Este relato narra la experiencia de un hombre de 27 años que, tras un deterioro físico y emocional, descubre que su enfermedad podría tener origen sobrenatural. Al principio, los síntomas —como fatiga extrema, ansiedad y pérdida de apetito— son atribuidos a estrés laboral, pero los análisis médicos no revelan nada anormal. Su amigo Jesús, con creencias en la brujería, lo lleva a un ritualista que practica "limpias" y afirmaciones. Durante la visita, el ritualista identifica a Laura, una colega de su oficina, como la persona responsable del malestar, basándose en una descripción que coincide con ella. El ritual incluye un análisis de tres nombres, resultando en la identificación exacta de Laura como la responsable. También se encuentra tierra de panteón en una esquina de su oficina, un detalle que el ritualista prevé. Durante una noche, la familia escucha golpes y gritos, y el hombre se despierta sin sintomáticos, sintiéndose completamente recuperado. Aunque el proceso es confuso y difícil de creer, el hombre comienza a dudar de sus propios sentidos y acepta que la situación podría tener un origen espiritual. La experiencia culmina con una segunda visita al ritualista, donde se realiza un ritual de "limpieza" que incluye el sacrificio de gallinas y una experiencia de "caída" simbólica que lo lleva a un estado de sensación suspendida. A pesar de la confusión y el horror de lo vivido, el hombre concluye que el malestar fue provocado por actos de brujería dirigidos a él por Laura, y que el ritual fue clave para su recuperación.
Este es un relato largo como unidad, y solo podía contarse así, sin edición, sin recortes.
Para toda la gente que en algún momento ha pasado por un episodio donde alguien realice rituales en su contra,
este relato podría, quizás, traer cosas.
Hacerlo muy presente.
Por eso recomendamos discreción.
Estás escuchando Relatos de la Noche.
Hola Uriel, hola a toda la comunidad de Relatos de la Noche.
Antes de comenzar, quiero decirles que dudé mucho tiempo en enviarles esta historia.
Principalmente porque sé que algunas de las cosas que voy a contar,
pueden parecer difíciles de creer.
Yo mismo, si alguien me hubiera contado algo parecido antes de vivirlo,
probablemente habría dudado mucho.
Pero mi familia estuvo involucrada en una parte de lo que sucedió,
y fueron ellos quienes de hecho finalmente me animaron a compartirlo.
Les voy a pedir únicamente que omitan mi nombre,
porque prefiero evitar cualquier tipo de problema.
Esta comunidad,
será una historia larga.
Todo comenzó por ahí del año 2006.
Yo tenía 27 años y acababan de invitarme a trabajar en el gobierno,
en una dependencia relacionada con la seguridad pública.
Era mi primer empleo con una responsabilidad importante,
y como se podrán imaginar, estaba bastante emocionado.
A esa edad uno cree que puede comerse el mundo,
y yo tenía muchas ganas de demostrar que podía hacer bien las cosas.
También estaba nervioso, por supuesto,
porque sabía que iba a tener gente a mi cargo,
y que muchas decisiones iban a depender de mí.
Mi puesto era de mando medio y tenía bajo mi responsabilidad los recursos humanos,
financieros y materiales de la dependencia.
Había poco más de 100 empleados y, desde que llegué,
me encontré con bastantes problemas.
Las condiciones en las que se trabajaba dejaban mucho que desear.
Había desorden en los empleados.
Había desorden en los trámites y también ciertas complicidades entre empleados
que llevaban años haciendo las cosas a su manera.
Había favoritismos, acuerdos entre compañeros y algunas irregularidades
que, por la naturaleza de mi puesto, me correspondía revisar.
Yo quería poner un poco de orden,
aunque pronto me di cuenta de que eso iba a incomodar a varias personas.
Entre mis colaboradores más cercanos había una mujer.
Ella era muy delgada, de piel apiñonada, tenía el cabello corto, rizado y teñido de
castaño claro.
Siempre llegaba muy bien arreglada a la oficina y tenía una manera bastante particular de
tratar a la gente.
Era reservada, aunque con algunos compañeros se mostraba sonriente y amable.
Recuerdo que tenía los dientes muy blancos, demasiado, y que, cuando sonreía, generalmente
apenas los mostraba, sin mostrar nada de confianza.
En cuanto a su trabajo, era responsable, aunque tenía algunas limitaciones que ya había comenzado
a notar.
Laura se encargaba de controlar las asistencias, las faltas y la asignación de horas extras.
Puede parecer una responsabilidad menor, pero dentro de aquella oficina era un puesto que
le daba bastante influencia sobre los demás.
Prácticamente todos querían llevarse a casa.
Ella no podía llevarse bien con ella, porque de sus registros dependía que algunos empleados
recibieran un poco más de dinero en su quincena, y con el tiempo comenzaron a llegarme comentarios
sobre la manera en que estaba utilizando esa posición.
Fueron algunas de sus propias compañeras quienes empezaron a quejarse.
Me dijeron que Laura acostumbraba a pedir favores personales y que, a cambio, beneficiaba
a ciertas personas agregándoles horas extras que no necesariamente habían trabajado.
Al principio pensé que podía tratarse de algún problema entre compañeros, de esos
que se dan en cualquier oficina, así que preferí investigar antes de tomar una decisión.
Pero al revisar lo que estaba ocurriendo, confirmé que las quejas tenían fundamento.
La instrucción que yo tenía era muy clara: cualquier empleado que cometiera una irregularidad
de ese tipo debía presentar su renuncia.
Sin embargo, después de hablar con Laura decidí darle otra oportunidad.
No quise llevar el asunto hasta ese extremo, y pensé que bastaría con retirarle aquella
responsabilidad, así que la cambié de actividad, que dejara de controlar las horas extras y
pudiera continuar trabajando en otra cosa.
Y ahí comenzaron los problemas.
Laura se tomó muy mal aquella decisión.
Cuando pasaba cerca de su oficina, la encontraba reunida con algunos de los empleados a quienes
había favorecido.
Se acercaban a consolarla, hablaban entre ellos, y cuando yo aparecía, algunos me miraban
con bastante desaprobación, como si estuvieran enojados conmigo.
Era evidente que ella sí lo estaba.
Creo que lo que más le había afectado era perder la influencia que tenía sobre sus
compañeros, porque antes, prácticamente todos
acudían a ella cuando necesitaban algún favor relacionado con sus pagos.
Yo procuré no darle demasiada importancia.
Nunca me he considerado una persona rencorosa, y aunque aquellas actitudes me parecían bastante
infantiles, tenía demasiados asuntos pendientes como para estar preocupado por si Laura me
saludaba o dejaba de hacerlo.
Había llegado a trabajar, tenía responsabilidades que cumplir, y sabía que las decisiones que
tomara no siempre iban a dejar contentos a todos.
Así pasaron un par de meses.
Hice algunos cambios de personal, intenté reorganizar ciertas actividades, y poco a
poco las cosas parecieron tranquilizarse.
Por lo menos ya no había tantas quejas ni tantos problemas entre los empleados.
Sin embargo, a pesar de todos mis esfuerzos, el trabajo seguía sin mejorar como yo esperaba.
Había asuntos que se complicaban sin que entendiera muy bien por qué.
Trámites que debían ser sencillos y terminaban convirtiéndose en problemas, y yo comencé
a sentirme cada vez más estresado.
En aquel tiempo entraba a la oficina a las 8 de la mañana, y había días en los que
pasaba casi 12 horas trabajando, por eso nunca me había molestado demasiado.
Me gustaba lo que hacía, estaba acostumbrado a mantenerme ocupado, y tenía la energía
de alguien de 27 años.
Por eso me llamó la atención cuando empecé a sentirme extremadamente cansado desde las
primeras horas del día.
Al principio era más que nada una sensación de pesadez en las piernas.
Me dolían, me pesaban.
Me levantaba por la mañana, me preparaba para ir a trabajar, y cuando apenas llevaba
unas horas en la oficina, sentía las piernas tan cansadas como si hubiera pasado todo el
día caminando.
Pensé que podía ser por el estrés, por tantas horas de trabajo o simplemente porque necesitaba
descansar un poco.
Pero conforme pasaban los días, empecé a darme cuenta de que algo me estaba pasando,
porque aquel cansancio ya estaba afectando otras partes de mi vida, y lo que más me
preocupaba era que, por mucho que descansara, al día siguiente volvía a sentirme igual.
La raíz de todo, pronto me daría cuenta, era algo sobrenatural.
Con el paso de las semanas, aquel cansancio comenzó a convertirse en algo mucho más
preocupante.
Había días en los que sentía las piernas tan pesadas que hasta caminar de una oficina
a otra me costaba trabajo.
Me dolían las articulaciones, la espalda.
Y había mañanas en las que no podía dormir.
Había semanas en las que despertaba con la sensación de haber pasado toda la noche cargando
cosas pesadas.
También empecé a tener dificultades hasta para respirar.
De repente sentía una opresión en el pecho, como si no pudiera llenar bien los pulmones,
y eso me provocaba mucha ansiedad, angustia.
Trataba de continuar con mis actividades, de cumplir con el trabajo y hacer mi vida
normal, pero cada día me resultaba más difícil.
Mi carácter también comenzó a cambiar, bien raro.
Yo siempre había sido una persona alegre, bastante amigable, de las que se llevan bien
con casi todo el mundo y acostumbran a estar haciendo bromas.
Todavía vivía en casa de mis padres, junto con mis hermanos, y ellos fueron los primeros
en darse cuenta de que algo andaba mal conmigo.
Me irritaba por cualquier cosa, contestaba de muy mala manera, y había días en los
que simplemente no quedaba.
No quería hablar con nadie, mi familia estaba extrañada porque nunca había visto a alguien
Nunca había sido así.
Yo mismo me daba cuenta de que estaba comportándome de una manera que no era normal en mí,
pero tampoco tenía ánimos de hacer algo para cambiarlo.
Llegó un momento en que ya no pude seguir trabajando.
Me sentía tan mal que decidí quedarme en casa y acudir al médico.
Me hicieron análisis de sangre, radiografías y distintas pruebas físicas
para tratar de encontrar qué estaba provocando todos aquellos síntomas.
Yo esperaba que los estudios mostraran alguna enfermedad,
algo que por lo menos explicara cómo me sentía y que pudiera tratarse,
pero los resultados salieron normales.
Según los médicos, no había nada en aquellos estudios que justificara mi estado de salud,
y eso me preocupó todavía más, porque yo sentía que cada día estaba peor.
Perdí prácticamente el apetito.
Siempre había sido de buen comer,
pero en aquellos días podía. Podía pasar mucho tiempo sin que se me antojara nada,
sin que me diera nada de hambre.
Me daba flojera comer,
me costaba levantarme de la cama
y tampoco tenía ganas de recibir visitas ni de contestar el teléfono.
Había momentos en los que pensaba que tal vez tenía alguna enfermedad rara,
algo que todavía no habían podido detectar,
porque me resultaba muy difícil aceptar que todos mis estudios estuvieran bien
cuando yo me sentía tan mal por dentro,
tan enfermo.
Llegué a pensar que si continuaba empeorando de aquella manera,
quizás no me quedaba mucho tiempo.
Fue entonces cuando comenzó a buscarme con insistencia un amigo,
Jesús.
Él, por su trabajo, siempre al teléfono.
Estaba acostumbrado a hablar con muchísima gente.
Conocía a medio mundo y era de esas personas que cuando quieran localizarte,
te llaman varias veces hasta que consiguen que les contestes.
Yo llevaba días sin responderle,
principalmente porque, como les digo,
no tenía ganas de hablar con nadie.
Pero Jesús seguía insistiendo.
Finalmente decidí atender una de sus llamadas.
Hay algo que necesitan saber sobre él para entender lo que ocurrió después.
Jesús siempre había sido una persona bastante supersticiosa.
Creía en las limpias, en el mal de ojo, en las malas vibras
y en todas las cosas de ese tipo.
También era malo.
Era muy devoto de la Virgen de Guadalupe.
Yo lo conocía desde hace tiempo.
Sabía cómo pensaba
y estaba acostumbrado a escuchar algunas de sus recomendaciones.
Aunque la verdad es que no compartía muchas de esas creencias.
Pero era un buen amigo.
Se preocupaba por mí y sabía que llevaba varias semanas enfermo.
Cuando contesté, lo primero que hizo fue preguntarme cómo seguía.
Le dije que de la fregada porque así me sentía.
Me preguntó si ya habían descubierto que tenía un hijo.
Le dije que tenía y le expliqué que me habían hecho varios estudios.
Pero que hasta ese momento ninguno había mostrado algo fuera de lo normal.
Entonces me dijo que quería pasar a verme a la casa.
Que tenía ganas de platicar conmigo.
Yo no estaba de humor para recibir a nadie, pero terminé aceptando.
Aquello ocurrió un jueves.
Jesús llegó después de su horario de trabajo como a las 7 de la tarde.
Recuerdo que apenas me vio antes de que pudiéramos sentarnos a dormir.
Y me dijo algo que en ese momento me pareció una de sus ocurrencias.
Te están trabajando, carnal.
Yo ni siquiera le respondí.
Sabía perfectamente a qué se refería.
Porque Jesús utilizaba esa expresión cuando hablaba de personas a las que supuestamente les habían hecho algún trabajo de brujería.
Pero en aquel momento yo estaba más preocupado por mi salud.
Y lo último que quería era escuchar explicaciones de ese tipo.
Mi mamá le ofreció un café y nos sentamos a platicar.
Le conté con más detalle lo que me estaba pasando.
Los dolores, el cansancio, la falta de apetito y todos los estudios que me habían practicado.
Le dije que quizás tenía algún problema en el cerebro o una enfermedad poco común que los médicos todavía no habían encontrado.
Jesús me escuchó y después volvió a insistir en lo mismo.
¿Por qué no te haces una limpia?
Me preguntó.
Me dio risa aunque tampoco estaba de humor para reírme.
La verdad es que tuve ganas de contestarle alguna grosería porque sentía que no estaba tomando en serio lo que me pasaba.
Pero Jesús se puso muy, muy serio y me dijo que conocía a una persona que podía ayudarme.
Me explicó que tenía libre el fin de semana y que si yo quería podía llevarme a verla.
Le agradecí el ofrecimiento aunque no tenía ninguna intención de aceptar.
Terminamos a platicar y cuando Jesús se fue, me dijo que no tenía ninguna intención de aceptar.
Cuando Jesús se despidió, lo acompañé hasta la puerta.
Era una costumbre que tenía cuando alguien iba a visitarme.
Y aunque apenas tenía fuerzas, salí con él hasta donde había dejado su coche.
Me acuerdo bien que antes de subirse volvió a decirme lo mismo.
Esta vez, levantando bastante la voz.
Tanto que pensé que iban a escucharlo los vecinos.
¿Es en serio, carnal?
¿Te ves mal?
¿Y eso no es una enfermedad?
Yo solamente levanté la mano para despedirme y regresé a la casa.
Esa noche me fui a dormir pensando en mis problemas de salud, sin darle la verdad mayor importancia a lo que Jesús me había dicho.
Antes de enfermarme me gustaba mucho jugar fútbol.
Prácticamente todos los fines de semana jugaba con mi hermano.
Era una actividad que disfrutaba y que me ayudaba a distraerme del trabajo.
Pero llevaba semanas sin jugar, sin tener ganas de hacerlo.
El sábado siguiente a la visita de Jesús tampoco pude hacerlo.
Me quedé en casa, acostado la mayor parte del día, pensando en lo que podía estar ocurriéndome nada más.
Era como un círculo vicioso, porque no podía hacer nada y me quedaba en casa, y mientras más me quedaba en casa, menos ganas me daban de salir.
Recuerdo especialmente aquella tarde, porque llegué a sentirme verdadero.
Me sentí como si no existiera nadie más.
sentirme verdaderamente desesperado. Estaba acostado en mi cama mirándose al techo y
comencé a experimentar una ansiedad muy fuerte. Tenía la sensación de que mi habitación se estaba
haciendo más pequeña, de que las paredes se acercaban y el techo estaba cada vez más abajo,
como si fuera a terminar aplastándome. Yo sabía que la habitación seguía siendo la misma,
pero la sensación era tan desagradable que empecé a asustarme mucho. Estaba agotado,
me sentía enfermo y ya no sabía qué pensar. Finalmente terminé quedándome dormido.
Al día siguiente, domingo, desperté con la misma falta de ánimo. Afuera hacía un día soleado,
pero yo no tenía ganas de levantarme de la cama y mientras estaba ahí acostado por alguna razón,
volví a pensar en lo que Jesús me había
dicho el jueves. Me parecía una tontería. Hasta ese momento nunca
había creído que alguien pudiera enfermar a otra persona mediante un trabajo de brujería,
y mucho menos que algo así pudiera estar pasándome a mí. Pero también llevaba semanas
sintiéndome cada vez peor. Los doctores no habían encontrado nada y yo estaba llegando
a un punto en el que ya no sabía qué hacer, así que decidí escribirle.
¿Y si vemos a tu amigo?
Le mandé el mensaje y aproximadamente una hora después, como a las once de la mañana,
recibí su respuesta. Paso por ti a las cuatro de la tarde. Es en Azcapotzalco.
Así fue como terminé aceptando algo que apenas unos días antes me había parecido completamente
absurdo. Jesús llegó puntual a las cuatro. Me subí a su coche y emprendimos el camino hacia
Azcapotzalco.
Él estuvo platicando durante todo el trayecto, aunque la verdad es que no recuerdo mucho
de lo que me habló. Yo iba pensando en la persona que estábamos por visitar, en qué
clase de ayuda podía ofrecerme y en lo extraño que me resultaba estar haciendo aquello. Seguía
siendo bastante escéptico, pero por lo menos durante ese viaje tuve algo diferente en qué
ocupar la cabeza, en lugar de seguir pensando en mis síntomas y en las enfermedades que
podía tener.
Llegamos a una. unidad habitacional formada por varios edificios de ladrillo rojo, de los que se parecen mucho,
donde los departamentos siempre son pequeños y todos iguales. Jesús me indicó en cuál edificio
íbamos a entrar y comenzamos a subir por las escaleras. No recuerdo exactamente a qué piso
llegamos, aunque me parece que fue el tercero. Cuando estuvimos frente al departamento,
Jesús tocó la puerta. Nos abrió una mujer y apenas lo hizo.
Recibió un olor bastante particular que salía del interior. Era una mezcla de hierbas, de cera de
veladoras, de humo. Más tarde supe que aquella mujer era la esposa de la persona que habíamos
ido a buscar. Nos recibió con tranquilidad, sin hacernos esperar demasiado, y llamóse al interior
del departamento. Raúl, ya llegaron. Entonces apareció un hombre bastante corpulento,
de aproximadamente un metro ochenta de estatura, muy gordo, que llevaba puesta una ropa blanca
cayolcada. Tenía un semblante serio, aunque su manera de recibirnos me transmitió cierta
tranquilidad. Se acercó para saludarme y me extendió la mano. Recuerdo que tenía una mano
muy grande, cálida, y que cuando se la estreché no me soltó inmediatamente. Se quedó mirándome
a los ojos, y antes de que yo pudiera explicarle quién era o qué me estaba pasando, me dijo,
es urgente atenderte. Alguien te quiere muerto. Me sorprendió tanto escucharlo que apenas pude
preguntarle en voz baja, ¿me quieren muerto a mí? Raúl asintió con mucha seriedad. Sí,
y lo que te mandaron no va a parar hasta matarte.
Después de decirme aquello, Raúl me soltó la mano y comenzó a preparar algunas cosas que yo
no alcanzaba a distinguir. Jesús permanecía conmigo. Yo trataba de entender qué estaba
pasando. Aquel hombre prácticamente no sabía de mí, ni siquiera le había explicado por qué
estaba ahí, y ya me estaba diciendo que algo quería matarme. Por supuesto que me sorprendió,
pero también pensé que quizás era su manera de recibir a las personas que acudían a consultarlo.
Parte del ritual de convencer a la gente. Yo seguía teniendo muchas dudas sobre todo aquello,
y aunque me encontraba bastante enfermo, tampoco estaba dispuesto a creer cualquier cosa que me
dijeran. Mientras Raúl preparaba lo que iba a utilizar, aproveché para observar el departamento.
Era un lugar pequeño, pero estaba lleno de objetos que yo nunca había visto reunidos en una casa.
Había muchas veladoras,
algunas encendidas, otras colocadas alrededor de diferentes figuras. También vi flores,
principalmente claveles, comida, juguetes y varios objetos que no sabía para qué servían.
En una de las paredes colgaban un par de colas de caballo, y entre todas aquellas cosas había
figuras humanas de piel negra, adornadas con lo que a mí me parecían vestimentas de alguna
tribu africana. También recuerdo unas figuras hechas con pequeñas conchas blancas,
acomodadas de tal manera que parecían formar rostros. Todo aquello me llamaba mucho la atención.
Yo no sabía prácticamente nada sobre esas creencias, y aunque había escuchado hablar
de personas que hacían limpias y trabajos de brujería, nunca había estado en un lugar como ese.
Había una especie de altar que ocupaba una parte importante de la habitación,
y alrededor se encontraban varios de aquellos objetos. Me quedé observándolos mientras esperaba
que Raúl terminara de preparar lo que fuera que iba a hacer conmigo. Después de unos minutos regresó.
Me dijo que iba a revisarme. Me pidió que me sentara en una silla pequeña de madera,
colocada frente a uno de los altares, y tomó entre sus manos unos objetos que
después arrojó cerca de las velas. Al principio no distinguí bien qué eran, pero cuando los vi con
más atención me parecieron pequeños huesos. Raúl comenzó a observar la manera en que habían caído,
y después empezó a pronunciar unas palabras en un idioma que yo no conocía. No era inglés,
no era nada raro. Si tuviera que describirlo, diría que sonaba como árabe o algo así.
Lo hacía con cierto ritmo, casi como si estuviera cantando, y recuerdo que al principio hasta me
pareció gracioso escucharlo, porque nunca había presenciado algo parecido. Yo permanecía sentado,
sin saber exactamente qué era.
Esperaba que yo hiciera, hasta que Raúl interrumpió lo que estaba haciendo, y me preguntó si alguna
vez le había hecho daño a alguien. Yo le respondí que no, o por lo menos que nunca había perjudicado
a nadie de manera intencional. Entonces me dijo que había una mujer que estaba muy enojada conmigo.
Según él, yo la había perjudicado de alguna manera, y aquella persona quería verme muerto.
También me explicó que se había hecho daño a alguien. También me explicó que se trataba de una mujer que tenía conocimientos de trabajos muy oscuros,
que sabía utilizarlos bien, y que estaba decidida a hacerme daño hasta acabar conmigo.
Como se podrán imaginar, escuchar algo así me dejó bastante inquieto, pero todavía pensaba que podía tratarse de alguna explicación que Raúl acostumbraba darles a sus clientes, para cobrarles más o algo así.
Yo había llegado hasta ahí porque me sentía enfermo, y porque mi amigo Jesús había sido un gran amigo mío.
No tenía ninguna prueba de que alguien estuviera haciéndome algo, y tampoco entendía cómo aquel hombre podía saber quién era la supuesta responsable.
Raúl volvió a mirarme y me preguntó,
¿Quieres saber quién es?
Le dije que sí.
Yo quería escuchar qué iba a decirme.
En cierta forma esperaba que mencionara a una persona que no tuviera nada que ver conmigo.
Porque eso habría terminado de convencerme de que todo aquello era una farsa.
Pero Raúl pareció darse cuenta de mi actitud, y me dijo algo que me hizo guardar silencio.
Yo sé que no crees en esto, y no te voy a obligar a creer, pero mi deber es ayudarte.
Después continuó hablando.
Me dijo que la mujer trabajaba conmigo.
Me dijo que yo le había quitado algo que para ella era muy valioso, y que por esa razón. Había colocado tierra de panteón en mi lugar de trabajo.
También comenzó a escribirla.
Dijo que era muy delgada, de piel morena clara, que tenía el cabello rizado y que era una persona muy reservada.
Y en ese momento pensé en Laura.
La descripción coincidía con ella, pero lo que más me impresionó fue que Raúl mencionara que yo le había quitado algo importante.
Inmediatamente recordé el problema de las horas extras.
Cuando decidí cambiarla de actividad, cuando le quité eso, cuando la retiré de aquella responsabilidad.
Para entonces eso era una situación que había ocurrido meses atrás, y que yo, la verdad, prácticamente había dejado de considerar importante.
Sin embargo, ahí estaba aquel hombre, a quien acababa de conocer, hablando de una mujer de mi oficina que claramente parecía coincidir con Laura.
Todavía no sabía que era ella.
No había mencionado su nombre cuando Raúl tomó un pedazo de papel y una pluma.
Me pidió que escribiera los nombres de tres personas de mi trabajo con las que hubiera tenido algún problema, o a las que posiblemente hubiera perjudicado.
La verdad es que en aquel momento solamente podía pensar en Laura, así que decidí hacer una pequeña prueba.
Escribí primero un nombre inventado, después el de mi secretaria, y finalmente, en tercer lugar, puse el nombre de Laura.
Doblé el papel por la mitad y se lo entregué.
Raúl lo abrió, apenas lo miró y me lo devolvió casi de inmediato.
Es Laura.
Me dijo.
Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
Había escrito tres nombres, y él le había señalado precisamente el de la mujer que coincidía con su descripción.
Yo sabía que uno de aquellos nombres era inventado, pero Raúl no tenía manera de saberlo.
No tenía manera de saberlo.
Tampoco le había contado lo que había ocurrido en mi oficina, ni el problema que había tenido con Laura cuando recién llegué a trabajar a la dependencia.
Entonces me preguntó si había sucedido algo entre nosotros, si yo había hecho algo o alguna cosa que pudiera haberlo ofendido.
Le expliqué brevemente lo de las horas extras, las quejas de sus compañeras, la decisión que había tomado de cambiarla de puesto.
Le dije que no.
Nunca había tenido intención de perjudicarla personalmente, que solamente estaba cumpliendo con mis responsabilidades.
Raúl me escuchó y cuando terminé de contarle me dijo, pues eso bastó.
Yo seguía tratando de encontrar alguna explicación.
Me parecía increíble que alguien pudiera guardar tanto resentimiento por una decisión de trabajo,
pero también tenía presente que Laura se había molestado muchísimo cuando le reiteré el condado.
Yo tenía control de las horas extras.
Recordaba las reuniones con sus compañeros, las miradas que me dirigían cuando pasaba cerca de ellos y la manera en que había cambiado su actitud hacia mí.
Raúl interrumpió mis pensamientos y me dijo que ahora tenía que ayudarme.
Tomó nuevamente aquellos pequeños huesos que había utilizado al principio y los puso en mis manos.
Fue entonces cuando pude observarlos de cerca.
Cuando descubrí que tenían algunos símbolos marcados.
Obviamente yo no sabía qué significaban y para qué se utilizaban, pero Raúl los manejaba con mucha familiaridad.
Después me hizo una pregunta que me pareció todavía más extraña que todo lo anterior.
Quería saber si tenía algún familiar fallecido que pudiera ayudarme.
Al principio les juro que pensé que no había entendido bien.
Me estaba preguntando por una persona muerta y yo no sabía de qué manera podía ayudarme.
Alguien que ya había fallecido podía intervenir en lo que me estaba ocurriendo, pero Raúl permanecía conmigo.
completamente serio, esperando mi respuesta, así que comencé a pensar en mis familiares.
El primero que me vino a la mente fue un hermano mayor de mi papá, un tío que había muerto apenas
un par de meses antes. Le dije su nombre y Raúl continuó con lo que estaba haciendo.
Lo siguiente que ocurrió fue bastante extraño para mí. Raúl comenzó una especie de limpia
mientras seguía pronunciando aquellas oraciones en el idioma que yo no entendía.
En un momento se detuvo, llamó a su esposa y a su hijo, que también se encontraban en el
departamento. Métanse a la recámara porque voy a sacar el muerto. Cuando dijo eso me asusté. Hasta
ese momento yo había pensado que simplemente iban a hacerme una limpia, como las que Jesús me había
recomendado, pero ahora Raúl estaba hablando de sacar a un muerto y había pedido a su propia
familia que se encerrara en el departamento.
Yo no sabía a qué se refería ni qué estaba por ocurrir. Raúl se dirigió a la pequeña cocina y me
pidió que esperara. Antes de alejarse me explicó que aquel familiar ya me conocía y que iba a
decirle cómo podía protegerme. Desde donde estaba sentado escuchaba que continuaba pronunciando sus
oraciones. Permaneció ahí unos cinco minutos y después regresó a donde yo me encontraba.
Ok, él ha decidido que te va a ayudar, me dijo. Entonces me explicó que también necesitábamos saber
cuál iba a ser mi santo protector. Me pidió que lo acompañara hasta otra parte de la sala,
donde se encontraban varias de las figuras que había observado cuando llegamos. Encendió algunas
velas, volvió a rezar y después me entregó nuevamente los huesos que tenían aquellos símbolos.
Me dijo que los tirara como si fueran los huesos de la iglesia. Hice lo que me indicó. Los arrojé y Raúl observó cómo habían caído.
Después me pidió que repitiera el procedimiento. En total los lancé tres veces. Cuando terminé,
Raúl hizo un gesto de asombro. Se quedó mirando los huesos y después señaló una de las figuras
que había cerca del altar. Era la representación de un hombre negro, de cuerpo muy musculoso,
adornado con algunos objetos de la iglesia. Raúl me dijo que los tirara como si fueran los huesos de la iglesia. Medía aproximadamente 40 centímetros de altura y estaba colocado dentro de una especie de olla de metal, de manera que sus piernas quedaban cubiertas hasta las rodillas
La figura estaba desnuda y tenía un miembro erecto de un tamaño bastante llamativo
Recuerdo perfectamente ese detalle porque era algo que nunca había visto en una figura religiosa
Raúl me dijo el nombre de aquel santo, pero he intentado olvidarlo
Lo que sí recuerdo es que lo señaló y me explicó que era un guerrero y que me iba a cuidar
Después me pidió que encendiera una vela frente a la figura
Que colocara algunos objetos de metal dentro de la olla donde se encontraba como una ofrenda
yo hice todo lo que me indicó aunque seguía bastante confundido, había llegado hasta aquel
departamento pensando que quizás me haría una limpia con hierbas o alguna cosa parecida y ahora
me encontraba participando en una ceremonia que no comprendía, frente a figuras y objetos cuyo
significado desconocía, sin embargo había algo que comenzaba a cambiar en mi manera de ver aquella
experiencia. Raúl había descrito a Laura, había mencionado el problema que tuve con ella y había
señalado su nombre entre los tres que escribía en el papel. Yo seguía sin entender cómo había
podido hacerlo, y por primera vez empecé a considerar seriamente que quizás Jesús tenía
razón al decirme que alguien me estaba haciendo daño. Antes de que nos despidiéramos, Raúl me
dio algunas indicaciones. Me dijo que aquella misma noche el guerrero iba a pelear por mí y
que gracias a eso podría dormir muy bien, pero también me advirtió que posiblemente experimentaría
algunas cosas extrañas durante la madrugada. Si sucedía algo que me preocupara podía llamarlo,
porque él iba a estar pendiente de mí, y si no ocurría nada, al día siguiente le
contaría cómo me había ido. Todavía faltaba otra indicación. Raúl me dijo que el lunes,
cuando llegara a trabajar, revisara las esquinas de mi oficina. Según él, en alguna de ellas iba
a encontrar un pequeño montón de tierra negra. Insistió en que se iba a tratar de tierra de
panteón y que por ningún motivo debía tocarla. Si la encontraba, tenía que llamar a alguien del
personal de limpieza para que la barriera y la retirara del lugar. Aquello volvió a parecerme
totalmente absurdo. Yo conocía mi oficina, sabía cómo estaba acomodado el mobiliario y nunca había
visto ningún montón de tierra en las esquinas. Además, seguía preguntándome cómo alguien habría
podido colocarla ahí sin que yo me diera cuenta. Raúl terminó diciéndome que me llamaría al día
siguiente para saber cómo seguía y explicarme qué faltaba por hacer. Le agradecí la atención y nos
despedimos. Jesús me acompañó de regreso a casa. Era domingo por la tarde y aunque seguía sintiéndome
enfermo, durante el camino estuve pensando en todo lo que acababa de escuchar. Me costaba aceptar que
una compañera de trabajo pudiera estar detrás de mis problemas de salud, pero tampoco podía dejar
de pensar en la manera en que Raúl la había descrito. Esa noche me acosté con la esperanza
de poder descansar. Llevaba varias semanas sintiéndome agotado, durmiendo mal y despertando
sin fuerzas, y por primera vez en mucho tiempo, apenas me acosté, conseguí quedarme profundamente
dormido. Aquella noche, del domingo para el lunes, dormí como hacía mucho tiempo que no dormía.
Después de varias semanas de sentirme enfermo, de despertar cansado y de pasar las noches preocupado
por lo que pudiera estar ocurriéndome, finalmente había podido descansar. Por lo menos eso fue lo
que sentí durante las primeras horas, porque en algún momento de la madrugada comencé a escuchar
un ruido extraño mientras estaba dormido. Era una especie de zumbido, muy parecido al
que producen los cables de alta tensión. Lo escuchaba como si viniera de algún lugar lejano,
y aunque era bastante molesto, no conseguía despertarme. Después comenzaron a mezclarse
otros ruidos, como golpes que al principio parecían venir de lejos. Yo estaba entre
dormido y despierto, escuchando todo aquello sin poder reaccionar. Poco a poco los golpes
se hicieron más fuertes, hasta que finalmente conseguí abrir los ojos y darme cuenta de
que alguien estaba golpeando la puerta de mi habitación.
Escuché las voces de mis padres y de mi hermana menor. Estaban del otro lado de la puerta
gritándome que les abriera. Por la manera en que me llamaban comprendí que algo estaba pasando,
así que me incorporé rápidamente, me levanté de la cama y fui a abrirles.
Lo primero que me llamó la atención fue que la puerta no tenía puesto el seguro. Simplemente
giré la perilla y la abrí. Sin embargo, cuando vi a mis padres y a mi hermana, me di cuenta de
que estaban verdaderamente asustados. Los tres miraban hacia el interior de mi habitación tratando
de ver qué había detrás de mí. Yo acababa de despertarme y no entendía qué estaba ocurriendo,
así que les pregunté por qué estaban tocando de aquella manera. Entonces me explicaron lo que
habían escuchado. Según ellos, durante la madrugada comenzaron a oír golpes muy fuertes
que venían de mi recámara. También escucharon gritos, ruidos como si alguien estuviera aventando
cosas contra las paredes. Por momentos parecía que había una pelea dentro de la habitación,
como si yo estuviera forcejeando con alguien más. Aquellos ruidos los despertaron, y preocupados
por lo que pudiera estar sucediendo me fueron a buscarme. Pero cuando intentaron entrar descubrieron
que la puerta no se abría. Me dijeron que habían tratado de abrirla varias veces, que habían girado
la perilla y empujado, pero que no habían conseguido moverla. Por eso comenzaron a golpear,
a gritarme, cada vez más preocupados, porque seguían escuchando aquellos ruidos en el interior
y yo no les respondía. Yo estaba tan sorprendido como ellos. Les expliqué que había estado dormido,
que lo único que recordaba era aquel zumbido extraño y unos golpes que escuchaba como si
estuvieran lejos. Después había despertado con sus voces. No recordaba haber gritado ni haberme
levantado de la cama, mucho menos haber estado peleando con alguien. Para demostrarles que no
había cerrado la puerta, volví a mover la perilla. El seguro estaba quitado. La puerta abría
normalmente. Mis papás y mi hermana comprobaron que no había nada que impidiera abrirla. Tampoco
encontramos una explicación para los golpes que habían escuchado, porque dentro del cuarto
todo parecía estar en su lugar. Mi familia seguía muy alterada. Yo
¡Gracias por ver el video!
también estaba asustado, aunque al mismo tiempo tenía una sensación de tranquilidad que me
resultaba difícil de explicar. Me sentía descansado y, a pesar de lo que acababa de ocurrir, no tenía
aquella angustia que me había acompañado durante las semanas anteriores. Como no encontramos que
había provocado todo aquello, finalmente regresamos a dormir. El resto de la noche transcurrió sin que
volviéramos a escuchar algo extraño. A la mañana siguiente desperté temprano y ocurrió algo que me
sorprendió muchísimo. Me sentía bien. Por primera vez en semanas me levanté con energía, sin aquella
pesadez en las piernas y sin el agotamiento que había llegado a impedirme realizar mis actividades
normales. Tenía ganas de ir a trabajar y me sentía como debía sentirse una persona de 27 años.
Me preparé para salir de la casa y durante esos primeros minutos estuve tan contento de encontrarme
mejor que prácticamente dejé de pensar en lo que había pasado durante la madrugada. Fue hasta que
iba camino a la oficina cuando recordé las palabras de Raúl. Me había dicho que aquella noche el
guerrero iba a pelear por mí. También me había advertido que posiblemente experimentaría algunas
cosas extrañas mientras dormía y que al día siguiente debía contarle lo sucedido.
Entonces volví a pensar en los golpes, en los gritos que escuchó mi familia y en aquella puerta
que mis papás y mi hermana no habían podido abrir. Yo no sabía o no quería saber qué relación podía
existir entre una cosa y otra, pero la coincidencia me impresionó bastante, así que tomé mi teléfono
y decidí llamarlo. Apenas había sonado el primer timbrazo cuando Raúl contestó.
Estuvo intensa la noche, ¿no? Me quedé sorprendido al escucharlo. Todavía no había tenido oportunidad
de explicarle lo que pasó y él ya estaba preguntándome por la noche anterior. Antes de que
pudiera contar los detalles, siguió hablando. Este guerrero no falla. Estuvo peleando por ti
anoche, pero todavía falta quitarte lo que traes encima. Después me dijo que necesitaba verme
miércoles por la tarde. Según él, tenía que preparar todavía algunas cosas para terminar de
quitarme aquella brujería. Yo le respondí que estaba bien, que el miércoles regresaría a su
departamento. Antes de terminar la llamada, me recordó algo que había mencionado durante la
consulta. Acuérdate, por favor, saca la tierra de tu oficina. Por ningún motivo te la acerques a
Laura, porque va a estar. Más brava que nunca.
Después de decirme aquello, terminó la llamada.
Yo continué mi camino al trabajo, pensando en lo extraño que había sido todo. Por un lado me
encontraba mucho mejor de salud, aunque llevaba semanas esperando. Por otro lado estaba lo que
había ocurrido en mi habitación y la manera en que Raúl parecía saber que había pasado algo
durante la madrugada.
Tenía muchas dudas, pero comenzaba a preocuparme seriamente de la posibilidad de que aquel hombre
realmente tuviera razón.
Cuando llegué a la oficina, lo primero que hice fue cerrar la puerta para poder revisar el lugar sin que nadie me
interrumpiera. Mi oficina era un cuarto rectangular bastante sencillo. Tenía un escritorio, un archivero y un
librero. Conocía perfectamente la distribución de los muebles porque pasaba ahí todo el día.
Y hasta ese momento nunca había visto nada extraño en el suelo. Sin embargo, Raúl había sido muy
específico al decirme que revisara las esquinas, porque en alguna de ellas iba a encontrar un
pequeño montón de tierra negra. Así que comencé a buscar. Revisé las primeras esquinas sin encontrar
absolutamente nada. Mientras lo hacía, una parte de mí esperaba que todo terminara ahí, que no hubiera
ninguna tierra.
Que pudiera olvidarme de aquella advertencia, que pudiera saber que había sido mi sugestión, mi imaginación, pero que en
realidad todo era parte de una forma de invocar a la gente crédula.
Pero me faltaba revisar la esquina que estaba detrás del librero, a mis espaldas cuando estaba sentado en el
escritorio. Era un lugar de difícil acceso. El librero estaba colocado de tal manera que prácticamente había que
hacer algunas maneras de ver el lugar.
Maniobras para alcanzar el espacio entre el mueble y la pared. Me acerqué para mirar, y cuando finalmente conseguí distinguir el suelo de aquella esquina, vi algo que me dejó inmóvil. Había un pequeño montón de tierra negra. Estaba acomodada justo en la esquina, formando una especie de montículo, parecido a lo que dejan algunos insectos cuando sacan tierra del suelo. Era una tierra muy oscura.
De verdad, prácticamente negra, y tenía una apariencia fresca, como si alguien la hubiera llevado hasta allí recientemente. Me quedé viéndola, tratando de entender cómo había llegado a ese lugar. Lo primero que pensé fue que alguien tenía que haberla puesto allí, claro, pero para hacerlo, habría tenido que entrar a mi oficina, mover o alcanzar el espacio detrás del librero, y depositar la tierra con bastante cuidado.
Yo sabía que varias personas tenían acceso a mi área de trabajo, y por supuesto, Laura era una de ellas. Sin embargo, hasta ese momento no tenía ninguna prueba de que hubiera sido ella. Incluso llegué a pensar en la posibilidad de que Raúl hubiera colocado aquella tierra para hacerme creer su historia, pero enseguida descarté la idea.
Yo acababa de conocerla el día anterior. Él no sabía dónde trabajaba exactamente, y me parecía imposible encontrarla.
Yo pensé que hubiera conseguido entrar a la dependencia para colocar algo detrás de mi librero. Lo que más me impresionaba era que Raúl me había dicho exactamente qué debía buscar y dónde iba a encontrarlo. Había mencionado un puñado de tierra negra en una esquina de mi oficina, y ahí estaba, frente a mí.
Recordé también su advertencia de que por ningún motivo debía tocarla, así que salí de la oficina.
Yo pensé que enviaran a alguien de limpieza. No di explicaciones sobre lo que había encontrado, ni comenté lo que me habían dicho el día anterior. Simplemente solicité que limpiaran aquel lugar y retiraran la tierra.
Después salí a la calle para llamar nuevamente a Raúl.
Sí, había tierra. Le dije. Tierra negra.
Ok. Necesito que me ayudes con esto.
Él me respondió.
Él me respondió con tranquilidad.
Claro que sí. El miércoles te veo. Y ahí se acaba todo.
Terminé la llamada y permanecí algunos minutos fuera de la oficina, tratando de ordenar mis pensamientos.
En menos de 24 horas habían ocurrido demasiadas cosas.
Mi familia había escuchado esa pelea dentro de mi habitación cuando yo estaba dormido.
Yo había despertado sintiéndome completamente recuperado.
Y ahora acababa de encontrar. Exactamente lo que Raúl me había advertido que encontraría.
Me era muy difícil seguirme resistiendo a creer.
Finalmente regresé al edificio para continuar trabajando.
Y cuando estaba por llegar a mi oficina, vi que Laura venía caminando de frente hacia mí.
Hasta ese momento no había tenido ningún encuentro con ella después de la consulta con Raúl.
Yo sabía lo que aquel hombre me había dicho.
Pero seguía sin tener la certeza de que era Raúl.
Sin tener la certeza de que fuera Laura quien estuviera involucrada en eso.
Tampoco podía acercarme a reclamarle una cosa tan grave, basándome únicamente en lo que había escuchado durante un ritual.
Así que decidí comportarme con normalidad.
Cuando estuvimos cerca la saludé.
Buenos días.
Laura no me respondió.
Solamente me dirigió una mirada que me resultó bastante extraña.
Hizo un movimiento muy leve con los labios.
Como si intentara sonreír.
Pero no llegó a hacerlo.
Me miró fijamente y continuó caminando.
Yo me quedé pensando en aquella expresión.
La conocía desde hace meses.
Había trabajado directamente con ella.
Y estaba acostumbrado a su manera reservada de tratar a los demás.
Pero ese día me pareció diferente.
Tenía una mirada muy intensa.
Y al mismo tiempo, me sentí muy triste.
Era un tiempo extrañamente vacía.
Era difícil explicar qué había cambiado, pero. Recuerdo que me impresionó verla de aquella manera.
No le dije nada más.
Continué hacia mi oficina.
La noche del lunes transcurrió sin ningún incidente.
También la del martes.
En el trabajo las cosas parecían estar mejorando y yo continuaba sintiéndome bien de salud.
Después de tantas semanas de malestar,
poder levantarme de la cama,
Sentarme por las mañanas y cumplir con mis actividades normales era un alivio enorme.
Había, sin embargo, algo que seguía llamándome la atención
La oficina de Laura permanecía prácticamente todo el día con la luz apagada
Desde afuera se veía en penumbra, aunque ella continuaba trabajando ahí
Cuando alguien preguntaba por qué no prendía las luces, su explicación era que de esa manera sentía menos calor
Yo escuché aquel comentario, pero intenté ignorarlo
Tenía una cita pendiente con Raúl y quería terminar con todo aquello de una vez por todas
Finalmente llegó el miércoles
Durante la mañana me dediqué a sacar los asuntos más importantes que tenía pendientes
Porque había quedado de encontrarme con él a las 5 de la tarde
Pero antes de las 4 dejé la oficina y emprendí el camino hacia Escapotzalco
Esa vez Jesús no pudo acompañarme, así que tuve que ir solo
Llegué nuevamente a la unidad habitacional
Busqué el edificio donde vivía Raúl y subí hasta su departamento
Ya conocí el lugar
Sabía qué clase de objetos había en su interior
Aunque todavía no tenía muy claro qué iba a hacerme durante aquella segunda visita
Me acerqué a la puerta y toqué
Raúl me había dicho que ese día terminaríamos de quitarme lo que supuestamente había hecho
Yo esperaba que tuviera razón
Pero no sabía lo que me esperaba
Cuando se abrió la puerta Raúl apareció vestido completamente de blanco
Llevaba una especie de gorrito del mismo color
Y como era un hombre bastante grande
Aquella ropa hacía que se viera todavía más corpulento
Recuerdo que me llamó la atención lo blanco que se veía todo lo que llevaba puesto
Incluso me parecía que la ropa reflejaba un poco la luz del departamento
Esta vez me recibió de una manera mucho más cálida
Me saludó con un abrazo y me hizo pasar
Como si ya nos conociéramos desde hacía mucho tiempo
Me pidió que me sentara en la misma silla de madera que había utilizado durante mi primera visita
Mientras él terminaba de preparar algunas cosas
Aproveché para observar nuevamente el departamento
Había muchas más veladoras encendidas que la vez anterior
Y también bastantes flores
El olor de las hierbas y el olor de la luz de la noche
Y el olor de las hierbas y el olor de la noche
Y el olor de las hierbas y el olor de la noche
El olor de las hierbas y de las velas estaba presente en toda la habitación
Pero lo que más llamó mi atención
Fueron dos gallinas rojas que estaban amarradas de una pata a otra silla
Tenían un poco de alimento regado cerca de ellas
Y permanecían ahí mientras Raúl se movía de un lado a otro
Antes de aquella visita
Raúl me había pedido que llevara ropa negra que pudiera desechar
No me había explicado exactamente para qué la necesitaba
Pero seguí sus indicaciones
Debajo de mi ropa normal llevaba puestos un short y una camisa negras
Yo suponía que iba a ensuciarme durante la limpia
O que utilizaríamos alguna sustancia que pudiera mancharme
Así que no le había dado demasiadas vueltas al asunto
Cuando Raúl estuvo listo se colocó frente a mí y me dijo
Bien
Vamos a empezar
Comenzó a pronunciar de nuevo aquellas oraciones que ya le había dicho
Que había escuchado durante la primera consulta
Seguía sin entender una sola palabra
Tenía un ritmo particular
Como si estuviera cantando
Y por momentos cambiaba la intensidad de su voz
Yo permanecía sentado observando lo que hacía
Hasta que en determinado momento se detuvo y me dijo
El santo está presente
Nos va a ayudar
Después comenzó a pasarme algunas hierbas por el cuerpo
Y me dijo
Entre los olores que percibí pude reconocer el romero
Porque era una planta que conocía bien
Raúl continuó con sus oraciones
Y mientras preparaba lo que seguía
Me explicó para qué había llevado aquellas dos gallinas
Según él
Los animalitos iban a quitarme lo que tenía en la espalda
Después, mediante el ritual
Devolveríamos aquello al lugar de donde había venido
Yo no entendía muy bien qué significaba eso
Pero para entonces ya había decidido
Seguirme
Y seguir sus instrucciones
Me había sentido enfermo durante semanas
Y después de la primera visita
Había experimentado una mejoría que todavía no podía explicar
Además estaba lo que había ocurrido en la habitación
El descubrimiento de aquella tierra negra en el librero
Todo eso me había llevado a regresar
Aunque seguía sin comprender muchas de las cosas que Raúl estaba haciendo
Era imposible para mí no confiar
Me pidió que me quitara la camisa
Y que me colgara la camisa
Y que me colocara de espaldas a él
Después tomé una de las gallinas por ambas patas
Y comenzó a pasarme la cabeza del animal por mi espalda
Al principio solamente sentí el contacto de sus plumas
Y algunos movimientos de la cabeza contra mi piel
Pero después la gallina comenzó a comportarse de manera que me impresionó bastante
Empezó a hacer unos ruidos muy extraños
Cada vez más fuertes
Y a moverse con desesperación
Llegó un momento en el que prácticamente no podía ver a Raúl
Lógicamente parecía que estaba gritando casi como una persona
También comenzó a darme picotazos en la espalda
Mientras Raúl continuaba sosteniéndole
Haciendo aquello que según él formaba parte de la limpia
Yo estaba muy nervioso
Nunca había participado en una ceremonia de ese tipo
Y tampoco sabía qué iba a pasar con el pobre animal
Pero de pronto la gallina dejó de resistirse
Su cuerpo perdió fuerza
Quedó en un lugar donde no podía ver a Raúl
Prácticamente desmayada pero
Con los ojos abiertos
Todavía estaba viva
Podía verlo
Podía verla respirar
Pero estaba completamente quieta
Ya no reaccionaba a nada
Me volví ligeramente para tratar de ver qué estaba ocurriendo
Y en ese momento
Raúl le cortó la cabeza
Fue algo que me impresionó muchísimo
No esperaba que hiciera eso
Y al verlo
Sentí que se me revolvía el estómago
Me dio mucha tristeza por el animal
Pero todo ocurrió tan rápido
Que apenas tuve tiempo de reaccionar
Raúl continuó con la ceremonia
Y utilizó parte de la sangre
Sobre aquellos pequeños huesos
Que había empleado en la primera consulta
También la dejó caer sobre algunas velas
Y sobre varias de las figuras
Que estaban cerca del altar
Incluyendo aquella representación del guerrero
Que según me había dicho
Era un hombre
Iba a protegerme
Después hizo lo mismo con la segunda gallina
Yo me encontraba bastante abrumado
Había aceptado regresar
Para que me ayudara a recuperar mi salud
Y ahora
Ahora estaba presenciando cosas
Que jamás había imaginado ver
Seguía pensando en los animales
En lo que acababa de ocurrir
En lo extraño que me resultaba
Estar participando en una ceremonia
Que no entendía
Y claro
Me sentí muy triste
Van a decir que
Que como pollo
Que como carne
Que todos
De alguna forma indirectamente
Matamos animales
Para nuestro beneficio
Pero
Aún así es muy distinto
No ver como se muere el pollo que te comes
A que
A que algo así suceda enfrente de ti
Estaba decidido a terminar
Porque Raúl me había asegurado
Que aquella tarde iba a quitarme
Definitivamente lo que traía encima
Y yo
Para entonces nos encontrábamos
En el baño del departamento
Era un espacio pequeño
Y Raúl había preparado algo
En el área de la regadera
Que no tenía puertas
Recuerdo que el lugar
Se sentía muy sofocante
Especialmente después de todo
Lo que acababa de presenciar
Yo estaba nervioso
Y trataba de prestar atención
A sus indicaciones
Porque tenía la impresión
De que lo que seguía
Era particularmente importante
En el suelo de la regadera
Había colocado
Tres pedazos de telas rectangulares
Uno sobre otro
Pero acomodados de tal manera
Que podían distinguirse
Los tres colores
Formaban una superficie
Que ocupaba aproximadamente
La mitad del espacio de la regadera
Encima había dibujado
Muchas cruces
Y algunos símbolos
Que yo no conocía
Especialmente alrededor de los bordes
Raúl me explicó
Que aquello representaba un panteón
Yo observaba las telas
Sin entender para qué íbamos a utilizarlas
Hasta ese momento había visto
Altares, figuras religiosas
Huesos, veladoras
Y el sacrificio de las gallinas
Pero aquello me resultaba
Completamente diferente
Era una representación
De un cementerio
Colocada directamente
Sobre el suelo de una regadera
Y Raúl parecía estar preparándose
Para hacer algo conmigo sobre ella
Entonces me tomó del brazo
Me pidió que yo también
Lo sujetara a él
Y cuando estuvimos agarrados
Me explicó lo que íbamos a hacer
Según sus palabras
Íbamos a entrar al lugar
De donde había venido el mal
Que yo traía encima
Recuerdo que me dijo
Te voy a llevar allá abajo
¿Estás listo?
Después comenzó a darme
Instrucciones muy precisas
Tenía que colocarme
Frente a las telas
Y cuando él me lo indicara
Saltar con los dos
Pies juntos
Para caer dentro
De aquella representación
Del panteón
Debía mantener los ojos cerrados
Durante todo el tiempo
todo el procedimiento. Me advirtió que sin importar lo que escuchara o sintiera, por ningún motivo
debía abrirlos. También me explicó que le iba a hablar fuerte para que pudiera escucharlo. Cuando
llegara el momento de salir, me daría un jalón del brazo y yo tendría que saltar nuevamente,
esta vez fuera de las telas, hasta quedar a un costado suyo. Y aún después de hacerlo,
debía permanecer con los ojos cerrados, sin voltear, hasta que me lo autorizara.
Yo escuché todas aquellas indicaciones y traté de memorizarlas. La verdad es que estaba asustado.
No sabía qué esperaba que ocurriera cuando saltara sobre aquellas telas, ni entendía por
qué era tan importante mantener los ojos cerrados. Pero Raúl me hablaba con mucha seriedad y yo
había llegado hasta ahí precisamente porque quería terminar con todo aquello.
Así que me sujeté bien de su brazo, cerré los ojos y esperé.
Raúl continuó pronunciando algunas oraciones. Yo permanecía frente a la regadera, calculando
mentalmente la distancia que tenía que saltar para caer en el centro de las telas. Como estaba
descalzo y el suelo era de baño, también me preocupaba resfalarme al caer. Por eso,
cuando escuché que Raúl me daba la orden, procuré hacer el movimiento con cuidado.
"¡Salta!"
Di un brinco con los dos pies juntos, calculando que iba a caer aproximadamente en el centro de
aquel panteón. Pero ocurrió algo que hasta hoy que escribo esto no sé explicar. Mis pies,
comunidad, mis pies no tocaron el suelo. Eso fue exactamente lo que sentí. Yo había saltado
esperando a que Raúl saliera del panteón y que Raúl saliera de él. Yo había saltado esperando
a caer sobre las telas, sentir el piso de la regadera, resbalarme y recuperar el equilibrio,
como habría sucedido en cualquier otro lugar. Sin embargo, después de dar el brinco, tuve la
sensación de que seguía suspendido, como si debajo de mis pies no hubiera absolutamente nada.
Yo entiendo y no sé si me crean, comunidad, pero voy a tratar de explicarles cómo lo experimenté,
porque es algo que no puedo olvidar.
Era muy parecido a la sensación que se tiene cuando uno se avienta de pie a una alberca,
al entrar al agua, cuando por un momento se pierde la referencia del suelo y los sonidos
comienzan a escucharse de una manera distinta. Las voces de las personas que están afuera llegan
apagadas, lejanas, como si hubiera algo entre ellas y nosotros. Así escuchaba yo la voz de
Raúl. Podía distinguir que seguía pronunciando sus oraciones, pero su voz llegaba como si fuera
escuchándola desde abajo del agua. Sentía bien clarito los oídos tapados, esa presión tan particular
que se experimenta cuando uno se sumerge en una alberca. Lo extraño era que yo seguía sujetando
del brazo a Raúl y tenía los ojos completamente cerrados. No podía entender qué estaba pasando.
Por momentos sentía que estaba colgado de su brazo, sin encontrar dónde estaba.
Raúl continuaba hablando y entre sus oraciones alcanzaba a distinguir que me repetía una misma
indicación. No abras los ojos. No abras los ojos. Y yo no pensaba abrirlos. Tenía miedo de hacerlo
después de todas las advertencias que me había dado. Además, estaba tan concentrado en tratar
de comprender aquella sensación que apenas podía pensar en otra cosa.
Seguía esperando sentir el piso debajo de mis pies, pero eso no ocurría. El lugar se sentía
sofocante y la voz de Raúl continuaba escuchándose de qué manera tan extraña, como si estuviera lejos
de mí. No podría decirles qué estaba ocurriendo realmente porque yo tenía los ojos cerrados y,
por lo tanto, nunca vi nada de lo que pudiera ver a mi alrededor. Lo único que puedo asegurar es que
durante aquella experiencia,
dejé de sentir al suelo bajo mis pies, y tuve la sensación de encontrarme suspendido mientras Raúl me
sujetaba del brazo. Finalmente, entre las palabras que seguía pronunciando, conseguí extinguir una
orden. Sentí que Raúl me jalaba del brazo. Traté de impulsarme para salir de aquel lugar. No sé exactamente
cómo conseguí hacerlo porque seguía sin sentir una superficie firme desde la cual dar el salto,
pero obedecí y terminé cayendo afuera de las telas, a un costado suyo, en el piso del baño.
En cuanto lo hice, sentí que mis oídos se destapaban de golpe. Fue una sensación muy
parecida a la que se tiene cuando uno sale del agua después de haberse sumergido demasiado.
Incluso sentí algo como de dolor por lo repentino del cambio.
Raúl todavía me sujetaba del brazo. Yo trataba de recuperar el equilibrio,
sorprendido por lo que acababa de experimentar. Me volví hacia él y abrí los ojos. Al principio
me costó un poco enfocar la vista porque había mantenido los párpados fuertemente
apretados durante todo el procedimiento. Cuando finalmente pude verlo bien,
descubrí que estaba completamente empapado en sudor. Tenía la ropa mojada, el rostro cubierto,
como si acabaran de echarle encima una cubeta de agua caliente. Yo también me descubrí sudando
muchísimo. Los dos permanecimos ahí mientras tratábamos de recuperarnos y Raúl, todavía
visiblemente agotado, me dijo. Me costó trabajo, pero esa cosa ya se regresó a donde pertenece.
No te quería soltar. ¿Quién te lo hizo?
Yo seguía tratando de asimilar lo que acababa de pasar. Había entrado a aquella regadera,
había cerrado los ojos y saltado sobre unas telas colocadas en el suelo. Era algo muy sencillo,
algo que cualquiera podía hacer. Pero durante todo ese procedimiento había experimentado una
sensación que nunca antes había tenido y que incluso ahora, tantos años después,
sigo sin encontrar la manera de explicar. Raúl no me dio muchos más detalles sobre lo que
acababa de ocurrir. Simplemente continuó con la ceremonia. Me pidió que me sentara dentro de una
tina bastante grande que tenía preparada y comenzó a bañarme con agua tibia mezclada con hierbas.
Volví a reconocer el olor del romero, que después de todo lo que había ocurrido me resultó bastante
agradable. Poco a poco fui tranquilizándome. Me sentía mucho más ligero y, por extraño que parezca,
de alguna forma me sentía… contento. Cuando terminó de bañarme pensé que por fin
todo se había acabado, pero antes de despedirnos, Raúl me explicó que todavía tenía que hacer
algunas cosas en mi casa. Me entregó un líquido que había preparado y me indicó que debía
utilizarlo para trapear durante tres días seguidos. Según él, aquello formaba parte
de la protección que acababa de darme. Después me dijo algo que me preocupó bastante. Me explicó que
todo lo que aquella mujer me había hecho se le iba a regresar, que ahora yo estaba protegido y
que el santo que había aceptado cuidarme se encargaría de cualquiera que intentara hacerme
daño. Yo le respondí inmediatamente que no quería eso. Le expliqué que nunca había tenido intención
de perjudicar a Laura, que lo único que había querido era recuperar mi salud y poder continuar
con mi vida. No me interesaba vengarme de ella ni hacerle daño a ninguna otra persona. Si realmente
tenía miedo a Laura, a quien me había provocado todo aquello, yo prefería que las cosas terminaran ahí.
Raúl me escuchó. Después me respondió con una tranquilidad que me impresionó más que cualquier
otra cosa que había dicho durante aquella tarde: "Eso ya no lo decides tú".
Después de escuchar aquello preferí no seguir discutiendo con Raúl. Yo había
ido a buscarlo porque estaba desesperado, porque llevaba semanas esperando que Raúl saliera.
Después de todo lo que había pasado, comenzaba a creer que realmente alguien había hecho algo
para perjudicarme, pero nunca había querido vengarme de Laura. Si ella era responsable,
lo único que deseaba era que me dejara en paz. Le agradecí a Raúl por haberme ayudado. Recogí
mis cosas y regresé a casa con el líquido que me había preparado para trapear durante
los siguientes tres días. Hice todo lo que me indicó y, por fortuna, mi salud siguió mejorando.
De hecho, podría decir que después de aquella segunda visita recuperé por completo la vida
que tenía antes de enfermarme. Volví a dormir bien, recuperé el apetito, tenía energía para
trabajar y también mejoró mucho mi estado de ánimo. En mi casa las cosas se tranquilizaron
y en la oficina pude concentrarme nuevamente en mis responsabilidades. Era como si aquellas
semanas de enfermedad hubieran quedado atrás. Nunca volví a ver a Raúl, aunque todavía hablamos
por teléfono en un par de ocasiones. Él me decía que yo tenía cualidades para involucrarme en la
Y llegó a ofrecerse para ser mi padrino, para enseñarme y guiarme en aquellas prácticas, pero yo siempre le respondí que no estaba interesado.
Le agradecía muchísimo lo que había hecho por mí, porque hasta ese momento estaba convencido de que me había ayudado a recuperar mi salud, pero no quería involucrarme más.
Lo que había vivido durante aquellas dos visitas me había impresionado bastante y de verdad yo prefería continuar con mi vida.
Con el tiempo dejamos de comunicarnos y yo procuré no pensar demasiado en todo aquello.
Pasaron algunas semanas y un día, mientras estaba trabajando, me llevaron unos documentos para autorizar, y entre ellos había una solicitud de licencia médica a nombre de Laura.
Les juro que al principio pensé que se trataría de alguna enfermedad común, pero me llamó la atención que necesitara ausentarse del trabajo, así que pregunté qué le había pasado.
La persona que me llevó los papeles me miró sorprendida. Me preguntó si de verdad no me había enterado.
Yo le dije que no, que llevaba tiempo sin hablar con Laura, que no sabía de su situación.
Entonces comenzó a contarme algo que me dejó bastante preocupado.
Según me dijeron, entre los compañeros de trabajo se comentaba ya que Laura practicaba la brujería.
También se decía que había comenzado a padecer una infección muy extraña en uno de los ojos.
Me dijeron que su estado había empeorado tanto que estaba en riesgo de perderlo.
Al parecer, el otro ojo también comenzaba a presentar problemas, pero lo que más me impresionó fue que aquella persona mencionó a una hermana de Laura.
Me contó que, según los rumores, esa hermana había sufrido algo parecido tiempo atrás, que después había perdido la razón, que finalmente había fallecido, diciendo que veía demonios.
Me contó que había perdido la razón, que después había perdido la razón, que finalmente había fallecido, diciendo que veía demonios.
No dependía de mí ya.
No hice ningún comentario.
Autoricé el documento y continué trabajando.
Tampoco quise acercarme a Laura para preguntarle qué estaba pasando.
Yo ya había decidido mantenerme al margen de todo aquello, y la verdad no tenía ninguna intención de involucrarme nuevamente.
Además, aunque cada vez me resultaba más difícil considerar toda una coincidencia,
tampoco podía asegurar que su enfermedad. tuviera alguna relación con lo que Raúl había hecho.
No.
Así que preferí dejar las cosas así.
Pasaron aproximadamente dos meses y una tarde, mientras estaba en mi oficina atendiendo algunos asuntos.
Entró mi secretaria para decirme que Laura había llegado y que quería hablar conmigo.
Me sorprendió bastante, porque después de su licencia médica no había vuelto a verla.
Le dije que la dejara pasar y me quedé esperando.
Sin tener idea de qué podía querer.
Sin tener idea de qué estaba por entrar en mi puerta.
Cuando Laura entró apenas la reconocí.
Estaba mucho más delgada que antes y llevaba puestos unos lentes oscuros bastante grandes.
Debajo de ellos alcanzaba a distinguir una gaza blanca que le cubría el ojo izquierdo.
Se veía tan diferente de la mujer con la que yo había tenido aquel problema por las horas extras.
Eso que parecía un problema de la vida.
Parecía estar una eternidad atrás.
Saludé y le ofrecí que tomara asiento, pero me dijo que no era necesario.
Que solamente había ido a entregar su renuncia.
Aquello me sorprendió.
No esperaba que dejara su trabajo, pero antes de que pudiera preguntarle algo, Laura me dijo.
Solo vengo a entregar mi renuncia y a pedirte que me perdones.
Me quedé mirándola.
La verdad es que no sabía cómo reaccionar.
Yo nunca, nunca le había mencionado lo que Raúl me dijo de ella.
Ni había hablado con nadie de la oficina sobre la tierra negra que encontré en el librero.
Tampoco le había reclamado nada.
Así que le respondí que no tenía por qué pedirme perdón.
Que entre nosotros no había ningún problema.
Laura permaneció de frente a mi escritorio.
Después se acercó un poco más.
Apoyó las dos manos sobre él y se inclinó hacia mí.
Recuerdo que su actitud me puso bastante nervioso porque parecía muy interesada en que yo entendiera lo que estaba tratando de decirme.
Y me dijo.
Mírame.
Tú sabes bien qué hice.
Y te pido que me perdones.
Se quitó los lentes oscuros.
Fue entonces cuando pude ver lo mal que se encontraba.
Tenía el ojo izquierdo completamente cubierto con aquella gasa blanca.
Sujeta con cinta adhesiva.
Y el derecho estaba muy rojo, como si tuviera una infección espantosa.
Me impresionó verla de esa manera.
Yo la recordaba como una mujer reservada, de carácter difícil, pero físicamente sana.
Ahora estaba tan delgada que pesaría unos 35 kilos.
Y tenía aquel poder.
Y tenía un problema en los ojos que por lo que me habían contado, era bastante grave.
Se quedó esperando mi respuesta.
En ese momento pensé en todo lo que había ocurrido.
Recordé cuando Jesús me dijo que alguien me estaba haciendo el trabajo.
La primera visita a Raúl.
La descripción que hizo de Laura sin conocerla.
Y el pequeño montón de tierra negra que encontré ahí, en mi oficina.
También recordé aquella noche con mis papás.
Con mi hermana.
Cuando escucharon golpes y gritos dentro de mi habitación, y, por supuesto,
recordé lo que experimenté durante la segunda ceremonia.
Todo aquello pasó por mi cabeza.
Mientras Laura permanecía frente a mí, pidiéndome perdón.
Pero no quise preguntarle nada.
No quería saber qué había hecho, ni cómo lo había hecho.
Tampoco quería que me explicara si realmente había estado involucrada en lo que me sucedió.
Después de tantos problemas, yo me encontraba por fin bien.
Para mí, era suficiente.
Así que le respondí que no sabía a qué se refería.
Que yo no tenía ningún problema con ella y que, si había algo por lo que necesitaba
pedirme perdón, entonces, la perdonaba.
Laura me miró unos instantes.
Después volvió a ponerse los lentes oscuros.
Retiró las manos de mi escritorio y me dijo:
"Gracias.
Y se fue.
Y nunca más volví a verla.
Muchas gracias por escuchar, comunidad.
De verdad, no quise editar esta historia.
Siento que todos, todos los detalles eran importantes.
Y antes de despedirnos, estamos participando, o nos nominaron a los premios
del Signal, que me dicen que son muy importantes.
Me parece que somos el único podcast de habla hispana nominado.
Así que, pues, de nuevo, todo, todas gracias a ustedes.
Y, aunque saben que no me importan los premios, les dejo aquí en la descripción y en un comentario
pineado el link para que vayan a votar.
Quedan un par de días para hacerlo.
Nos escuchamos muy pronto.
Que continuamos con el canal.
Hasta luego.
Hasta luego.
Hasta luego.
Hasta luego.
Hasta luego.
Hasta luego.
Podcast Summary
Key Points:
El relato describe un caso de salud física y mental deteriorada provocada por supuestos rituales de brujería.
La protagonista, Laura, era una colega que manipulaba las horas extras para beneficiar a ciertos empleados, generando malestar en el entorno laboral.
El protagonista, tras cambiar su puesto, sufrió síntomas severos como fatiga extrema, dolores, ansiedad y pérdida de apetito.
Un amigo supersticioso, Jesús, lo lleva a un "médico" que realiza un ritual con afirmaciones, hierbas y representaciones religiosas.
El ritual revela que Laura, por haber sido favorecida y luego desplazada, fue la causa del malestar, con evidencia directa en el nombre y descripción.
Se descubre tierra de panteón en la oficina, coincidiendo con la advertencia del ritualista.
Durante la noche, la familia escucha golpes y gritos, y el protagonista se despierta con una sensación de liberación y salud.
La segunda visita al ritualista incluye un sacrificio de gallinas y una experiencia de "caída" que simula un viaje al inframundo, con efectos psíquicos intensos.
Summary:
Este relato narra la experiencia de un hombre de 27 años que, tras un deterioro físico y emocional, descubre que su enfermedad podría tener origen sobrenatural. Al principio, los síntomas —como fatiga extrema, ansiedad y pérdida de apetito— son atribuidos a estrés laboral, pero los análisis médicos no revelan nada anormal. Su amigo Jesús, con creencias en la brujería, lo lleva a un ritualista que practica "limpias" y afirmaciones.
Durante la visita, el ritualista identifica a Laura, una colega de su oficina, como la persona responsable del malestar, basándose en una descripción que coincide con ella. El ritual incluye un análisis de tres nombres, resultando en la identificación exacta de Laura como la responsable. También se encuentra tierra de panteón en una esquina de su oficina, un detalle que el ritualista prevé.
Durante una noche, la familia escucha golpes y gritos, y el hombre se despierta sin sintomáticos, sintiéndose completamente recuperado. Aunque el proceso es confuso y difícil de creer, el hombre comienza a dudar de sus propios sentidos y acepta que la situación podría tener un origen espiritual. La experiencia culmina con una segunda visita al ritualista, donde se realiza un ritual de "limpieza" que incluye el sacrificio de gallinas y una experiencia de "caída" simbólica que lo lleva a un estado de sensación suspendida.
A pesar de la confusión y el horror de lo vivido, el hombre concluye que el malestar fue provocado por actos de brujería dirigidos a él por Laura, y que el ritual fue clave para su recuperación.
FAQs
Laura, una empleada de la oficina, era la persona que el narrador identificó como responsable de los síntomas de salud que experimentó. Según Raúl, ella estaba enojada con el narrador por haberle quitado algo valioso, como las horas extras que ella controlaba, y por eso buscaba su destrucción.
El narrador sintió pesadez en las piernas, dolores en las articulaciones, dificultad para respirar, ansiedad, pérdida de apetito, insomnio y un deterioro general de su estado físico y mental durante semanas.
El narrador fue visitado por Jesús y luego por Raúl, quien lo recibió con una actitud seria y le dijo que alguien quería matarlo. Le mostró que había una mujer enojada con él, que era Laura, y que le había quitado algo valioso.
Se encontró un pequeño montón de tierra negra en la esquina detrás del librero, que Raúl identificó como tierra de panteón colocada por Laura, lo que confirmó su implicación en los malestares del narrador.
Durante la segunda visita, se realizaron rituales que incluyeron el uso de hierbas, el sacrificio de gallinas, la colocación de una representación de un panteón en el baño y un ritual de salto que provocó una sensación de suspensión y desplazamiento.
Raúl afirma que el narrador fue atacado porque Laura, una empleada con conocimientos de prácticas oscuras, se enojó por perder el control de las horas extras y decidió hacerle daño hasta matarlo.
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