de Mariano Revilla, edición y montaje de sonido de Pablo Aévalo y en las redes Virginia Diaz Pacheco. Suscríbete a un libro una hora. Todos los episodios y contenidos adicionales en la app de "Cadena ser" y en nuestros canales de Apple Podcast Spotify a EvoGus Google Podcast y YouTube. Escúchanos en directo al hacer los domingos a las 5 de la mañana. "Cadena ser". La radio.

Podcast Summary

Key Points:

  1. La novela "Caperucita en Manhattan" de Carmen Martín Gaite es un cuento de crecimiento que explora temas como la libertad, las elecciones vitales y la superación del miedo.
  2. La historia sigue a Sara Allen, una niña de 10 años que vive en Brooklyn y sueña con explorar Manhattan, influenciada por su abuela rebelde, Rebecca (excantante Gloria Star), y el misterioso librero Aurelio.
  3. A través de símbolos como la Estatua de la Libertad, un plano de Manhattan y la "receta secreta" de la tarta de fresa, Sara descubre el valor de la independencia y la imaginación frente a la vida monótona y temerosa de sus padres.

Summary:

El episodio del podcast presenta "Caperucita en Manhattan" de Carmen Martín Gaite, una novela publicada en 1990 que reinterpreta el cuento clásico como una fábula urbana y de crecimiento. La historia se centra en Sara Allen, una niña de 10 años que vive una vida rutinaria en Brooklyn con sus padres, una madre obsesionada con hacer tartas de fresa y un padre fontanero. Sara encuentra un escape en su abuela Rebecca, una excantante de music hall que vive de manera bohemia en Manhattan y encarna la libertad y la rebeldía.

Influenciada también por el misterioso librero Aurelio, quien le regala libros y un plano de Manhattan, Sara desarrolla una obsesión por explorar la isla y la Estatua de la Libertad, que en el relato cobra vida mágica. La trama sigue su despertar hacia la autonomía, contrastando la imaginación y el deseo de aventura de Sara con los miedos y convenciones del mundo adulto. A través de símbolos como la receta de la tarta (que resulta no ser tan secreta) y la palabra inventada "Miranfú" (que anticipa sorpresas), la novela explora temas como la búsqueda de la identidad, el poder de los sueños y el coraje para elegir un propio camino hacia la libertad.

FAQs

El libro fue escrito por Carmen Martín Gaite y se publicó en 1990. Es un cuento mágico que aborda temas como la libertad y el crecimiento personal.

Los personajes principales son Sara Allen, su madre Vivian, su padre Samuel y su abuela Rebecca. Sara admira a su abuela, una exestrella de Broadway, mientras que su madre es más tradicional y temerosa.

La estatua de la libertad representa la libertad y los sueños de Sara. En la narración, se menciona que cuando la estatua cierra los ojos, ocurren eventos mágicos para los niños sin sueño de Brooklyn.

Aurelio Roncali es un misterioso librero que vivía con la abuela de Sara. Le regaló a Sara libros y un plano de Manhattan, inspirando en ella la pasión por la lectura y los viajes antes de desaparecer.

'Miranfu' es una palabra inventada por Sara que significa que algo diferente va a pasar o que se llevará una sorpresa. La usa para expresar emociones y anticipar cambios en su vida.

La abuela Rebecca, con su estilo de vida libre y artístico, enseña a Sara a valorar la independencia y la creatividad. Le muestra que la vida puede ser más que la rutina y los temores de su madre.

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