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#262 La forma del tiempo

19m 1s

#262 La forma del tiempo

El autor reflexiona sobre la evolución de la percepción del tiempo a lo largo de la historia. Durante milenios, se concibió como un ciclo circular, regido por la naturaleza y las repeticiones estacionales, donde el pasado era considerado mejor (edad de oro) y el futuro solo traía desgaste. Con la revolución científica y la Ilustración, el tiempo se transformó en una línea recta de progreso, donde lo nuevo es superior y el futuro una promesa de mejora. Sin embargo, en el siglo XXI, esta linealidad se ha fragmentado: la Generación Z muestra "foxatalya" (nostalgia por un pasado no vivido), mientras la sociedad enfrenta un "tiempo bifurcado" entre aceleracionistas (que buscan un crecimiento exponencial) y decrecionistas (que abogan por un retorno a límites sostenibles). El autor describe una "euforia oscura" donde todo es posible pero amenazador, en un contexto de tiempos VUCA (volátiles) y BANI (frágiles, ansiosos, no lineales e incomprensibles). La solución no es refugiarse en la nostalgia, sino recuperar la soberanía sobre el tiempo propio: aburrirse, emprender proyectos a largo plazo y coser el tiempo roto con atención e intención personal. El futuro, aunque incierto, aún puede ser moldeado colectivamente.

Transcription

3194 Words, 18393 Characters

Spanish
Han pasado 1951 días, 6 horas, 34 minutos y 50 segundos, desde que publique el último de los tres capítulos que dediqué a hablar del tiempo entre la segunda y la tercera temporada del podcast. ¿O lo que es más o menos lo mismo? A ojo unos 5 años y medio. Tiempo suficiente para que me lo hayáis perdonado, espero. Porque en aquellos capítulos comenzamos hablando de la historia del tiempo. De cómo los humanos habíamos inventado distintas formas de medirlo y de trocearlo, encajándolo en calendarios y en relojes. Hablamos también de cómo, según fuimos aprendiendo más de la tierra y de su historia y de la del universo, nuestra perspectiva cambió radicalmente. Porque entendimos que la nuestra, la historia de los humanos, dura poco más que un parpadeo en comparación con los miles de millones de años que nos anteceden y los que, previsiblemente, vendrán cuando ya no estemos. Y después nos asomamos a la extraña naturaleza del tiempo y a las respuestas que hemos ido dando a qué es y cómo funciona a lo largo de los siglos. Y acabamos irremediablemente hablando de su relatividad y de cómo se entrelaza con el espacio de formas que hacen que nos duela la cabeza solo tratar de imaginarlas. Y es que, pese a que en nuestra experiencia parezca obvio, para la física no está tan claro que el tiempo avance de atrás adelante. Ni siquiera que el pasado el presente y el futuro estén necesariamente ordenados. Y yo calculo que fue más o menos cuando nos metimos hablar de estos temas cuando una buena parte de la audiencia salió corriendo despavorida. Al menos eso es lo que me ha dicho alguno que me encontrado por la calle. Bueno, pues hoy vamos a volver a hablar del tiempo, aunque no desde el punto de vista de la física. Nos hagas corriendo todavía. Porque vamos a analizarlo desde el punto de vista de la cultura. Vamos a hablar de cómo la manera en la que pensamos sobre el tiempo ha ido transformándose a medida que nuestras sociedades evolucionaban. Y vamos a reflexionar, ya de paso, sobre cómo pensamos hoy en el pasado, el presente y el futuro y cómo influye esto en nuestra manera de comportarnos. Miedo, mira. Soy Jaime Rodriguez de Santiago y esto es Kaizen, el podcast para Mendes Inquietas en el que te acercó a personas, ideas y artécnicas fascinantes de las que aprendé cada día. Si ahora mismo te pido que cojas un papel y un volígrafo y dibujes el tiempo, es muy probable que casi sin pensarlo, traces una línea recta, una línea que vaya de izquierda a derecha. A la izquierda ponés el pasado, en el medio el presente y a la derecha la punta de la flecha, señalando hacia el futuro. Para nosotros, que somos hijos de la modernidad, el tiempo es eso, una carretera, una línea, una secuencia de eventos que avanza y que nunca retrocede. Pero lo cierto es que si le hubiera pedido ese mismo dibujo a un campesino de la edad media o a un griego de la antigüedad o a un malla, probablemente te habrían mirado con cara rara. Y si hubieran dibujado algo, no habría sido una línea recta. Habría sido probablemente un círculo, porque durante la inmensa mayoría de la historia de nuestra especie, el tiempo no iba a ninguna parte. El tiempo simplemente volvía. Bueno, vamos a ver. No es que la gente fuera invecil, por supuesto que el tiempo parecía avanzar. La gente envejecía, morían nuestros padres y maduraban nuestros hijos. Y planteábamos una semilla, podíamos ver como con el paso de los años, se convertía en un árbol enorme. Pero a la vez, si lo piensas, la vida estaba regida por los ciclos de la naturaleza. El sol salía y se ponía. La luna crecía y me guaba. Después del invierno siempre venía la primavera, después el verano y luego el otoño. Y luego de nuevo el invierno. Y así una y otra vez. De hecho, como explica muy bien mi querido cesarastudillo, los días tenían nombre. El del santo o santa correspondiente y habitualmente les acompañaba un pequeño refrán agrario que servía para recordar lo que tocaba hacer cada año por esa época. Por San Anton el huevero pone la gallina hasta en el suelo. Porque a mediados de enero las gallinas se empezaban a espabilar a poner huevos. Y eso sucedía. Año tras año tras año tras año. Pero no es solo que las costumbres y los ciclos naturales se repitieran de manera cíclica, sino que, además, la vida no cambiaba tanto, ni en una misma generación, ni entre generaciones. Normalmente si tu abuelo sembraba trigo, tu padre sembraba trigo y tu semlarías trigo. El futuro no era una promesa de algo nuevo o mejor. El futuro era principalmente una repetición del pasado. En ese mundo circular, la idea de progreso o de cambio radical no tenía demasiado sentido. De hecho, es que era casi al revés. Muchas culturas antiguas creían que los mejores tiempos ya habían pasado pensaban en una edad de oro perdida, un paraíso original del que nos habíamos alejado. Para ellos, el tiempo era un proceso de degradación o en el mejor de los casos de mantenimiento. Y esta es una idea que nos cuesta bastante procesar hoy porque vivimos obsesionados con la actualización constante, con la siguiente versión de todo. Lo nuevo es por definición mejor. La medicina de hoy es mejor que la de ayer. El iPhone 27 será mejor que el 26. Sí, llegan, porque a pele está algo despistada últimamente. Nuestros hijos vivirán mejor que nos. Bueno, eso ahora lo discutiremos. Pero volviendo a ese mundo circular, la lógica era la inversa. Lo antiguo era lo puro. Lo antiguo estaba más cerca de la fuente de los dioses de la creación. Casi todas las grandes mitologías comienzan con una perfección que se rompe, con el jardín del edén, por ejemplo, donde todo era perfecto y fuimos expulsados. La historia humana, desde entonces, es el relato de una caída de un intento desesperado por recuperar algo que perdimos. Y no eran solo ellos. Los viegos tenían al poeta esiodo que describía la historia no como una ascensión, sino como una decadencia. Él hablaba de las edades del hombre. Primero, una edad de oro, donde los hombres vivían como dioses. Luego una de plata, luego una de bronce y así bajando escalones hasta llegar a su propia época, que él llamaba la edad de hierro. Una época que describió como un tiempo de fatiga, miseria y brutalidad. Para un griego antiguo o para un romano, el futuro no solía traer esperanza. Traía desgaste, como una fotocopia de una fotocopia. Cada ciclo era una versión un poco más borrosa y más degradada del anterior. Por eso, a menudo, la máxima aspiración de un gobernante o de un pensador no era innovar. Una palabra que, por cierto, durante síditos tuvo connotaciones negativas, casi de heregía. Su aspiración solía ser restaurar. Fíjate si esto era así, que incluso la palabra revolución, que para nosotros significa cambio radical, ruptura y futuro, originalmente significaba todo lo contrario. Revolución viene de la astronomía de revolutio. Significa volver al punto de partida, como los planetas, dando una vuelta completa. Cuando Copernico publicó su famoso libro, de Revolutionibus Orbium Celestium, o algo así, sobre las revoluciones de las esferas celestes. No hablaba de cortar cabezas ni de cambiar el sistema social. Hablaba de cuerpos celestes que giraban para volver a estar donde empezaron. Así que, durante mirenios, si alguien quería hacer una revolución política, normalmente no pretendía crear un mundo nuevo, pretendía girar la rueda hacia atrás, pretendía volver a ese orden antiguo y perfecto que se había corrompido. El objetivo sonía ser un renacimiento, no un nacimiento. Vivíamos mirando por el retrovisor, convencidos de que cualquier tiempo pasado fue literalmente mejor. Pero entonces empezamos a enderezar la curva. Fue un proceso lento. Primero, algunas religiones, como el cristianismo, introdujeron la idea de que la historia tenía un principio y un final, una creación y un juicio final. Ahí el tiempo empezó a estirarse a tener una dirección, pero seguía siendo una historia sagrada, no humana. El verdadero giro de guión, el momento en el que cogimos el círculo y los rompimos para formar una línea recta, llegó más tarde. Seguramente, con la revolución científica y la ilustración. De repente, la geología nos dijo que la tierra era muchísimo más antigua de lo que decía la Biblia. La biología nos enseñó que las especies no eran fijas, que evolucionaban, y la tecnología, la tecnología nos demostró que podíamos inventar máquinas que hacían cosas que nuestros abuelos ni siquiera habrían soñado. Y ahí, justo ahí, nació la idea moderna del futuro. Dejamos de mirar atrás con nostalgia a una edad de oro perdida y empezamos a mirar hacia adelante. El tiempo se convirtió en un escenario abierto, una línea ascendente. Nos convencimos de que el mañana no solo iba a ser diferente al layer, sino que podía ser mejor, habíamos inventado el progreso. Y claro, convertir el tiempo en una línea tuvo un efecto secundario en nuestra psicología, porque si el tiempo es una línea que avanza hacia una meta, de repente, puedes llegar tarde, puedes quedar detrás, puedes perder el tiempo. Nació cierta ansiedad por la velocidad, por el crecimiento constante. Si el tiempo es circular, no hay tanta prisa, porque todo vuelve. Pero si el tiempo es una línea recta y finita, cada segundo se convierte en un recurso escaso que hay que optimizar. Y es curioso, porque hoy, en pleno siglo XXI, de la sensación de que esa línea recta en la que tanto confiábamos se ha empezado a doblar otra vez, o peor aún, a desdibujar, o a fragmentar, o a partirse en dos, o a enredarse. O todo eso. Yo quise. [Música] No creo demasiado en generalizar los comportamientos de cientos de millones de personas, simplemente por la fecha en la que nacieron. Aún estoy tratando de entender qué significa que yo sea un millenial, pero hace unos meses llevó a mis manos un estudioso sobre la generación Z, que destacaba un comportamiento que me llamó una atención, porque creo que es bastante más común de lo que imaginamos. La FOXTALYA, que es una palabra inventada a partir de FAUX, que es FALSE en francés y tal ya como referencia a la nostalgia. Es la falsa nostalgia, la anyoranza profunda por un pasado que nunca viviste. Es hecha de menos la sencillez y la autenticidad de un mundo pre-internet, que esa generación no conoció, pero que parece que imaginan como un refugio seguro frente a un presente que les abruma. Y al parecer se manifiestan cosas como la vuelta de las casettes, o pasar tiempo haciendo puzzles, o gastar dinero en tecnología antigua que nunca utilizaron como Gameboys, móviles tontos, nada de smartphones, o Walkmans. Por no hablar de la vuelta a la moda de los 80 y los 90, o algo que quizás jamás imaginarías. La demanda de retiros de silencio en conventos y monasterios católicos, que es tan alta que muchos de ellos tienen listas de esperar de meses. Y es que este comportamiento seguramente no sea solo una moda estética. Posiblemente sea un síntoma, posiblemente sea la fiebre que nos indica que nuestra relación con el tiempo tal vez esté enferma. Esto no lo hace solo la generación zeta. Mire donde mide, me encuentro con gente tratando de aferrarse a un tiempo que recuerdan como más sencillo. Yo el primero, por cierto. Pero pensemos un momento, porque alguien querría escuchar un vinilo o una casette en la era de Spotify. Bueno, en Spotify puedes altar de canción en cación en mil y segundos. Es inmediato. Pero también es efímero. El vinilo te obliga a otra cosa. Te obliga a la continuidad. Tienes que ponerlo, escuchar la cara entera, levantarte y darle la vuelta. Tiene una duración, una forma. Y eso es justo lo que nos falta hoy. O al menos, así lo explica el filósofo Bionchul Han, que habla de que sufrimos un tiempo atomizado. Toma yo. Según él, hemos perdido la capacidad de narrar nuestras vidas como una historia continua. Vivimos bombardeados por interrupciones constantes, por notificaciones, rils de 15 segundos, crisis que se solapan unas con las otras. El tiempo ya no fluye como un río, sino que se ha desecho como las perlas de un collar que se ha roto y que se caen todas al suelo. Vivimos en un presente absoluto, sin pasado y sin futuro. La nostalgia, que en realidad siempre es falsa, es un intento desesperado de volver a unir el puzzle, de volver a atar esas perlas. Estamos objetos y rituales antiguos porque contenían tiempo, requerían paciencia, tenían un principio y un final. Pero claro, entras una parte de la sociedad, intenta frenar y mirar hacia atrás, la otra está pisando el acelerador a fondo. Y esto nos lleva a una sensación extrañísima, la del tiempo bifurcado. Como ya hemos dicho en algún capítulo anterior, tal vez sientas que estamos viviendo a la vez, en el mejor y en el peor de los tiempos. Por un lado tenemos una revolución tecnológica alucinante, curamos enfermedades, la haya describe poesía o algo parecido, exploramos Marte y otro montón de cosas. Pero por otro lado, tenemos democracias que parecen tan valearse, economías rinqueantes y muchas preguntas sobre qué será de nosotros. Es como si el tiempo se hubiera partido en dos direcciones opuestas, y aquí es donde la vieja línea recta del progreso de la que hablábamos antes se convierte en un campo de batalla. Hoy la forma del futuro depende de a quién le preguntes. Como decíamos a temporada pasada en una esquina al rin, tenemos a los aceleraciónistas. Para ellos el tiempo es exponencial, la línea debe dispararse hacia arriba, casi vertical. Creen que la única salida es ir más rápido, más tecnología, más energía, más crecimiento, hasta alcanzar una singularidad que nos sale de nosotros mismos. Su forma del tiempo es un cohete despegando. En la otra esquina tenemos a los decrecionistas. Para ellos el tiempo del crecimiento ha terminado. Su forma del tiempo es parabólica como un cohete que sube y luego baja. Creen que hemos llegado a la cima de la curva y que si no queremos despeñarnos, tenemos que aterrizar suavemente. Tenemos que volver a los límites biológicos. Su forma del tiempo es una curva de retorno a la tierra. Y luego estamos todos los demás, viviendo en tiempos turbuletos, sin saber muy bien para donde van las cosas, hacia arriba, hacia abajo, hacia la derecha, hacia la izquierda, o hacia otra dimensión que ni siquiera imaginamos. El escritor de ciencia ficción Bruce Sterling inventó un término maravilloso para definir cómo se siente vivir hoy, euforia oscura. En sus propias palabras, todos se desmorona. Las posibilidades son increíbles, es como si todo fuera posible, pero nunca hubieras pensado que iba a ser tan amenazador. Es como un salto a lo desconocido. Estás cayendo hacia la tierra a 900 kilómetros por hora y de pronto te das cuenta de que no hay tierra ahí abajo. De hecho, puede que haya soído alguna vez a gente decir que vivimos en tiempos "vuca", volátiles, inciertos, complejos y ambiguos por sus siglas en inglés. Pero esas siglas inventaron en los 80. Los expertos ahora hablan de tiempos "bani", porque las cosas ya no son volátiles, sino que son "que bradizas", "brital" en inglés. El mundo no es incierto, sino que nos genera ansiedad. El mundo ya no es complejo, es no lineal. Y ya no es ambiguo, sino directamente incomprehensible. ¿Cómo no vamos a querer encerrar a la Game Boy con un vinilo de fondo? Pero la nostalgia es un refugio. No es un hogar. Está bien visitar el monasterio, está bien recuperar el vinilo para escapar un rato del ruido, pero no podemos quedarnos a vivir allí. Tenemos un problema si nuestro único plan es escondernos en el pasado. Por eso quiero traer a un referente inesperado para terminar. Jorge Valdano. Sí, un es futualista, entrenador y comentarista de fútbol con tendencia a filosofar. Valdano dijo en una ocasión que el fútbol era un estado de ánimo. Yo creo que eso es extensivo a las sociedades. Nuestro estado de ánimo colectivo es, a la vez, el reflejo de cómo es el mundo y la causa de que sea como es, o de que pueda cambiar a ser de otro modo también. Quizás la clave no es de darle tantas vueltas a si la línea al tiempo debe ser un cohet vertical o una parábola que aterrisa. Quizás la clave está en recuperar las soberanías sobre nuestro propio tiempo. Negarnos a que el algoritmo de ciudad nuestro siguiente minuto. Tener la valentía de aburrirnos. Atrevernos con proyectos a largo plazo, aunque el mundo nos diga que mañana todo puede cambiar. Y seguramente cambia y tengamos que adaptarnos. Porque al final, la única forma de combatir un tiempo roto es coserlo con nuestra propia atención y nuestra propia intención. El mundo ahí fuera puede ser como sea. Es ser buca, bani o cualquier otra combinación de letras sacadas al azar de la caja del escravel. Pero tu mundo interior, tu percepción del tiempo, esa todavía la dibujas tú. Y el futuro está ahí esperando a que le demos forma entre todos. Y hasta aquí el capítulo de esta semana, caís en y yo volveremos a que viene, pero como siempre te animo a suscribirte y recomendar el podcast allá donde los cuches o veas, pero especialmente a tus amigos, que creo que eres la mejor forma de que siga agreciendo. Además, si quieres apoyarlo económicamente y ayudarme a que pueda hacer más y mejores contenidos, puedes unirte a la comunidad, caís en que tiene también un montón de ventajas. Tendrás acceso a un foro en el que encontrarás a otros curiosos compulsivos. En comandaciones de cientos de libros y películas, tendrás acceso a contenidos exclusivos, como los guiones del podcast y a un fik privado para escucharlo sin publicidad y antes que nadie. También podrás reservar sesiones de mentoría conmigo, participar en los encuentros virtuales que hacemos cada mes y tener acceso prioritario a las lavaciones en directo. Vamos, que aunque pienso que el principal valor de verdad es ayudar a que el podcast sea adelante, he intentado que tengas muchos motivos para unirte. Si quieres hacerlo solo tienes que entrar en mi web, JaimeRollineCesanDiabog.com y hacer clic en el banner rojo. Y desde esa misma web o desde mi twitter, @highmeguiombajo.reds puedes hacerme llegar tus comentarios, tus sugerencias, lo que tú quieras. Siempre contesto, aunque a veces tarden un poco y a veces mucho, a veces muchísimo, que acabo contestando. Y recuerda que si quieres participar en el podcast puedes hacerlo enviando tus notas de audio por WhatsApp al siguiente número. 683, 1, 7, 2, 6, 2, con el precio 34 y lo mandas desde fuera de España. Y esto es todo por hoy. Muchísimas gracias por estar ahí y hasta la semana que viene.

Podcast Summary

Key Points:

  1. El tiempo ha pasado de concebirse como un ciclo circular (en culturas antiguas y medievales) a una línea recta de progreso (desde la Ilustración).
  2. La idea de progreso trajo ansiedad por la velocidad y la optimización del tiempo, mientras que hoy surgen fenómenos como la "foxatalya" (falsa nostalgia) en la Generación Z.
  3. La sociedad actual vive un "tiempo bifurcado"
  4. Se propone recuperar la soberanía sobre el tiempo propio, mediante la atención plena, el aburrimiento y proyectos a largo plazo.

Summary:

El autor reflexiona sobre la evolución de la percepción del tiempo a lo largo de la historia. Durante milenios, se concibió como un ciclo circular, regido por la naturaleza y las repeticiones estacionales, donde el pasado era considerado mejor (edad de oro) y el futuro solo traía desgaste. Con la revolución científica y la Ilustración, el tiempo se transformó en una línea recta de progreso, donde lo nuevo es superior y el futuro una promesa de mejora.

Sin embargo, en el siglo XXI, esta linealidad se ha fragmentado: la Generación Z muestra "foxatalya" (nostalgia por un pasado no vivido), mientras la sociedad enfrenta un "tiempo bifurcado" entre aceleracionistas (que buscan un crecimiento exponencial) y decrecionistas (que abogan por un retorno a límites sostenibles). El autor describe una "euforia oscura" donde todo es posible pero amenazador, en un contexto de tiempos VUCA (volátiles) y BANI (frágiles, ansiosos, no lineales e incomprensibles). La solución no es refugiarse en la nostalgia, sino recuperar la soberanía sobre el tiempo propio: aburrirse, emprender proyectos a largo plazo y coser el tiempo roto con atención e intención personal.

El futuro, aunque incierto, aún puede ser moldeado colectivamente.

FAQs

En la antigüedad, el tiempo se veía como un ciclo circular, no como una línea recta. La vida estaba regida por los ciclos de la naturaleza, y el futuro era una repetición del pasado, no una promesa de mejora.

Fauxstalya es una palabra inventada que significa falsa nostalgia, es decir, añoranza por un pasado que nunca se vivió. Se manifiesta en el deseo de volver a tecnologías o estilos de vida antiguos, como los vinilos o los retiros en monasterios.

Según Byung-Chul Han, el tiempo atomizado es la pérdida de la capacidad de narrar la vida como una historia continua, debido a interrupciones constantes como notificaciones y crisis. El tiempo se fragmenta en momentos aislados, sin pasado ni futuro.

Los aceleracionistas creen que el tiempo debe ir más rápido, con más tecnología y crecimiento, hacia una singularidad. Los decrecionistas piensan que el crecimiento ha terminado y debemos volver a los límites biológicos, aterrizando suavemente.

La euforia oscura es la sensación de que todo se desmorona mientras las posibilidades son increíbles, como caer hacia la tierra sin saber si hay suelo. Describe la mezcla de amenaza y oportunidad en el mundo actual.

Podemos recuperar la soberanía sobre nuestro tiempo negándonos a que los algoritmos dicten nuestro día, atreviéndonos a aburrirnos y comprometiéndonos con proyectos a largo plazo. Así, cosemos el tiempo roto con nuestra atención e intención.

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