#269 Comunicación efectiva (IV): Cómo hablar mejor
20m 58s
El texto narra la historia de Demóstenes, un joven ateniense del siglo IV a.C. que, a pesar de su tartamudez y mala oratoria, se convirtió en el mayor orador de la Grecia clásica mediante un entrenamiento riguroso: construyó un estudio subterráneo, se afeitó medio cráneo para aislarse, practicaba discursos en playas compitiendo con las olas y recitaba versos mientras corría para mejorar su capacidad pulmonar. Esta historia destruye el mito de que la comunicación es un don innato; es una habilidad que se puede aprender y perfeccionar. El autor, Jaime Rodríguez de Santiago, comparte su experiencia personal superando el miedo a hablar en público y ofrece herramientas prácticas para mejorar la comunicación en cuatro dimensiones: identidad verbal (crear una marca personal reconocible), estructura del discurso (aplicar el principio de pirámide, adaptado al contexto cultural), elección de palabras (precisión, concreción y eliminación de ruido) y uso de la voz (trabajar el registro, timbre, prosodia, ritmo, volumen y silencio). Destaca que la estructura ideal varía según la audiencia: en culturas anglosajonas funciona empezar por la conclusión, mientras que en España es mejor construirla gradualmente. Finalmente, invita a la práctica constante y al automejora, recordando que incluso los comunicadores experimentados siguen aprendiendo.
Atenas, si lo cuatro antes de Cristo. Un joven de unos 20 años acaba de bajar de la tribuna. Bueno, podríamos decir que acaba de salir huyendo de la tribuna. El público lleva unos minutos, leyéndose de él y abucheándole, y ha tenido que cruzar la Asamblea entera y atravesar cientos de ciudadanos para salir. Cada paso ha sido una pequeña eternidad. Unos meses antes había decidido que tenía algo importante que decirle al mundo, y la Asamblea tenía que ser el sitio. Allí se tratían los asuntos de Estado, las guerras, las leyes que moverían ejércitos. El sitio donde un hombre podía cambiar el curso de las cosas, si sabía hablar. Él creía que sabía. "Es poiler, no, no sabía." Tenía un problema con la R, Tartamudeava, se quedaba sin aliento a mitad de las frases, como si el aire se les capara por algún agujero invisible. Y su público no era precisamente compasivo. Cualquier en su lugar habría tirado la toalla y se habría buscado otra vocación. Ser mercader, por ejemplo. Pero este joven tomó una decisión que cambiaría no solo su vida, sino la historia de la retórica occidental. Decidió que si no podía hablar bien de forma natural, aprendería hablar bien a la fuerza. Lo que vino después es de esas historias que si las cuentas, hoy la gente piensa que te las estás inventando. Se construyó un estudio subterráneo para trabajar sin distracciones. Se afitó medio cráneo, literalmente medio cráneo, para no poder salir a la calle, porque la vergüenza de que le vieran así le mantenría estudiando. Iba a las playas y practicaba discursos, compitiendo con el rugido de las olas. Subía colinas, recitando versos mientras corría, para desarrollar la capacidad pulmónar. Y se llenaba la boca de pequeñas piedrecitas para obligar a su lengua a trabajar el doble que de costumbre. No sé tú, pero yo me imaginó todo esto con la música de Rocky de Fondo. Y no sé si todas estas cosas tenían alguna base de fisiológica real, pero sí parece que funcionaron. Ese joven se llamaba Demostenes, y acabó siendo el mayor orador de la Grecia clásica. Sus discursos movieron ejércitos, cambiaron alianzas y sacudieron imperios. Cicerón, el gran orador romano, le consideraba el modelo supremo de la heloquetea. Me gusta la historia de Demostenes por una razón muy concreta, porque destruye un mito que casi todo el mundo lleva interiorizados sin darse cuenta. El mito de que saber comunicar es un don, algo con lo que algunos hacen y otros no. Una especie de gracia divina que te toca o no te toca. Y a ver, como dice mi buen amiga It'sy Arracia, lo que en "A naturea nonda" salamanca no en présta, por supuesto que hay cosas que traemos de serie, que nos hacen más fácil o más difícil comunicar. Pero hablar bien es una habilidad, y como cualquier habilidad se puede aprender, practicar y mejorar, aunque quienes años convencido de que eres un caso perdido. A mí me ha sucedido algo curioso con esto. En la adolescencia me daba pánico hablar en público, y como ya he dicho alguna vez, tiendo a ser introvertido, por lo que tampoco me ha gustado mucho nunca ser el centro de atención estando con gente. Pero también es cierto que a partir de la carrera decidí obligarme a exponerme, y cuento más lo hacía más cómodo me sentía, hasta que acabe como hoy, con un podcast dando clases y encadlando varios puestos de trabajo en los que la comunicación es fundamental. Y no me considero un absoluto un experto. De hecho, como con casi todo en esta vida, con la perspectiva del tiempo te das cuenta de lo mucho que has aprendido y de lo mucho que te queda por aprender. Así que quiero contarte algunas de las cosas que yo he aprendido sobre estos temas y también algunas de las que aún estoy aprendiendo. Hoy vamos a hablar de cómo construye estoy de identidad verbal, cómo ordenas lo que dices, qué palabras eliges, y por último, cómo usas la voz que tienes. Vamos a por ello. Soy Jaime Rodriguez de Santiago, y esto es "Caisen", el podcast para "Mentes inquietas", en el que te acercó a personas, ideas y a técnicas fácilantes de las que aprender cada día. Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos sobre nuestra propia comunicación y no es tanto si decimos lo correcto o lo decimos con claridad, sino una pregunta más de fondo. ¿Eres reconocible por cómo hablas? Tienes una forma de comunicar propia, una identidad. La mayoría tomamos las decisiones del vocabulario que utilizamos de forma instintiva, situación a situación, sin pensar demasiado en el conjunto. Pero esas decisiones no son independientes entre sí, se acumulan. Con el tiempo construyen algo, tanto si somos conscientes de ello como si no. Ese algo, eso que podríamos llamar, tu marca verbal. Hay personas cuya forma de hablar reconocerías en el acto, aunque no supieras quiénes son y les cambiaran la voz. No necesariamente gente famosa, puede ser un compañero de trabajo, un profesor que tuviste, alguien de tu familia. Hay algo en su vocabulario, en sus expresiones habituales, en lo que dicen y en lo que nunca dicen, que los hace inconfundibles. Esa coherencia es el resultado de años, de decisiones del lenguaje, que han ido acumulándose en eso, en algo reconocible. Seguramente, todos tenemos una marca verbal, algunas más diferenciadas que otras. Pero en la infinita mayoría de los casos, esas marcas se construyen sin intención. Y hay dos ideas que creo que son interesantes para al menos pensar sobre ello. La primera es la idea de las dissonancias verbales, palabras o expresiones que no encajan y que generan en quien te oye una pequeña fricción, casi imperceptible, pero real. Pienza en un ejecutivo muy formal, que de repente suelta una macarrada en mitad de una presentación. O al revés, que hay gente que habla su pareja de sinergias, de alinear expectativas, o de estar en la misma página. Esas dissonancias se sienten en quien las oye, como algo que chideya, lo que no tiene por qué ser siempre mano. Un taco que nadie debe venir o una expresión inesperada son formas estupendas de captar la atención. Pero lo ideal es que esos chirridos sean ejercicios deliberados, no cosas que suceden sin que seamos conscientes, porque si se repiten mucho y no necesariamente cuando nosotros queremos, acaban erosionando nuestra credibilidad. La segunda de estas ideas es que existen brechas lexicas, es decir, momentos en los que sabes exactamente lo que quieres decir, pero no tienes la palabra o la expresión adecuada para decirlo. Y entonces empiezas a dar vueltas. Es como bien hacer, no sé explicarlo, me abro suizo a hacerlo muchas veces en el podcast de hecho. Y lo que debería ser una sola frase, acaba siendo un pequeño monólogo. Y de nuevo, no es necesariamente malo. Hay momentos en los que puede incluso servir para despertar el interés de quien te escucha, pero como casi todo, es un ejercicio de equilibrio, porque también a quien dice que la inteligencia es "compresión", es la capacidad de decir algo de forma simple y precisa, en menos palabras de las que cualquier otro necesitaría. Hablar bien no es expandirnos a hablar. Vale, y esto para que sirve. Yo he leído dos ejercicios muy concretos sobre estos temas. Primero, empieza a observar tus disonancias. A hablar, trata de fijarte en las expresiones que usas o escucha alguna robación tuya que tengas, o presta atención a quien te diga algo sobre tu forma de hablar. Y preguntate, si hay algún elemento que chirría y cuando quieres usar esas expresiones y cuando no. El segundo es llevar un registro de tus brechas lexicas. Cuando notes que has dado muchas vueltas con una idea porque no tenías la palabra exacta, apuntalo. Y busca la después, no para sonar más intelectual, sino para tapar un agujero específico en tu vocabulario. Así es como crece el vocabulario útil, no leyendo el diccionario, sino rellenando los huecos propios. Esto puede sonar tan artificial como seguramente de estesonando o tan natural como muchos lo vivimos, porque es algo que nos sucede habitualmente a quienes hablamos con frecuencia de un mismo tema. Siempre digo que dar clases se parece ser el monologista. Si das muchas veces la misma sesión, te vuelves poco a poco consciente de qué expresiones funcionan cuando y de qué explicaciones no son precisas o no se entienden. Y vas poco a poco corrigiendo. Lo mismo sucede cuando respondes preguntas similares a la prensa una y otra vez. O cuando escribes repasas y grabas un guión de un podcast. Por ejemplo, sobre todo si, como yo te confundes y repites varias veces. Así que, en mi forma de verlo en el día a día, no es tanto que se trate de vigilar obsesivamente como hablamos, sino de tener el reflejo de prestar atención a lo que repetimos habitualmente. Y también de hacer experimentos. En 1963, Barbara Miento fue la primera mujer con un MBA que Makiense contrató en toda su historia. Había sido una de las únicamente ocho mujeres entre los 700 alumnos de su promoción en Harvard. Así que estaba acostumbrada a rodearse de gente brillante, analítica y formada en las mejores universidades. Y tras unos años en Makiense llegó a una conclusión quizás sorprendente. Todas la gente escribía y hablaba fatal. No porque no supieran sabían de sobra. El problema era el orden. Presentaban sus ideas en el mismo orden en el que las habían pensado. Primero el contexto, luego el análisis, luego las implicaciones. Y al final, si quedaba tiempo y el oyente no se había dormido la conclusión. Que es exactamente lo que hace casi todo el mundo y que es exactamente lo que según ella no funciona. Miento, desarrollo, lo que acabaría llamándose el Pyramid Principle, el principio de la pirámide. Que básicamente significa que estructura esta comunicación.
al revés. Empieza por la conclusión, luego argumenta. No te ganes el derecho a la conclusión pasando por todo el razonamiento previo. Di primero lo que tienes que decir y después justificaron. Es contra intuitivo porque cuando hablas, sientes que desilanzas la conclusión en frío, sin contexto, sin haber construido nada, el oyente no te va a creer. Que tienes que ganártelo. Pero según minto el cerebro del oyente funciona exactamente al revés. Si no sabe a dónde va, se pierde por el camino. La conclusión entonces no es la llegada. Es el mapa. Aquí, sin embargo, hay un matiz que me parece importantísimo. Porque nos pasamos la vida hablando de cómo dicen autores, que así siempre está a unidades, que hay que hacer las cosas. Y nos olvidamos de que no todo el mundo es igual y que algunos países acumulamos unos cuantos milenios de cultura a nuestras espaldas que influyen mucho en estos temas. Porque minto estaba describiendo una preferencia cultural muy concreta, la americana. Que mi experiencia reciente es bastante cierta, pero que no funciona igual en otros países. Hablamos hace tiempo de "The Culture Map", el mapa de las culturas, el libro de "Earing Mayor". En él, y explica cómo, mientras que en los países han los ajones en general y en Estados Unidos en particular, funciona este esquema de llegar a una reunión, decir lo que hay que hacer y luego justificarlo, en otros lo que funciona es todo lo contrario. En culturas como Francia, Italia, Alemania y también España tendemos a preferir que las conclusiones se construyen desde los timientos. De alguna forma esperamos que la conclusión sea una conclusión lógica y no una afirmación que se va a demostrar. Yo como te decía, vivo esto en mis propias carnes muy a menudo ahora, porque trabajo para una empresa americana. Y hay veces que me parece casi antinatural, la forma en la que tengo que presentar mis ideas, pero creo que esa es la mejor prueba que he tenido de que la estructura de un discurso es absolutamente contextual y cultural. No existe una estructura óptima así en abstracto, depende de tu audiencia. Si hablas con los ánios los ajones, pues sí, pirámide. Si hablas con españoles, no empieces por la conclusión en frío. Vas a generar rechazo antes de haber dicho nada, pero tampoco les hagas esperar hasta el final para saber a dónde vas, que no somos tampoco alemanes. Si lo piensas, hasta ahora hemos hablado de cosas que tienen que ver con la marca y la arquitectura de nuestra comunicación. Ahora nos vamos a meter con los ladrillos, con las palabras concretas que elegimos en cada momento. Las palabras que elegimos dicen mucho más de nosotros de lo que pensamos y tienen un impacto mucho mayor del que suponemos en cómo nos perciben quienes nos escuchan, como también lo tienen en cómo interiorizamos nosotros lo que pensamos. Nos lo mismo responder no sé que es una buena pregunta, lo tengo que pensar. No es lo mismo decir que algo es un problema, que un reto, ni decir "tengo que hablar con mi jefe" o "voy a hablar con mi jefe". Mismas situaciones, palabras diferentes y percepciones radicalmente distintas. En su día ya dedicamos un capítulo que titulamos, creo recordar, hablar bien para pensar mejor, algunas de estas ideas. Pero si lo llevamos al día a día, hay tres hábitos concretos en el lenguaje que marcan una diferencia enorme. El primero es la precisión. Hay quien quiere tener un vocabulario amplio para hacerse el intelectual y presumir, pero en realidad el vocabulario es una herramienta de pensamiento y de comunicación. Si tienes más palabras, tienes más matices disponibles. Otra cosa es cómo la suces. Porque quien tiene más matices, normalmente puede comunicar ideas más complejas con más claridad, pero no se trata de usar palabras rebuscadas para impresionar a nadie. Se trata de elegir siempre la palabra que describe exactamente lo que quieres decir y no una aproximación vaga y que la otra persona pueda entender. Que es en el fondo lo mismo que decíamos antes cuando hablábamos de brechas léxicas. Cada hueco en el vocabulario es una fuente potencial de impresición. Lo segundo es lo concreto frente a lo abstracto. Tenemos que mejorar la comunicación del equipo es una frase abstracta. A partir del lunes tendremos una reunión de 15 minutos cada mañana para que todo el mundo sepa en qué está trabajando el resto es bastante concreto. Las frases abstractas son bien pero no han clasnada en la mente de que en las escucha y no suelen traducirse en acciones. Las concretas sí. Siempre que puedas usa ejemplos, tifras y situaciones específicas. Y el tercero, que es seguramente el más difícil, es eliminar el ruido. No sólo las muletillas o los sonidos que hacemos al pensar, el típico, sino las frases vacías que usamos como relleno. Que además son muchas veces esas dissonancias verbales de las que hablábamos antes. Eliminarlas no sólo te da claridad, sino que proyecta seguridad. Todo lo que hemos visto hasta ahora tiene que ver con qué dice si cómo lo ordenas. Pero hay otra dimensión esencial. La voz. El instrumento físico con el que normalmente dices todo. Un buen punto de referencia es el trabajo de Julian Treasure, un experto en sonido y comunicación, que lleva décadas estudiando exactamente esto. Tiene una charla en TED con decenas de millones de visualizaciones que te recomiendo e encadecidamente si no la has visto. Sohlemos pensar que la voz que tenemos es la que nos ha tocado, grave, aguda, bronca, fina y que podemos hacer muy poco al respecto. Mentira. Aunque hay cosas que no podemos cambiar, nuestra voz es enormemente flexible. La voz es un instrumento y como cualquier instrumento tiene múltiples registros y posibilidades que podemos desarrollar conscientemente. Y según Julian Treasure hay seis palancas sobre las que trabajar. La primera es el registro que parte de tu cuerpo resuena cuando hablas. Las voces que resuenan en el pecho, tienden a ser más graves, proyectan autoridad y confianza. Las que resuenan en la arganta o la cabeza, tienden a percibirse como más ansiosas o inseguras. Puede despecticarlo ahora mismo. Pueden la mano sobre el pecho mientras hablas, verte variando tu voz y notar cuando vibra. Es radísimo cuando lo haces por primera vez, eso sí. Tal vez recuerdes del capítulo que dedicamos la temporada pasada al carisma que marca el zacher entre no su voz para sonar más grave a lo largo de los años. La segunda palanca es el timbre. Esa calidad casi indefinible que hace que digamos de una voz que agradable, un todo lo contrario. Y aunque hay cosas de nuestro timbre que no podemos cambiar hay otras que mejoran con la práctica y sobre todo con la relajación. Una voz tensar, dar a vez suena bien. Muchas veces la clave no es esforzarse más, sino tensarse menos. La tercera es la prosodia, el patrón me lo digo de cómo hablas, la música de tus frases. Lo contrario de la prosodia es la monotonía. Esa etonoplano que hace que cualquier cosa suene igual de aburrida independientemente de lo interesante que se ha al contenido. Tu voz debería subir y bajar de tono para dar emoción a lo que estás diciendo, como una pieza de música. La cuarta es el ritmo, es decir, la velocidad. Hablar demasiado rápido, transmiten el viosismo y hace que lo llente se pierda. Hablar demasiado lento puede resultarte dioso. Lo ideal no es un punto fijo, sino saber variar, más rápido para crear urgencia más lento para dar peso a lo que importa. La quinta es el volumen. Los grandes comunicadores saben que un su suro puede ser más poderoso que un grito. Majar el volumen obliga a lo llente a restar más atención y genera un entorno íntimo. Subire el volumen puede reforzar la emoción. Y la sexta que Treshore destaca especialmente es el silencio. El silencio es el primo pobre de la comunicación. Nos da pánico. Nos llenamos compulsivamente. Básicamente, o sea, es que todos lo hacemos y todas esas muletillas hacen exactamente lo contrario de lo que queremos. Nos hacen parecer más inseguros, no menos. Una pausa bien colocada permite a lo llente procesar lo que acaba de escuchar, crea expectativa, añade peso. Y muchas veces es la diferencia entre hablar y comunicar. Te he contado muchas cosas hoy. Hemos hablado de cuatro dimensiones sobre las que podemos trabajar y sé que puedes sonar demasiado complicado y puede parecer que es imposible lograr cambios profundos. Pero son cuatro dimensiones con las que yo me he peleado durante los siete años que llego con este podcast y los que me quedan. He cometido todos los errores que te puedas imaginar y sigo cometiendo muchos. Si quieres, haz un experimento. Ponte alguno de los primeros capítulos de Kaizen y luego uno de la segunda temporada, otro de la tercera o la cuarta o la que quieras. Yo irás cuánto han ido cambiando las cosas. Yo no lo voy a hacer porque me da una grima enorme, pero ojalá te sirva de ejemplo. Y hasta aquí el capítulo de esta semana, Kaizen y yo volveremos a que viene, pero como siempre tenemos a suscribirte y recomendar el podcast allá donde los cuches o veas, pero especialmente a tus amigos. ¿Qué creo que eres la mejor forma de que siga creciendo? Además si quieres apoyarlo económicamente y ayudarme a que pueda hacer más y mejores contenidos, puedes unirte a la comunidad Kaizen que tiene también un montón de ventajas. Tendrás acceso a un foro en el que encontrarás a otros curiosos compulsivos. En comandaciones de cientos de libros y películas, tendrás acceso a contenidos exclusivos como los guiones del podcast y a un feedback privado para escucharlo sin publicidad y antes que nadie. También podrás reservar sesiones de mentoría conmigo, participar en los encuentros virtuales que hacemos cada mes.
y tener acceso prioritario a las lavaciones en directo. Vamos, que aunque pienso que el principal valor de verdad es ayudar a que el podcast sea adelante, he intentado que tengas muchos motivos para unirte. Si quieres hacerlo solo tienes que entrar en mi web, Jaime roguécesantiago.com y hacer click en el banner rojo. Y desde esa misma web o desde mi twitter, @ JaimeDionBajoRDS puedes hacerme llegar tus comentarios, tus sugerencias, lo que tú quieras. Siempre contesto, aunque a veces tarden un poco y a veces mucho, a veces muchísimo, que acabo contestando. Y recuerda que si quieres participar en el podcast puedes hacerlo enviando tus notas de audio por WhatsApp al siguiente número, 683172, 6los 2, con el precio 34 y romanas desde fuera de España. Y esto es todo por hoy, muchísimas gracias por estar ahí y hasta la semana que viene.
Podcast Summary
Key Points:
Demóstenes superó su tartamudez y falta de habilidad oratoria mediante un entrenamiento extremo, convirtiéndose en el mayor orador de la Grecia clásica.
La comunicación efectiva no es un don innato, sino una habilidad que se puede aprender y mejorar con práctica.
Existen cuatro dimensiones clave para mejorar la comunicación
La estructura del discurso debe adaptarse al contexto cultural
Las disonancias verbales y brechas léxicas son oportunidades para mejorar la comunicación, identificando expresiones que no encajan y palabras faltantes en el vocabulario.
Summary:
C. que, a pesar de su tartamudez y mala oratoria, se convirtió en el mayor orador de la Grecia clásica mediante un entrenamiento riguroso: construyó un estudio subterráneo, se afeitó medio cráneo para aislarse, practicaba discursos en playas compitiendo con las olas y recitaba versos mientras corría para mejorar su capacidad pulmonar. Esta historia destruye el mito de que la comunicación es un don innato; es una habilidad que se puede aprender y perfeccionar.
El autor, Jaime Rodríguez de Santiago, comparte su experiencia personal superando el miedo a hablar en público y ofrece herramientas prácticas para mejorar la comunicación en cuatro dimensiones: identidad verbal (crear una marca personal reconocible), estructura del discurso (aplicar el principio de pirámide, adaptado al contexto cultural), elección de palabras (precisión, concreción y eliminación de ruido) y uso de la voz (trabajar el registro, timbre, prosodia, ritmo, volumen y silencio). Destaca que la estructura ideal varía según la audiencia: en culturas anglosajonas funciona empezar por la conclusión, mientras que en España es mejor construirla gradualmente. Finalmente, invita a la práctica constante y al automejora, recordando que incluso los comunicadores experimentados siguen aprendiendo.
FAQs
Demóstenes fue un joven griego que superó su tartamudez y otros problemas de habla mediante ejercicios extremos, como llenarse la boca de piedras o practicar discursos junto al mar, hasta convertirse en el mayor orador de la Grecia clásica, cuyos discursos movieron ejércitos y cambiaron alianzas.
Destruye el mito de que saber comunicar es un don innato; en realidad, es una habilidad que se puede aprender y mejorar con práctica, aunque uno se considere un caso perdido.
Es la forma reconocible de hablar de una persona, construida por sus elecciones de vocabulario, expresiones y estilo a lo largo del tiempo, ya sea de manera intencional o no.
Las disonancias verbales son palabras o expresiones que no encajan en el contexto y generan fricción en quien escucha. Las brechas léxicas son momentos en los que no se encuentra la palabra exacta para expresar una idea, lo que puede alargar el discurso.
Consiste en estructurar la comunicación empezando por la conclusión y luego presentando los argumentos, en lugar de seguir el orden del razonamiento. Es efectivo en culturas como la estadounidense, pero no siempre en países como España.
Son la precisión (usar palabras exactas), lo concreto frente a lo abstracto (dar ejemplos y cifras), y eliminar el ruido (muletillas y frases vacías) para proyectar claridad y seguridad.
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